Huellas de la explotación forestal. Las pegueras y el cable de maderas de Uña

En los límites del pueblo de Uña, más allá del gran recurso turístico que es la laguna, observamos unos restos, hasta hace poco abandonados completamente, hoy acompañados de un cartel, que nos retrotraen a épocas en las que la explotación de los recursos forestales suponía el día a día de los habitantes de esta zona.

Las pegueras

Más allá de la madera, otro de los recursos fundamentales que obtenemos de nuestros bosques es la resina. Sin embargo, como comenta Jesús de la Hoz, vecino de Uña, “en el monte de Uña no ha habido explotación resinera. En el paraje conocido como ‘El Entredicho’ en Tierra Muerta, sí se ha trabajado y aún quedan algunos pinos marcados”.

Esto se debe probablemente a la inexistencia de masas de pino rodeno o resinero en el M.U.P. 151, siendo principalmente todo pino negral, cuya producción de resina es notablemente menor.

Sin embargo, aunque no se extrajera directamente resina, sí se utilizó un material derivado del mismo: la pez. De diferentes elementos resinosos tomados de los pinos se obtenía la pez. Estos componentes se llevaban al horno y en este se obtenía este aceite negruzco con múltiples usos. Uno de los usos principales era como impermeabilizante, para la construcción de embarcaciones y para recipientes fabricados en piel. Por otro lado, también era usado para marcar el ganado ovino con el sello del ganadero.

Aún con diferentes nombres según la región de nuestro país de la que hablemos, en la provincia de Cuenca estos hornos de los que se obtenía la pez eran denominados como pegueras.

Peguera de arriba, en Uña. Fuente: Vestal

Las pegueras se asentaban sobre terrenos inclinados. Constan de tres partes fundamentales: caldera (u horno), depósito (u hoya) y artesa (o cajal o fiera), en la que se recogía la pez.

La caldera tiene forma de cilindro ovalado, a semejanza de un tonel, con una altura de unos 2,5 metros y un diámetro de 1,5 metros. En ella se introducían verticalmente las astillas resinosas procurando que no quedara hueco alguno. Ocupando todo el habitáculo, se incendiaba la carga por la boca superior (dejando un hueco de unos 40 cm. de diámetro) y el calor hacía que la madera exudase la resina que iba hasta el fondo de la caldera, para, a continuación, escurrir por una tubería (hecha de tejas o ladrillos) a un depósito adyacente.

El depósito se construía junto a la caldera, pero en una cota inferior, y el calor transmitido por la caldera permitía que la pez se mantuviera caliente y en estado líquido. A estas alturas del proceso, bien se extraía la pez, tal cual llegaba al depósito, o se refinaba mediante una quema controlada del producto mientras se removía con un palo, que hacía que espesara.

El cajal. Para el vaciado, cuenta en el fondo del depósito con un conducto. A la salida de dicho conducto se colocaba el cajal, una especie de artesa de madera, más estrecha en la base que en su rasante con el objeto de facilitar la retirada de la pez sólida. Sobre el vaso del cajal se colocaba un saco para evitar que el producto se pegara a las paredes interiores, que servían de molde, de tal manera que se extraía cortándolo en piezas y así permitir un transporte más cómodo.

Es importante resaltar que las pegueras se nutrían de los desperdicios de procesos de fabricación más elaborados, como la obtención de la resina. Como es lógico, esto es posterior a la implantación al método de resinación Hugues y la instalación de fábricas resineras. Anteriormente, también eran utilizadas las pegueras como método de resinación a muerte. Esto fue prohibido en las legislaciones de finales del siglo XIX, como la modificación de legislación penal de Montes de 1884. También se prohibió la extracción de los tocones para alimentar las pegueras. Por tanto, en estos hornos se introducían las virutas, cortezas, acículas de pino, astillas y otros desperdicios. Por ello, eran hornos con muy bajo rendimiento, de un 14%. Por tanto, de una carga media que supone unos 1.600 kg de productos resinosos, se obtiene solamente unos 200 kg. de pez.

Peguera de abajo, en Uña. Fuente: Vestal

El pueblo de Uña no es una excepción en cuanto al uso de pegueras. Recientemente, han sido reformadas dos en las inmediaciones del propio casco urbano, con estructuras como las descritas anteriormente. Son denominadas como “Peguera de arriba”, junto a los cimientos del cable de transporte de maderas; y “Peguera de abajo”, tras el frontón, junto a la carretera que avanza dirección Huélamo. “Recuerdo que había dos y cómo preparaban las teas. Se traían los troncos viejos o  ‘ceporras’ de los pinos. Las desenterraban, las traían, hacían ‘astillejas’ y luego al horno donde se quemaban. También recuerdo un señor de Villalba que venía a por pez. Luego la pez servía para marcar el ganado y por ejemplo, recuerdo marcar con mi padre en las parideras con el mismo número la madre y el cordero. Luego se prohibió y se cambió a pintura negra”, recuerda Jesús.

El cable de transporte de maderas de Uña.

Situado junto a la peguera de arriba, se observan en la actualidad unos huecos, que otrora sirvieron como cimientos a una estructura muy simbólica del pueblo de Uña: el cable de transporte de maderas.

Huecos de los pilares de la estructura que sostenía el cable de maderas. Fuente: Vestal

A las orillas del pueblo, se situaba esta alta y fuerte estructura que sostenía los cables por donde bajaban los troncos de madera desde el Puntal de la Bandera.

Como menciona Jaime Rodríguez Laguía en “Educación y entorno”, el proyecto de vía de saca fue presentado en el Congreso de Montes celebrado en Madrid en 1919 por Jorge Torner, Jefe del Distrito Forestal de Cuenca.

Para aprovechar el potencial maderero de la Muela de la Madera (mal comunicada, dada su situación), se construyó esta estructura al borde de la hoz, asomada al Arroyo del Rincón, en el pueblo de Uña. Esa estructura, también de madera, se construyó para llevar en volandas los troncos desde lo alto de la muela hasta el borde de la laguna, desde donde serían “botados” a lomos del Júcar.

Vista del cable desde el Puntal de la Bandera. Fuente: Blog Educación y entorno. http://www.educacionyentorno.es/blog/historia/echaron-un-cable

El cable, de acero macizo, comenzó a funcionar en noviembre de 1923. Contaba con una longitud de 1.273 metros y el vano de la salida de la estación de carga era de más de 900 metros. El ingenio mecánico debía salvar un desnivel de 210 metros, logrando descender unos 12.000 kg de madera cada hora. El tendido del cable, el primero construido en un monte público por cuenta del Estado, permitió cubrir una superficie de explotación de 60.000 hectáreas de pino silvestre y laricio, insuficientemente comunicadas hasta entonces.

Los troncos bajaban hasta las afueras del pueblo, y allí se colocaban hábilmente en carros tirados por mulas hasta el Júcar, sobre cuyas aguas recorrerían las sinuosidades de sus cañones hasta Villalba de la Sierra.

Jesús de la Hoz comenta: “Recuerdo de oídas sobre el cable. Que llevaban la madera con caballería, con carros, hasta el cable y luego la echaban por allí hasta al pueblo, donde la descargaban. Después, con animales le llevaban hasta la laguna y luego la madera iba por el canal hasta Villalba. Pero yo ya no lo vi… sólo historias de oídas”. Por tanto, hace 60 años ya no se le daba uso a esta estructura.

Vista del cable desde Uña. Fuente: Blog Educación y entorno. http://www.educacionyentorno.es/blog/historia/echaron-un-cable

Son huellas de otro tiempo, en el que el monte formaba parte de los vecinos y vecinas. En el que, sin la explotación de sus recursos, era imposible la vida.

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