Aljez, el pegamento de nuestros montes: el yeso en la hoz del río Gritos

Tinada, tiná, taina, majada, paridera, corral… Tantos nombres para definir una construcción tan simple… ¿o no?

Al igual que un niño aprende a hablar durante sus primeros años, palabra a palabra, los seres humanos hemos ido ampliando nuestros conocimientos constructivos a lo largo de los siglos. Mediante prueba y error, e impulsado claramente por la sedentarización, se han ido innovando los elementos para obtener edificaciones que suplieran mejor nuestras necesidades de hábitat. Es, en esencia, la arquitectura vernácula, testimonio de la cultura popular donde el uso de materiales son seña de una buena adaptación al medio.

Del mismo modo, el pastor, necesitado de refugio para él y su ganado, diseñó estas estructuras que abundan en nuestros montes. Primero, probablemente, se trataría de una serie de piedras amontonadas que hacían de cerca para juntar a los animales y dificultar el trabajo a las alimañas. Más tarde, como el niño que comienza a conectar palabras y formar frases, fue desarrollando una técnica constructiva, heredada hasta nuestros días: la piedra seca, ya especificada en este medio.

Sin embargo, ciertos elementos constructivos que eran más delicados a intemperies, como los dinteles, necesitaban de un refuerzo. Es aquí donde entra en juego la mampostería con mortero. Había que buscar algo que uniera las piedras.

Taina hundida de Olmeda del Rey construida con piedra y mortero de yeso. Fuente: Vestal Etnografía S.L.

Los aglomerantes tradicionales

En busca de estos pegamentos, tres han sido los tradicionalmente utilizados por el ser humano: arcilla, cal y yeso. 

Pero… ¿de qué depende que se use uno u otro? Más allá de las diferentes características que presentan como materiales de unión, la razón principal era la disponibilidad del material en las cercanías. Es decir, si en los alrededores predominan suelos arcillosos, calizos o yesíferos.

Estos últimos, los suelos en los que abunda el yeso (sulfato de calcio dihidratado), son terrenos extremadamente pobres en nutrientes, debido a que están saturados de calcio y el resto de elementos se ven bloqueados. Son, en esencia, “secarrales”, propios de climas secos, en los que la agricultura se convierte en una actividad realmente costosa. Para poder identificarlos, al igual que con el resto de terrenos, lo primero es analizar la vegetación dominante, en este caso, gipsícola.

Explotaciones mineras de yeso según datos extraídos del IGME, toponimia, recursos yesíferos y vegetación gipsícola (C. J. Grau Giménez, 2016)

Debido a la necesidad de climas secos para que aparezcan, son prácticamente inexistentes en Europa, apareciendo zonas en la región mediterránea. De hecho, en España abundan principalmente en la mitad oriental de la península, englobando la provincia conquense. Como es lógico, encajan perfectamente con las zonas de predominancia de vegetación gipsícola.

Mapa de las unidades yesíferas y límite de la “España yesífera” (Riba y Macau, 1962).

Al no ser propios de Europa, el uso del yeso como aglomerante en la construcción no es una tradición típicamente occidental, siendo impulsado en la península ibérica principalmente por los árabes, que trajeron esas técnicas desde Persia (aunque los romanos anteriormente ya lo habían utilizado testimonialmente, ya que se habían dedicado principalmente a la explotación del Lapis specularis). De ahí, el nombre de la piedra de yeso que aún se escucha en nuestros pueblos: el aljez.

Del Aljez al Yeso

Sin embargo, una vez identificado el aljez (mineral) hay que transformarlo para obtener el yeso en polvo que es usado para elaborar la argamasa.

Primero de todo, su extracción de canteras cercanas al núcleo de población (también denominadas yesares). Se realizaba mediante barrenas con la que se obtenían los sillares anhelados. Más tarde, el uso de dinamita se impuso en muchas de estas extracciones.

Después, el horneado, o proceso de calcinación. Era habitual construir el horno de yeso (también denominado yesería) en las inmediaciones del yesar, evitando así un largo transporte de las piedras extraídas. Este horno contaba, en general, con una diferencia de altura, aprovechando una ladera, para poder alimentarlo desde arriba (a la altura de la cantera), pero controlar el fuego y extraer el material por la oquedad inferior. Este proceso de deshidratado del aljez podía durar hasta 24 horas, alimentando el horno con arbustos de la zona, destacando el uso de la aliaga en las yeserías conquenses. Sin embargo, las tipologías de horno son muy variadas, en función de la situación, configuración, construcción o tipo de producción.

Por último, se procedía a la molienda, para lo que se utilizaban unas eras en las que se golpeaba y amasaba la piedra hasta desmenuzarla y dejarla en polvo. Era habitual el uso de animales de labor en esta función, principalmente mulas.

Construcción de un sencillo horno de yeso con forma cilíndrica encajado en una pendiente, con una abertura al frente usada para cargar el horno de combustible (Dibujo: C. J. Grau, 2016)

Una vez obtenido el polvo, se almacenaba y transportaba hasta el elemento constructivo, donde se preparaba el mortero (con arena y agua), caracterizado por un rápido fraguado, lo que forzaba a que la obra se adaptara al material, siendo conscientes de la rapidez a la que se debía proceder.

El uso en Olmeda del Rey y Las Valeras

Los alrededores de la hoz del río Gritos, dentro de los municipios de Olmeda del Rey y Las Valeras, cuentan con suelos en los que abunda el yeso. Tanto es así, que su uso ha sido habitual en las edificaciones de la zona, tanto para funciones de unión como de revestimiento exterior, que tiene efectos tanto en la estética como en el correcto aislamiento de los interiores. Como nos detalla Maria Eusebia Chumillas, hija de propietarios de un horno de yeso en Olmeda del Rey, para esas funciones era usado el yeso “pardo”, debido a que sus impurezas hacían más lento su fraguado, relegando el yeso “blanco”, mucho más refinado, para pintar las paredes, fundamentalmente en el interior de las casas.

Como destaca José Luis García Grinda en su publicación “La Arquitectura popular de la serranía media conquense”, tanto de la cal como del yeso se obtienen los aglomerantes más comunes en la comarca de la Serranía Media, empleándose el yeso como parte de los morteros, sobre todo en los rellenos encofrados de los entramados de madera y en los revestimientos de las fachadas. La cal, por su parte, era muy usada para encalar las paredes exteriores.

La arquitectura más común de la región se sustenta en los muros de carga exteriores (de piedra), en mampostería con mortero de barro al que se puede añadir algún aglomerante, como la cal y, en gran medida, el yeso.

Sin embargo, al centrarnos en las cercanías del río Gritos, no es habitual que el yeso se presente en las fachadas con un tono blanquecino, siendo más común un aspecto rojizo, fruto de impurezas en el material, sobre todo arcillas. Es el mencionado yeso “pardo”. Este tipo de fachadas pueden verse tanto en Chumillas como en Olmeda del Rey o Las Valeras.

Sin embargo, en Olmeda del Rey se observan, en general, otros tonos en las fachadas. Es habitual el empleo del encalado, que se aplica para igualar y tapar los desperfectos del revestimiento original. A eso se añaden innumerables pigmentos aplicados, que van desde azules, amarillos o color salmón. Un arcoíris de posibilidades.

Fachada de un edificio de Olmeda del Rey donde se ha desprendido la pintura exterior. En él, puede observarse el uso del yeso pardo como aglomerante. Fuente: Vestal Etnografía S.L.

También es frecuente el uso del yeso como aglomerante de tapiales o para rematar las caras inferiores de las jambas, dinteles y alféizares. 

Las tainas no son ninguna excepción en el uso del yeso, tanto como mortero (en zonas puntuales) como de revestimiento. Sus propietarios las han ido mejorando hasta su abandono hace apenas unas décadas, mejorando las uniones y convirtiéndolas en espacios más acogedores. En particular, el uso de mortero se observa especialmente en torno a la casilla del pastor, para reforzar puertas y ventanas o aportar estabilidad a la chimenea. Sin duda, un intento de mejorar el aislamiento del refugio donde el ganadero pasaba tantas noches.

Taina hundida de Olmeda del Rey con revestimiento de yeso. Fuente: Vestal Etnografía S.L.

Los hornos y canteras de yeso en Olmeda del Rey y Las Valeras

Como no podía ser diferente, estos hornos, comunes en toda la provincia conquense, se observan tanto en Olmeda del Rey como en Las Valeras. En Valera de Abajo, dirección hacia Valverde del Júcar, aún hoy se conservan las ruinas del horno, alimentado por la cantera a cielo abierto a sus espaldas. Tal y como se ha detallado, el conjunto cuenta con todos los elementos descritos: al fondo, la cantera de yeso, donde se observan los huecos realizados para la barrena y la dinamita. Frente a ella, la era de molienda, fundamental para obtener el buscado polvo de yeso. Y junto a ellos, el protagonista, el horno, construido con planta circular aprovechando una diferencia de nivel en el terreno. De hecho, se trata de dos hornos, uno junto al otro, algo bastante habitual en todo el país. De esta manera, se buscaba una producción más intensiva, de carácter industrial, encendiendo un horno mientras se iba cargando el otro, para obtener yeso de manera continuada. Junto a los hornos, encontramos una humilde construcción, probablemente utilizada como almacén o refugio de los trabajadores que debían pasar las noches junto al horno para controlar el fuego.

Restos del horno de yeso de Valera de Abajo. Fuente: Vestal Etnografía S.L.

Del mismo modo, en Olmeda del Rey, aunque mucho más humilde, existían varias canteras, destacando una pasando el cerro de la Horca y a los pies del Cerro San Cristóbal, cerca del paraje del Verdinal. En este pueblo encontramos una tipología de yesar completamente diferente a la descrita anteriormente, siendo mucho más “casero”, distando mucho de la capacidad productiva de otros como el de Valera de Abajo. En este caso, el horno se encontraba en la casa misma del yesero, algo muy habitual en otros muchos pueblos de España. Desde el yesar, trasladaban mediante caballerizas las piedras hasta la casa, en el centro del núcleo urbano, donde se cocía para deshidratar el mineral. La piedra se molía en la parte inferior de la vivienda, junto al lugar designado para el descanso de los mismos animales que se encargaban de la molienda.

Restos de la era de molienda que era utilizada en el horno de Olmeda del Rey. Fuente: Vestal Etnografía S.L.

Futuro

Sin duda, la globalización económica modificó descomunalmente las estructuras productivas de nuestro país. Entre sus muchos efectos, derivó en una mayor centralización del trabajo en ciertos núcleos para fomentar procesos “más eficientes”. Pero más eficientes… ¿para quién?

La arquitectura vernácula, derivada de una experiencia y una cultura pulida durante generaciones, se vale de los recursos del entorno y la adaptación al clima. Por tanto, son procesos mucho más resilientes a cambios medioambientales, así como mitigan las emisiones, al tratarse realmente de un comercio de cercanía.

Estos procesos productivos son completamente sostenibles medioambientalmente, ya que prácticamente no tienen impacto; socialmente, ya que generan trabajo de manera distribuida, siendo uno de los elementos de lucha contra la despoblación; y también económicamente, ya que generar un sistema en el que los beneficios se reparten de manera más equitativa, generando un ecosistema empresarial distribuido que pueda resistir mejor los vaivenes del sistema.

Para ello, necesitamos iniciativa por parte de las administraciones y un trabajo comunitario para evitar la desaparición de los conocimientos que dan vida a estos oficios: construir utilizando los materiales del entorno, usar desniveles naturales para construir los hornos o saber mezclar adecuadamente el yeso con la arena e incluso con cal para obtener los aglomerantes o revestimientos más apropiados. Deben fusionarse con nuevas técnicas y la luz de la ciencia en busca de la solución más eficiente, pero no sólo para algunos, sino para toda la sociedad.

A ver si al final los pastores iban a ser más cultos que nosotros…

Restos de una taina en la hoz del río Gritos. Fuente: Vestal Etnografía S.L.

Referencias

  • Abenza Ruiz, B. (2009). Aplicación del yeso en exteriores: análisis de dosificaciones en laboratorio y estudio de campo en la ciudad de Cuenca. Actas del Sexto Congreso Nacional de Historia de la Construcción, Valencia, 21-24 octubre 2009, eds. S. Huerta, R. Marín, R. Soler, A. Zaragoza. Madrid: Instituto Juan de Herrera, 2009
  • Almagro Orbea, A. (1992). Los aglomerantes tradicionales en restauración. Técnicas tradicionales de construcción y Patrimonio Histórico. pp. 11-30. Zaragoza.
  • Cuenca Arroyo, C. (2022). Torrejoncillo del Rey. Un pueblo de aljez.
  • García Grinda, J. L. (2001). La arquitectura tradicional de la Alcarria Conquense. Valoración y rehabilitación. Ceder Alcarria Conquense.
  • García Grinda, J. L. (2005). La Arquitectura popular de la serranía media conquense. ADESIMAN, Federación para el Desarrollo de la Sierra y Mancha Conquense.
  • Grau Giménez, C. J., La Spina, V. (2017). La diversidad tipológica de los hornos tradicionales de calcinación de yeso en España. Universidad Politécnica de Cartagena.
  • La Spina, V. (2016). Estudio del yeso tradicional en España. Yacimientos, canteras, hornos y la arquitectura tradicional, su estado de conservación y propuestas de itinerarios visitables para su revalorización y difusión. Universidad Politécnica de Cartagena.

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