Sobre un cansado tronco

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Vivimos cada vez más en un mundo de ciudades. Las gentes de los pueblos del interior, en cualquier comarca, se desplazan hacia otros pueblos mayores y hacia ciudades, grandes o pequeñas, da igual, pero se resisten a quedarse. Estamos construyendo un mundo de ciudades. Todo lo demás es paisaje. El campo ya casi no sirve ni para abastecer a la ciudad, se está oxidando, enmoheciendo. Entre una ciudad y otra apenas resta un inmenso espacio vacío, algo así como las desoladoras páginas en blanco de un libro sin contenido. El campo se ha convertido en algo molesto, un problema al que no merece la pena encontrar solución, salvo acudir de cuando en cuando como plañideras a instancias superiores. El campo no resulta rentable ni política ni económicamente, es un pozo sin fondos con malos gestores.

El éxodo rural ha fertilizado, eso sí, el pelotazo urbanístico, y este ofrece un canto de sirena a la gente del campo. Resultado: abandono de tierras, de una forma que viola lo sostenible. O sea, un malvivir en la ciudad a cambio de un no vivir en el pueblo. Atrás quedan los valores del campo, la cultura popular, los guisos al amor de la lumbre, el apego a la tierra, la cercanía a la Naturaleza. No, esto no significa que cualquier tiempo pasado fue mejor, que diría Jorge Manrique, pero ¿es necesario dar la bienvenida a la civilización del consumo desenfrenado, a la prisa y la competencia, a la corrupción y la mala educación?

El hecho de que una familia, una pareja o una persona independiente se instale en el pueblo tiene un mérito especial que pocos se atreven a valorar. Y si, además, tiene el propósito de integrarse entre sus nuevos vecinos, eso ya es de bichos raros. Pero ambas situaciones son igualmente reconocidas en el pueblo, al menos entre quienes luchan por mantener vivas sus tradiciones.

Las ciudades son islas rodeadas de vacío [1]. El campo se queda primero sin los jóvenes, que apenas quieren trabajarlo. Se reducen los servicios, la tasa de natalidad se hunde, cae la creación de empresas, cierran las escuelas. Es algo que me ha tocado vivir a lo largo de más de treinta años de vivir en los pueblos, algo que Juan Manuel Blázquez contaba en Cuadernos de paso, un programa de Televisión Española que daba fiel testimonio de silencios, soledades y vidas olvidadas. “De aquí se fueron los maestros, ¿qué hacemos nosotros aquí?”, se lamentaba una pareja de ancianos de nuestra Serranía mientras cortaban la miel de sus colmenas.

"Sentado en un banco, apenas un cansado tronco sobre dos piedras". Fuente: Autor

Va resistiendo solo la gente mayor y el campo queda roto, descompuesto. Y muchos de quienes aún viven en el pueblo, lo hacen de mayo a noviembre, como el ganado trashumante. Pero si la atención sanitaria continúa perdiendo puntos, ni eso. Ya he contado en alguna ocasión [2] cómo el viejo Narciso se afligía por la poca gente que iba quedando en el pueblo. Sentado en un banco, apenas un cansado tronco sobre dos piedras, al sol de los primeros días de un invierno cualquiera, echaba cuentas y le salían catorce casas ocupadas, nombrando a sus solitarios moradores. El abandono es cuestión de tiempo. No se trata de mendigar ayudas económicas, sino de plantear iniciativas que atraigan al dinero.

¿Hasta qué extremo interesan la vida y los problemas de la población que se resiste a abandonar este territorio casi desértico? Y caso de interesar, ¿a quién? Ejemplos de acciones despobladoras hay para aburrir, como ese bonito trasvase que se nos lleva el agua de la Meseta hacia el litoral rico y próspero, aunque sea saltándose la ley que señala unos mínimos de agua embalsada. Parafraseando a Rick en Casablanca, “siempre nos quedarán los camiones cisterna”. Sergio del Molino nos recuerda que tenemos el privilegio de adornar con artísticas centrales nucleares las áreas rurales, donde un hipotético accidente se llevaría por delante a un puñado de dóciles campesinos de los que nadie se preocuparía. ¿A quién puede importarle una catástrofe en una zona rural despoblada? El mundo rural ha quedado como esa vieja alfombra bajo la cual ocultamos las miserias que nadie quiere ver.

Ahora se viene utilizando el término rewilding —inglés, cómo no—, que nosotros deberíamos sustituir por el castellano resilvestrar —aún no reconocido por la RAE—, esto es, restaurar ecosistemas dañados, habilitar espacios para la flora, la fauna y los procesos naturales, sin pensar solo en el bienestar humano, sino en el de toda la Naturaleza. Resilvestrar vendría a ser, por tanto, revertir la destrucción del mundo natural y dejar que la naturaleza responda y se abra camino por sí sola. No estaría mal echarle una mano con la introducción de ganado lanar, caballar y vacuno, capaz de frenar el excesivo desarrollo de la vegetación a base de rumia y pisoteo. También contribuiría a ello poner barreras para que ciertas formas de agricultura ganen la partida a la vida silvestre, o la eliminación de especies exóticas invasoras, o detener la galopante despoblación rural, o incrementar la reforestación de bosques con especies mixtas y autóctonas que se gestionen a su manera, o reducir la presión humana…

"No estaría mal echarle una mano con la introducción de ganado lanar, caballar y vacuno". Fuente: Autor

La historia de la humanidad nos ofrece sobrados argumentos para seguir este camino. En el siglo XVII los pueblos indígenas de California utilizaban la quema controlada para favorecer la agricultura y la caza. La incidencia de los incendios forestales era mínima [3], hasta que llegaron los europeos. Varios hechos influyeron negativamente sobre los pueblos conquistados: algunos se vieron forzados a trabajar en condiciones de esclavitud; la explotación de los recursos naturales resultó desmesurada; se conocieron enfermedades y costumbres (alcoholismo, prostitución, etc.) que redujeron sensiblemente la población, llegando a veces al exterminio [4]. La llegada a California de los misioneros en 1776, armados con biblias y virus como el de la viruela, culminó en una época de incendios más frecuentes, más grandes y más extensos que duró casi cien años. Los indígenas no tuvieron posibilidades de resistir. La mortalidad fue masiva y la despoblación tuvo un enorme impacto sobre el paisaje. Sus prácticas agrarias, silvícolas y pastoriles pasaron a la historia.

Ilustración publicada en la obra «Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junípero Serra», escrita por Fray Francisco Palou en 1787.

No hay solución para el abandono del campo porque los gobernantes, incluso en los propios pueblos, están demasiado lejos de la realidad, solo viven su realidad. Pero a todos les viene bien utilizar a su menguante población con fines electorales para luego seguir ignorándola. Sí, casi todos los pueblos cuentan con un frontón para los jóvenes que se fueron y donde podrían reunirse sin problemas de espacio los habitantes de una comarca, y columpios para niños que ya se llevaron, y que acaso haya que engrasar algún día, no vaya a ser que vuelvan en verano.

Los paisajes abandonados permanecen poco más que como bucólicos escaparates de la vida tranquila y lenta. Parece que no haya problemas en los pequeños pueblos del interior olvidado. La gente de la ciudad llega al campo para pasear por calles solitarias, donde apenas se ve algún viejo al sol o se mueve furtivamente un visillo amparando la curiosidad. Y mientras siguen pensando en la ciudad, hablando de la ciudad, viviendo mentalmente en la ciudad, consultando su agenda y dependiendo del móvil, los niños corretean despreocupados, observan cómo picotean las gallinas o tocan temerosos al paciente burro, descubriendo con sorpresa que la leche o los huevos no vienen realmente de la nevera. Pero nadie entiende al pueblo y mucho menos a sus habitantes. No se lleva eso que podríamos llamar “empatía rural”. “Vivimos una apoteosis del monólogo, de los egocentrismos excluyentes y radicales, que rechazan con violencia todo lo que no sea lo más parecido a nosotros mismos. Eso propicia no solo la extinción de los paisajes y sus especies vivas, sino también de culturas humanas con sus tradiciones, sus lenguas y sus religiones” [5].

Y la gente del pueblo no se siente comprendida, cuando lo único que desea es que la traten de igual a igual. De alguna forma, el tiempo de los santos inocentes, que con inigualable fidelidad retratara Miguel Delibes, no ha terminado de pasar. Lejos de mostrar una superioridad que no tiene, el visitante tendría que patear el pueblo y mezclarse con su gente, rebozarse en su sabiduría de la vida, dejarse ilustrar por añejos conocimientos. Y caso de quedarse, saber integrarse, compartir dificultades, arrimar el hombro en la búsqueda de soluciones a sus problemas, acercarse a su más que probable origen rural, no contribuir más al abandono del campo.

“…el visitante tendría que patear el pueblo y mezclarse con su gente, rebozarse en su sabiduría de la vida, dejarse ilustrar por añejos conocimientos”. Fuente: Autor

Decía Unamuno que, para conocer un pueblo, no basta conocer lo que dice y hace su gente, “es menester también conocer su cuerpo, su suelo, su tierra”. Esta tierra exótica, atávica, cuajada de ruinas, de extrañas palabras y rústicos silencios, de tradiciones ávidas por no perderse, de pasados prometedores si son bien gestionados, no merece quedar oculta en algún recóndito retiro de nuestra memoria, sino que demos la cara. Ya se lamentaba Francisco Giner de los Ríos: “¡El día que España esté a la altura de su paisaje…!”. Llanuras repletas de profundos silencios, montes deforestados, negros, casas que se caen sin que nadie las repare, viejos que se deslizan por calles solitarias en un ambiente decadente… ¿Es esta la imagen que buscamos al llegar al pueblo? Acaso Félix Rodríguez de la Fuente acertó a señalar cómo “un animal arrancado de su paisaje es una triste y desterrada criatura sin misión alguna que cumplir. El paisaje sin sus animales es un paisaje muerto”. Pues algo así sucede con las personas. ¿O es que las gentes del mundo rural no forman parte de su ecosistema?

No es suficiente halagar la autoestima de quienes se sienten marginados y despreciados, o ensalzar todo lo tradicional, de sabor ancestral. Eso está bien para quienes se preocupan de las estimaciones electorales. Hace falta abrir el camino para que el pueblo se adapte a los tiempos, porque disponer de todas las comodidades del siglo XXI no ha de estar reñido con la perpetuación de las tradiciones y la cultura popular. Los visitantes seguirán llegando para sumergirse en los encantos del mundo rural, para consumir pasado a la vez que aportan recursos económicos con los que favorecer la supervivencia del campo y frenar su abandono, “lo más triste y terrible”, según el clamor de Azorín en La ruta de don Quijote. Los gobernantes, a cambio, deben asumir su responsabilidad, mantener unos servicios públicos indispensables, una conexión a internet que impida pensar que los habitantes del pueblo solo pueden andar despacio mientras en la ciudad corren al ritmo de los tiempos. El campo no quiere ser engañado, solo desea que lo tratemos con decencia, con seriedad.

Sentado en un banco, apenas un cansado tronco sobre dos piedras, al sol de los primeros días de un invierno cualquiera, el viejo Narciso se encogía impotente de hombros. Yo me despedí para seguir mi camino, mientras me daba cuenta de que había encontrado lo contrario de lo que buscaba. Quería evidencias de otras épocas y hallé pruebas de lo que quiere lograr este siglo XXI con el mundo rural: desaliento, desierto, conformismo, silencio.

 

[1] del Molino, S. (2017). La España vacía. Turner. Madrid

[2] Rodríguez Laguía, J. (2019). Días de bosque, agua y piedra. Tundra, Castellón.

[3] Trouet, V. (2021). Escrito en los árboles. Crítica, Barcelona.

[4] Rodríguez Laguía. J. (2019). El hombre y su entorno. Memoria de una relación. Edición propia, Cuenca.

[5] Araújo, J. (2004). La ecología. Contada con sencillez. Maeva, Madrid.

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