La historia de la madera en M.U.P. 151 (Uña, Cuenca)

La industria maderera ha sido de gran importancia en la provincia de Cuenca. En especial, ha sido fundamental en la comarca de la Serranía. El Monte de Utilidad Pública 151, en el municipio de Uña, no ha sido una excepción. El aprovechamiento maderero ha sido uno de los sectores económicos principales de los habitantes de este pueblo. De especial relevancia es la cercana Muela de la Madera, una gran muela calcárea, de 1.400 metros de altitud, terreno idóneo para el crecimiento del pino negral, muy apreciado para la construcción.

Dentro de esta actividad, destacan la explotación maderera del monte y el uso de las pegueras. Y, como no, del evento más llamativo que todas las primaveras decoraba nuestra sierra: las maderadas.

La explotación maderera del monte

Los montes de la Serranía de Cuenca, dada su cantidad y calidad de pinos (en especial de Pinus nigra), han sufrido una fuerte explotación maderera. El Monte de Utilidad Pública 151, situados entre dos muelas de gran importancia (la Muela de la Madera y la Muela de Valdecabras), también ha destacado por este tipo de aprovechamiento.

Como ya se mencionaba en Noticias conquenses (Torres Mena, 1878), “la villa de Uña, situada sobre la márgen derecha del río, gozó en otro tiempo de cierta celebridad por su gran comercio en maderas, que ha decaído considerablemente, y por su laguna abundante en aguas y ricas truchas. La laguna se encuentra en la márgen derecha, en el trayecto de Uña á Villalba de la Sierra. Algo más abajo, en la misma orilla, se baila a corta distancia el arroyo de la Madera, que lleva tanta agua como sale de la famosa laguna. Este afluente es digno de atención, si se considera que ha habido años que han bajado por él (Moros, 1847) 30.000 maderos procedentes de los montes inmediatos”.

Sin embargo, su explotación está datada de muchos siglos antes, pues se sabe de la existencia de las maderadas desde el siglo XII en el río Cabriel, lo que hace probable que también se dieran por el Júcar. En el siglo XIV ya hay constancia de ello por el río que atraviesa Uña. Por tanto, al menos es desde este siglo en el que existe una explotación industrial de los recursos madereros de los montes aledaños al municipio de Uña, entre ellos, el M.U.P. 151.

Como decía Muñoz Soliva en su Historia de Cuenca (1867), “la Sierra de Cuenca, tal como quedó constituida después de la reconquista, á pesar de los incendios repetidos y frecuentes cortas, llegó á tener treinta millones de pinos maderables, sin contar las añosas encinas, los robles seculares, las incorruptibles y robustas salinas, los esbeltos avellanos, los flexibles áceres, los cocos ó abedules y otra infinidad de arbustos”. Es decir, desde la reconquista se tuvo en cuenta la importancia de los bosques de la Serranía Conquense por su potencial maderero.

La sobreexplotación que aconteció durante este siglo XIX hizo que la cantidad de pinos en nuestra Serranía menguara notablemente, por lo que a finales de esa centuria se comenzaron a ordenar los montes, siendo el caso más reseñable el del monte de Los Palancares. 

Respecto a los procesos utilizados, los métodos de corte tradicional eran realizados por los hacheros, quienes portaban el “hacha conqueña”, realizada en muchas ocasiones por los herreros de Priego. Eran de especial relevancia los hacheros de Huélamo y Tragacete según diferentes fuentes, si bien no es de extrañar al situarse en estos puntos la mayor masa forestal. Es más que probable que esto no fuera diferente para los vecinos de Uña, quienes, a pesar de su menor importancia debido al tamaño del municipio, ejercerían funciones de corta dentro del M.U.P. 151. Una vez cortados los troncos, eran arrastrados mediante tracción animal a las orillas de los ríos, donde los dejaban purgar (secar) para que flotaran correctamente en las posteriores maderadas.

Escultura dedicada al hachero, obra de Javier Barrios. Fuente: Vestal

A mediados del siglo pasado, era sin duda la actividad principal del municipio. Conversando con Jesús de la Hoz, quien de mozo trabajó en la industria maderera, nos recuerda: “Antes sólo del pueblo de Valera de Abajo venían 6 o 8 maderistas. Para entonces, la prevención de incendios se hacía todo el año y en todas las zonas”.

La decadencia de la explotación maderera en Uña en la segunda mitad del siglo XX es más que notable, enmarcada dentro de la crisis que sufren todos los montes españoles. La globalización, unido a la infravaloración de las maderas de alta calidad de nuestra serranía, son responsables de ello.

Las maderadas y los gancheros del río Júcar.

Para trasladar las maderas desde su punto de extracción (los montes serranos) y de consumo (en general, urbes en cotas bajas) era necesario usar los ríos, dada la inaccesibilidad de los caminos. Así, se formaban las maderadas.

El primer embarque principal de maderas en el río Júcar era la venta de Juan Romero (en Huélamo), descendiendo sin grandes dificultades hasta Uña, siendo a la altura del actual embalse de La Toba (construido en 1925) donde la maderada seguía curso distinto, según el año del que hablemos. Aquí, tanto antes como después del establecimiento del embalse, se situaba una importante zona de embarque, en el puente de Uña (o del Gato), cerca del Camino de los Madereros (bajo la Muela de la Madera). Se intentaba partir desde aquí entre febrero y marzo a más tardar, ya que en los siguientes meses escaseaban las aguas.

Antes de la construcción del canal de la hidroeléctrica que inicia en dicho pantano y finaliza en el Salto de Villalba, los gancheros guiaban los troncos por los tramos más complicados del curso natural del río. Eran famosos los sitios de El Tranco, Pozos del Sombrero y La Montera por la complejidad de las maniobras, precisando que la cuadrilla de delantera tuviera que realizar innumerables adobos para sortear los obstáculos. Tan difícil eran estos 15 km. de trayecto que se tardaban en recorrer entre 2 y 3 meses, lo mismo que desde Villalba de la Sierra hasta Fuensanta (Albacete), donde finalizaba parte de la maderada. 

Los encargados de realizar el transporte fluvial de los troncos extraídos en la Serranía por el río Júcar eran los gancheros (en algunos textos también llamados balseros). La mayoría de los gancheros procedían de las comarcas valencianas de Chelva, Cofrentes y Ademuz, con algunos pocos de Priego (sin embargo, también habría en los pueblos de la cuenca del Júcar, como Uña). El oficio de ganchero se diferenciaba según tareas específicas de cada uno de ellos. Sin embargo, todos ellos portaban el gancho, un palo de avellano, sabina o pino como de dos metros de largo por dos centímetros de grueso de su diámetro, en cuyo extremo superior se fija un hierro lanceolao de unas cuatro pulgadas. Con la punta se empujan o espolean los maderos, y con el gancho se refrenan o contienen. Los más famosos eran los útiles fabricados en Priego.

Maderadas en la provincia de Cuenca. Fuente: INIA

Mención especial tendrán los broceros, pues solían ser grupos de personas de los pueblos cercanos al paso de la maderada, que ayudaban a las cuadrillas de vanguardia principalmente (encargadas de sortear los obstáculos por medio de canales y adobos). Los broceros auxiliares se encargaban de encauzar la corriente en cada tramo cuando era preciso. Es más que probable que muchos vecinos de Uña trabajaran como broceros durante los primeros meses de la primavera, ayudando al comienzo de maderada.

La construcción del canal y el embalse de La Toba.

El aspecto actual que presenta el cauce del río Júcar, con sus elementos aledaños, a su paso por el M.U.P. 151, dista mucho del que podría observarse hace 100 años. El embalse de La Toba, el aspecto de la Laguna de Uña o el sistema de canalización del propio río se deben a una construcción clave: la Central Hidroeléctrica de El Salto de Villalba, finalizada entre los años 1925 y 1926.

Este monte, enclavado entre las Muelas de la Madera y de Valdecabras, es testigo de los cambios que esta innovación trajo al municipio de Uña, tanto en sus cabeceras alta y baja, como en el propio casco urbano, multiplicando por tres o cuatro el tamaño de la laguna limítrofe al pueblo (pasó de sus 6 hectáreas originales a más de 20 actuales).

Previamente a la construcción del canal, la laguna, alimentada por los copiosos manantiales de El Rincón de Uña, desaguaba en el Júcar por dos puntos: el cauce del molino de Uña y la cascada llamada como “Cola de Caballo” (hoy inactiva). Para aprovechar también estas aguas, se construyó un dique de tierra con pantalla de arcilla, utilizando la propia “Cola de Caballo”.

Cola de Caballo. Fuente: Vestal

Por tanto, el canal que aporta el caudal a la Central Hidroeléctrica se nutre tanto del Júcar como del arroyo del Rincón de Uña. El Júcar es represado a pocos kilómetros aguas arriba de Uña, formando el embalse de La Toba, primer depósito que aglutina las aguas de todos los arroyos serranos de la cuenca (frontera del M.U.P. 151). Desde allí, se dirige al agua mediante un primer canal hasta la Laguna de Uña (represada también), juntando las aguas del río con las del arroyo en este punto. Desde aquí, se dirigen las aguas por el canal, dirección Villalba, modificando el caudal en función de las necesidades energéticas de la central. Sin embargo, las variaciones de potencia que requiere la central hidroeléctrica pueden variar en función de minutos, por lo que es necesario instalar otro depósito regulador (frente al Ventano del Diablo, cerca de El Salto de Villalba). Este depósito queda fuera del Monte de Uña, pero su existencia es crucial para el correcto funcionamiento de todo el compuesto ingenieril. 

Desde la Laguna hasta este depósito regulador, el canal atraviesa la zona más compleja y tortuosa del río Júcar: 15 kilómetros de desfiladeros y cortados de difícil acceso y tránsito. Por ello, se decidió construir el canal horadando la propia roca de la margen derecha del río (al otro lado de la carretera y, por tanto, fuera del M.U.P. 151, aunque limítrofe). También implicó la construcción de puentes (como el emblemático sifón de “Riofrío”) y túneles (como el principal o nº6, cerca del paraje conocido como “La Solana de Uña”).

Dicha construcción facilitó enormemente las maderadas, que pasaron de atravesar este complejo tramo por el cauce natural (lo que demoraba de 2 a 3 meses el proceso) a realizarlo a través del canal. Es importante resaltar que la ley obligaba a que las construcciones no impidieran otros usos de mayor antigüedad. Hay una anécdota a este respecto: en abril de 1930, debido al transporte de las maderadas por el canal, se desprendieron 800m. de muro en el paraje llamado “El Robledillo” (frente al Puntal de las Palomas, en el M.U.P. 151), que se tuvieron que reparar contrarreloj por cuadrillas en turnos de 8 horas trabajando día y noche, ya que la maderada esperaba detrás.

Paraje de “El Robledillo”, frente al puntal de las Palomas. Fuente: Vestal.

Por tanto, se favoreció el paso de las maderas por el canal, puesto que la disminución del caudal del cauce natural dificultaba la flotación por el curso original. Así, se conducían al depósito regulador, donde eran conducidas de nuevo al Júcar mediante una rampa (“llamada canalillo”). Este acontecimiento, debido a su espectacularidad, concentraba gran cantidad de visitantes.

Obviamente, la construcción de esta central implicó la presencia de muchos obreros durante muchos años, por lo que se formaron poblados donde residían, en general en las proximidades del embalse. En los años 20, Uña tenía unos 70 vecinos, y era una aldea asociada al Ayuntamiento de Valdecabras, completamente abandonada por la administración. Como compensación por las obras, Eléctrica de Castilla (constructora de la obra) mejoró algunas instalaciones en el pueblo, como la construcción de la Casa-Ayuntamiento o el cementerio.

Esta obra faraónica cambió para siempre el aspecto de Uña. Hoy, su patrimonio es indistinguible del canal y la central hidroeléctrica. Sin embargo, estas obras pueden generar grandes impactos completamente impredecibles. Por ello, cuando hoy tratemos de aumentar el patrimonio de este monte, debemos hacerlo con humildad y mesura. No atacando el patrimonio ya existente.

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