Mundo Rural. ¿El patio trasero de las ciudades?

La historia de la humanidad ha estado ligada desde antiguo a la búsqueda del crecimiento en la gran mayoría de las sociedades, basándose el mismo en el aprovechamiento de los productos existentes. Así, aunque se puede pensar que mientras los primeros avances que se hicieron en las sociedades más primitivas fueron marcados por un autoabastecimiento en lo que debió de ser una economía de supervivencia, esta situación rápidamente cambió debido al ansia de supremacía de unos seres humanos sobre los otros, dando paso a un nuevo modelo de sociedad donde la misma fue dividiendo a las personas en grupos dominantes, los que ostentaban el poder; y grupos sometidos, que a partir de ese momento estarían destinados a abastecer y proporcionar un estatus de vida superior a las clases dominadoras.

A partir de entonces, la parte imperante de la sociedad, para mantener su posición y aun acrecentarla, ha buscado siempre proteger su estatus y hacerse cada vez más poderosa, ya sea a través del comercio (abusivo o no), de un dominio cada vez mayor de la sociedad mediante el arte de la política y las leyes (sean justas o no), o incluso a través de la eliminación de cualquier rival (si era interior mediante la represión o si exterior, mediante la guerra).

Sin querer extenderme más en esta idea, si se puede decir que uno de los resultados más nefastos que han tenido estos modelos de búsqueda del poder y de dominación de unas sociedades sobre otras ha sido el colonialismo. Un modelo de crecimiento basado en el trasvase de la riqueza de los territorios más débiles hacia los territorios más poderosos. 

Vista de Madrid. Fuente El Diario de Navarra

Este modelo ha ido evolucionando históricamente desde sus primeras formas, donde las sociedades más poderosas (erigidas en países dominantes) ejercían su poder sobre las colectividades humanas más débiles, a un nuevo tipo de colonialismo que se ejerce hoy en día  y que, de una manera más o menos camuflada, es llevado a cabo por empresas o sociedades mercantiles que rivalizan con el anterior modelo de estados dominantes e incluso en algunos casos están empezando a llevar la delantera en su acaparamiento de poder.

El efecto de este tipo de trasvase de la riqueza de unos territorios a otros ha sido devastador para nuestro Mundo. Y es que, aunque subsiste la idea de que gracias al mismo, la sociedad ha podido evolucionar desde su primitivismo hasta el índice de progreso con el que contamos actualmente (una teoría que se basa en lo que se conoce como “Darwinismo social” y que es fácilmente desmontable), lo que sí es un hecho es que toda esta evolución se ha realizado esquilmando el futuro de la gente y las materias primas de unos territorios para que en otros lugares se pudiese vivir supuestamente mejor. Todo, sin olvidarnos de los grandes beneficios económicos y por lo tanto de consecución de poder logrados por los promotores de los proyectos que se instalan en estos territorios. 

El problema es que cada vez los recursos son más escasos, por lo que las sociedades empresariales, rivalizando unas con otras y para poder sobrevivir ante un mercado cada vez más agresivo, empiezan a buscar nuevos nichos de mercado donde asentarse y así poder seguir generando beneficios. 

Entre esos nuevos nichos de mercado, las grandes macro-empresas están empezando a buscar dentro de las naciones que hasta ahora se encontraban en lo que se ha venido a llamar el primer mundo, ofreciendo “sus servicios” a los gobiernos de estos países.

Un ejemplo claro lo tenemos en España, donde los gobiernos que se vienen sucediendo desde hace años han buscado siempre apoyarse en los grandes caladeros de votos para poder mantenerse en el poder, lo que les ha llevado a primar el futuro de las grandes urbes y su mantenimiento (energético, alimentario y de servicios) en detrimento de lo que se conoce como el mundo rural, una situación que está llevando a que los territorios rurales estén empezando a ser, para muchos políticos en connivencia con grandes empresas, los patios traseros donde se preparan por un lado y acumulan por el otro, lo que no se quiere ver en las ciudades y cuyos ciudadanos, aunque sean ellos sus principales consumidores, por supuesto no quieren padecer.  

Así, si observamos la evolución de grandes urbes como puede ser, por ejemplo, la ciudad de Madrid, veremos como en los últimos años mientras el núcleo de esta ciudad se está convirtiendo en una zona de oficinas, de residencias de alto nivel y zonas de ocio (un problema conocido como gentrificación), su zona obrera e industrial se va desplazando, cada vez más y más lejos, incluso fuera de sus límites provinciales, absorbiendo recursos y convirtiéndola en una mega-ciudad. 

Esto es fácilmente ejemplificable si observamos el crecimiento, tanto poblacional como industrial de los corredores de La Sagra en la provincia de Toledo o del Henares en la de Guadalajara. En estas zonas, dichas industrias, en vez de servir para procurar un progreso uniforme de sus respectivas provincias y por ende de toda Castilla la Mancha, sirven principalmente para alimentar las necesidades de la capital de España, mientras que poco a poco se van hundiendo comarcas como la de Talavera o El Señorío de Molina de Aragón, que sufren de un abandono industrial y una sangría poblacional cada vez más acusada ante la dejadez de unas instituciones que están dejando caer a estos territorios o incluso a provincias enteras como la de Cuenca, en la que se eliminan servicios tan básicos como el del tren tradicional que servía para vertebrar y unir sus municipios. 

Y así, si el tema de la acumulación industrial y poblacional nos habla de la fuerza centrípeta como muestra del poder acumulativo que se ejerce desde las grandes ciudades sobre sus territorios aledaños, por otra parte vemos como, debido a la ingente multitud de personas que viven en estas ciudades y conocedores los gobiernos de que muchas de esas personas no aceptarían cierto tipo de industrias en sus cercanías por ser altamente contaminantes, se opta por derivar las mismas hacia el mundo rural donde la presión pública será siempre mucho menor.

De esta forma contemplamos cómo, por poner de ejemplo la provincia de Cuenca, aun sin haberse cerrado completamente la amenaza de la instalación del cementerio nuclear en la localidad de Villar de Cañas, casi sin oposición, se ha abierto en Almonacid del Marquesado un macro-vertedero considerado como el vertedero privado más grande de España, ya que recibe unas 500 toneladas diarias de residuos, en su mayoría procedentes de fuera de Castilla la Mancha.

Otra de las industrias que afectan a Cuenca son las macro-granjas que aceleran la despoblación de los municipios donde se instalan y cuyo problema, lejos de solucionarse, también parece que se está cronificando y va a ser uno de los grandes problemas con los que van a tener que lidiar los habitantes de nuestra provincia en los próximos años.

Ante este tipo de amenazas, el único camino que tenemos como sociedad civil es el de empezar a trabajar para que el mundo rural pueda tener un futuro viable con empresas y servicios medioambientalmente sostenibles. No hacer nada nos convertirá en una tierra cada vez más colonizada y expoliada, en uno de esos patios traseros donde las empresas contaminantes pretenden esconder todo lo que no se quiere ver en las grandes urbes. 

Vertedero de Almonacid. Fuente: El Día Digital CLM.

Jorge Garrosa Mayordomo

Miembro de Cuenca Ahora

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