De cuando el escritor Ramon J. Sender vino a la provincia de Cuenca

Fue con motivo de la aparición del Cepa, “el muerto resucitado” del llamado crimen de Cuenca. Todavía no era el escritor famoso que llegó a ser, sino un joven periodista recién llegado a Madrid para trabajar en el periódico El Sol. Era 1926, un año después de que los dos condenados por el supuesto crimen hubieran salido de prisión por decreto de indulto.

Sender escribió sobre este viaje en dos momentos de su vida profesional como periodista, separados en el tiempo por más de diez años, y en dos publicaciones distintas, El Sol y La Libertad. Los lectores conquenses tuvieron noticia de estas crónicas porque las transcribió íntegras Florencio Martínez Ruiz en El Día Cultural, 13 de junio de 2001. Sin embargo, los más jóvenes, seguramente, las desconocen.

Ramón J. Sender. Fuente:

Los primeros reportajes, publicados en El Sol desde el 7 de marzo, a lo largo de todo el mes, fueron simultáneos al viaje a los pueblos donde ocurrieron los hechos: Osa de la Vega, donde sucedió el supuesto crimen, Tresjuncos, lugar de nacimiento del desaparecido pastor Jose María Grimaldos, Belmonte, lugar de los juzgados y de la primera prisión en la que estuvieron, y Villaescusa de Haro, donde residía León, itinerario de su viaje que más pormenorizadamente describe.

Los envía por teléfono y por telégrafo desde Tarancón, el pueblo donde pasaría la noche, en algún hotel del que no da más datos. 

Como redactor de El Sol, elaboró las crónicas de lo que estaba sucediendo: la aparición de Grimaldos y las consecuencias de su regreso. Si bien, el comportamiento del escritor ante los hechos no fue el del simple observador, sino que intervino en el proceso de reparación de la injusticia sufrida por los dos inocentes, que habían cumplido doce años de pena por un crimen que no habían cometido. En las crónicas que envía, se hace eco de la incomprensión de sus vecinos y de las humillaciones sufridas por ambos. Escribe:

A Gregorio Valero que salió enfermo del penal, lo señalaban con el dedo y él huía de sus convecinos. Nadie le daba trabajo. En su choza de Osa del Vega, tendido en un jergón, sin medios de vida, Gregorio Valero tosía y trataba de resguardar el pecho del aire helado que entraba por una ventana sin cristales. Así lo conocimos.

A León Sánchez lo encontramos por aquellos mismos días en Villaescusa, donde vivía con su mujer. Nos habló, más que de los largos años de presidio, del periodo de “libertad condicional”, cuando, otra vez en el pueblo, sus antiguos compañeros y amigos, le negaban el saludo, los terratenientes el trabajo y vagaba como una sombra por las afueras, por los campos, rehuyendo al ir y al volver, los caminos transitados para evitarse humillaciones

El 8 de marzo de 1926, aparece una entrevista suya a los dos inculpados y otro artículo, en el que pide que se investigue la culpabilidad de tan grave error judicial, que titula “Interesantísimos pormenores recogidos en Osa del Vega y Tresjuncos”. También entrevistará a los abogados defensores y al fiscal, Sánchez Vera, que vivían en Cuenca. Debió de visitar la capital para escribir otra crónica: “Interesantes pormenores de la vista en la audiencia de Cuenca”.

Cartel El crimen de Cuenca. Fuente: Autor

Tanto en el suyo, como en otros periódicos de la época que se hicieron eco de los acontecimientos, no se podía hablar abiertamente de las torturas ni de la responsabilidad del cura de Tresjuncos y de los caciques de la zona en el proceso. En 1935 ya había desaparecido la censura cuando recuerda aquellos hechos en su crónica del 28 de julio, que titula Hace diez años. Recordando lo de Osa de la Vega. Escribe:

La censura de Primo de Rivera impidió decir entonces lo principal: por qué León y Valero llegaron a declararse autores del asesinato de Grimaldos. Yo relataba las torturas para que los celosos auxiliares del señor Laiglesia se escandalizaran y tacharan galeradas sin cuento. Y, sin embargo, a todos hubiera convenido saber hasta que punto el juez de Belmonte- el señor Echenique, ya fallecido- estaba identificado con el sargento de la Guardia Civil.

Se refiere al sargento Taboada que, ante la aparición del Cepa, decía: Si no mataron a Grimaldos, matarían a otro.

Hablar del crimen de Cuenca después de todo lo que se ha escrito sobre él se presta a ser un tanto reiterativo. Voy a evitar, por tanto, no repetir hechos que ya se conocen. El caso se llevó al cine (El Crimen de Cuenca de Pilar Miró y la más reciente, el documental Regresa el Cepa, de Víctor Matellano).

El tema empezó a interesarme al saber que había sido el germen de la novela de Ramón J. Sender “El lugar de un hombre”. Una obra que publicó primero en 1939, ya exiliado, y que reeditaría más tarde, en 1959, en México. En España, no se publicaría hasta 1968.

Cartel Tresjuncos. Fuente: Autor

Conocí al escritor en una de las pocas visitas que hizo a Madrid, poco después de morir Franco. Fue mi primera entrevista. Era estudiante del primer año de Periodismo y acudí al Ateneo de Madrid, donde había dado una conferencia. Al terminar, multitud de periodistas, voy a incluirme, nos abalanzamos en torno a él, avasallándolo con preguntas. Yo no tenía entonces grabadora profesional, llevé un abultado radiocasete, que debió llamar su atención. O quizá fuera mi juventud. El caso es que me miró sonriendo, hizo un hueco y me preguntó si yo también era periodista, aproveché para lanzarle mis preguntas como dardos, la primera, referente al asesinato de su mujer en Zamora, al comienzo de la guerra civil. Es el pasado- me contestó. Y guardó un emotivo silencio, sin hacer caso del apremio de micrófonos que había alrededor. No me esperaba esa respuesta, yo quería que reivindicase su memoria. Hay cosas muy graves que están ocurriendo ahora. Muy graves para el planeta, que nos afectan a todos…De eso habla mi libro. ¿Lo ha leído?

Se refería a su ensayo Por qué se suicidan las ballenas que acababa de publicar, un ensayo profundo, muy ecologista, sobre el peligroso desvío que está tomando la humanidad en su carrera desenfrenada que llaman progreso.

Después, he conocido aspectos biográficos de esa etapa del escritor. Su viaje a Mallorca, invitado a su casa por Camilo José Cela, y la fuerte discusión que tuvieron a propósito de la guerra civil, en la que Sender le echó en cara su colaboración con el régimen franquista que había asesinado a su esposa, Amparo Barayón, en Zamora, y a su hermano, Francisco Sender, alcalde republicano de Huesca.

Hoy, mientras el prestigio del escritor gallego declina, el del autor de Chalamera aumenta. Este año, el Gobierno de Aragón para celebrar los 120 años de su nacimiento ha creado el espacio Sender, como reclamo turístico para los pueblos aragoneses relacionados con su vida y su obra. Creo que nuestros gobernantes autonómicos y municipales podrían hacer algo, también, para recordar la presencia del escritor en nuestros pueblos, recoger las palabras que escribió sobre nuestros vecinos, para que no nos tilden como la ciudad del crimen, sino la ciudad que sufrió mayores injusticias con dignidad y nobleza

Camilo José Cela y Ramón J. Sender. Fuente: El heraldo de Aragón

Sería en los artículos escritos para La Libertad, en los que contó, además de las torturas, la presión psicológica que sufrieron los detenidos para obligarles a confesar: En un calabozo inmediato al que ocupaban los “asesinos” en Belmonte, estuvo presa varios días la mujer de uno de ellos con un niño de pecho. Había ido a pie desde su pueblo a llevarle algo de comer y unas botellas que llenó de agua en Belmonte… Le quitaron las humildes viandas y la encerraron en el cuarto de al lado. Allí estuvieron la madre y el hijo durante varios días sin el menor auxilio. …cuando protestaba la madre o lloraba el niño, los guardias se acercaban al “asesino”. “¿Los oyes? – le decían. Pues si no cantas van a quedarse ahí hasta que se pudran”. Es de suponer que después de estos datos- y después de otros que serían impublicables- nadie atribuirá la “confesión” de León y Gregorio a idiotismo aldeano. En la confesión intervinieron factores humanos elevados, consideraciones de piedad heroica, sentimientos sublimes…La nobleza y la dignidad estaban con Valero y León Sánchez. Con el Estado, la barbarie.

El escritor describe el recorrido por nuestros pueblos. Viaja en coche con Grimaldos a Villaescusa, donde se dudaba de la identidad del “muerto resucitado”. Con el título de Trabajos judiciales para identificar a Grimaldos, y el subtítulo: En Villaescusa. El Sol desmiente los informes de Cuenca, el escritor se pregunta: ¿Es un idiota? ¿Es un filósofo? La primera pregunta dudaba de lo que repetía la prensa, la segunda la hace él para humanizar al pastor haciéndole también víctima. Después, en su novela, acentuará el victimismo aún más. Como también la denuncia de la situación que se vivía en los pueblos del interior de la península, lo mismo en Cuenca que en Aragón:  la falta de escuelas, el analfabetismo y la pobreza.

Venimos de Tresjuncos y vamos a Villaescusa dispuestos a ofrecer a los vecinos de este pueblo un testimonio concluyente sobre la inocencia de León, puesta en duda por inhábiles noticias lanzadas desde Cuenca.

En su itinerario describe el casino de Villaescusa, recién inaugurado, donde toman café y miran, por los balcones que dan a la plaza, a la muchedumbre que los aclama. También nos muestra el descontento que esta actitud del pueblo provoca en ciertos políticos locales y ricos hacendados de la comarca. Dice: la verdad es que casi todos los terratenientes estaban celosos de esos campesinos. El hecho de que llegáramos en automóvil desde Tarancón todos los días a hablar con ellos, a hacerles fotografías, y todo aquello saliera en la primera página de un diario madrileño les traías desangelados. “¡Qué va a suceder! ¡A dónde vamos a parar!”, parecían decirse.

EL juzgado de Belmonte. Foto: Autor

Bibliografía

. Fuentes López, Juan. El crimen de Cuenca Recuperando la historia. Dossier periodístico, 1910-1935. Vol. 1-6. Ayuntamiento de Osa de la Vega, 2019

. López Villaverde, Ángel Luis. El crimen de Cuenca en treinta artículos. Antología periodística del error judicial. Universidad CLM, Ciudad Real, 2010

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