La entrada a Cuenca

Ilustración 1. “Vista a Cuenca desde el Oeste” de Anton Van den Wyngaerde (1565)

Un atardecer de 1565, tras cruzar las anchas y ásperas tierras castellanas, Anton van den Wyngaerde llega a Cuenca. Una imagen de fábula lo espera: tres cumbres de aroma grisáceo que bordean el cielo; un enjambre de construcciones soldadas a la ruda piedra; la ciudad abriéndose como una lengua de lava; los caminos rellenos por cantos y traqueteos; vastos campos y allá abajo, esperando paciente, el río. 

 

El verde río que acompaña la entrada a Cuenca. El verde río que cruza los ojos atentos del puente de San Antón. El verde río que abraza el Hospital de Santiago convirtiéndolo en inmemorial; que impulsa, como redobles de tambores, los mazos de los batanes; que delinea la fértil isla de Monpesler; que lleva a sus hombros el paso de las maderadas y que levanta, al fondo, la ciudad como hiedra trepando sobre la piedra. 

 

Siguiendo el camino real, ya se había dejado vislumbrar la ciudad por los altos de Cabrejas. Pero es ahora, tras cruzar Chillarón, Nohales y esta loma de eras y viñas, cuando la ciudad se abre ante Wyngaerde con vida, frescura y altanería. Al caer la tarde y con el sol en la espalda, desde este cerro, llamado de la Fuensanta, la vista de Cuenca desde el oeste muestra su alma desnuda y la dibuja en la mirada del pintor flamenco de Felipe II.

 

Al remontar el cerro de la Fuensanta, aún seco y áspero, se comienza a sentir los lozanos y rociados ritmos de la ciudad. Este paraje, denominado Eras de la Cruz del Bordallo, se empapa con el incesante traqueteo de carretas, los distintos timbres de las conversaciones, el ladrido de los perros, el cacareo de las gallinas y el rumor del Júcar. Aquí, como en tantas otras entradas a ciudades y pueblos, se encuentra un humilladero. El humilladero, lugar popular y de devoción, es una pequeña capilla techada sobre pilares con una imagen interior. Asociado al humilladero hay una cruz denominada del Bordallo, que será derribada en 1785.

Ilustración 2. Humilladero de las Eras de la Cruz de Bordallo con el Convento de la Merced a la izquierda y la Ermita de Santo Toribio a la derecha.“Vista a Cuenca desde el Oeste” de Anton Van den Wyngaerde (1565)

Tras asomarse al humilladero de las Eras de la Cruz de Bordallo, Wyngaerde observa que a cada lado se levanta una construcción eclesiástica: a su derecha la ermita de Santo Toribio y a la izquierda el Convento de la Merced o Nuestra Señora de la Fuensanta. El Convento de la Merced, de gran importancia y solera en la ciudad de Cuenca, tiene en este lugar su primera ubicación. Fundado en 1556, cuando los mercedarios otorgan a Francisco Arribas un solar de casas de ochenta y cinco pies en cuadro junto a la Cruz del Bordallo, el convento está acompañado por una iglesia, fuentes y huertas. Sus paredes albergarán parte de la historia de literatura castellana ya que, entre 1640 y 1643, el dramaturgo y mercedario Tirso de Molina será desterrado en este convento. Finalmente, en 1684, el convento será trasladado a la zona del Alcázar, en la hoy conocida Plaza de la Merced. La Ermita de Santo Toribio ofrece, sin embargo, escasa información. En 1551 se menciona que el carpintero Juan de Oropesa “hizo y edificó de madera la cumbre de dicha ermita de Santo Toribio que es de para y nudillo”. Sin embargo, en el plano y en los documentos que hará Mateo López, en 1800, ya no aparece registrada.

 

Desde aquí Anton van den Wyngaerde, respirando y contemplando la riqueza de formas y colores, se deja escurrir por el histórico barrio de San Antón, verdadera entrada a la ciudad. Hileras de casas y ollerías que acompañan a lo largo de la calle de San Lázaro, que trepan por el cerro de la Majestad entre viñas y que bajan a las orillas del Júcar. Casas que son pequeñas fábricas y que, junto al verde rumor del Júcar, daban la bienvenida al viajante a Cuenca. Luego el puente del Canto y la ciudad abriéndose como un abanico…

 

Esta imagen que supo plasmar el dibujante flamenco fue la que vieron tantas y tantos viajeros a lo largo de la historia. Su imagen de fábula sigue ahí. Sin embargo, el entorno ha sido profundamente alterado, especialmente en las últimas décadas. Tras ir desapareciendo la ermita de Santo Toribio, el convento de la Merced y el humilladero, la entrada a Cuenca se fue resecando. Los añejos viñedos ya mencionados en el siglo XIII o el intento de bombardeo con cañones a la ciudad desde las Eras de la Cruz del Bordallo por el Mariscal Moncey en 1803 son meras anécdotas. El cemento de la segunda mitad del siglo XX fue cubriendo el cerro de la Fuensanta. Se taparon los pocos vestigios que quedaban y se cambió la entrada a la ciudad con la construcción del puente sobre el Júcar en la década de los setenta. Abochornada la antigua frescura de la zona y arrebatada su posición estratégica, ha quedado huérfana y sin lugares icónicos o reconocibles. El barrio de San Antón, su puente y el Hospital de Santiago parecen querer no doblegarse a los golpes del tiempo. 

Sólo el Júcar, impasible y calmado, como un testigo oculto, nos sigue susurrando los secretos de otros tiempos. Aquellos que le contó en 1565 a Anton van den Wyngaerde.

Ilustración 3. Vista de Cuenca desde el oeste en la actualidad. Fuente: Antía Argibay

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