¿Condenados al olvido?

Borrar un mal recuerdo o eliminar a una persona de nuestra memoria son dos acciones que todos hemos deseado realizar en un determinado momento. No obstante, ni la ciencia moderna nos permite hacerlo. A pesar de que algunos investigadores han tratado de inhibir el funcionamiento de ciertas proteínas del cerebro de roedores, los resultados son poco satisfactorios. Así que de momento no tenemos “papelera de reciclaje” en nuestro cerebro.

Paradójicamente, olvidar implica recordar. Querer olvidar algo significa inevitablemente recordarlo. Esto es exactamente lo que pasa cuando queremos eliminar un suceso histórico. Siguiendo con la analogía del caprichoso cerebro humano y teniendo en cuenta que es prácticamente imposible desechar un recuerdo individual, ¿cómo es que en ciertos momentos de la Historia se ha querido eliminar a actores principales de la obra e incluso fenómenos culturales completos?

Existe una locución latina para estos casos conocida como Damnatio Memoriae. Esta la podríamos traducir literalmente como “condena de la memoria”. En su terminología más pura, el concepto hace referencia a la eliminación en los documentos oficiales de cualquier personaje cuya actitud u oficio hubieran podido dañar los intereses individuales o generales de la sociedad romana. Aunque la locución no fuera usada por los antiguos romanos, ya que fue acuñada en el siglo XVII para hacer referencia a tales casos, sí que se aplicó en la práctica. Quizás el ejemplo más representativo de esta época es el que realizó el emperador Caracalla sobre una pintura encargada por su padre Septimio Severo donde aparece la familia al completo. Sin embargo, uno de los hermanos ha sido eliminado del retrato. Efectivamente, Caracalla, a la derecha, mandó asesinar a su hermano Geta con el que gobernaba conjuntamente. Tras el fratricidio, el emperador se encargó de eliminar cualquier recuerdo gráfico o documental de su hermano.

Familia de Septimio Severo. Fuente: Pinterest

No podemos adscribir únicamente este fenómeno a época romana, pues son numerosos los casos durante toda la Historia a lo largo y ancho del mundo habitado. De hecho, no hace falta ir más lejos de la provincia de Cuenca para descubrir algún ejemplo de Damnatio Memoriae.

Los últimos tres artículos que he escrito y han sido publicados en esta misma revista tienen algo en común: en todos ellos se intenta condenar al olvido un suceso histórico o cultural. En el primero, donde se hacía una descripción más o menos acertada de la disposición urbana que habría podido tener la Cuenca primitiva, descubrimos que no queda rastro de la antigua mezquita donde hoy se sitúa la catedral. Bien podría justificarse su desaparición desde el plano arquitectónico, pues unos buenos cimientos ahorran tiempo y dinero a los constructores, pero por detrás flota la idea -política- de eliminar el recuerdo islámico de la ciudad.

 

En el segundo artículo aparece el ejemplo más claro, pues en 1942 se retiró el monumento levantado en recuerdo a los muertos de la invasión carlista de 1874. Y este es solo un ejemplo del sistemático proceso llevado a cabo durante los cuarenta años del franquismo por borrar cualquier elemento que no fuera compatible con los valores del Movimiento Nacional. Quedamos tan maltrechos de aquellas cuatro décadas que hoy necesitamos una Ley de Memoria Histórica para poder recuperar algo de aquello. No me extenderé más aquí, pues esto merece un artículo completo.

 

Por último, el caso más sutil se da en el último artículo. Sobre uno de los maravillosos paneles teselados de Noheda, una mancha negruzca indica el lugar donde se encendió una hoguera tras el abandono de la villa. Da la casualidad que fue sobre la cara de Dionisos donde ardieron -quién sabe- los pergaminos que el antiguo dominus conservaba y que contenían obras de Arquímedes o Demócrito, y que también quisieron ser condenados al olvido.

El irremediable afán del ser humano por el reduccionismo e intentar explicar lo que no entendemos de manera simple podría llevarnos a catalogar este último caso como un ejemplo de vandalismo. He de decir que no es así. Aunque, haciendo referencia al origen del término, cabe la posibilidad de que así lo fuera1 -disculpen este arriesgado y moderadamente jocoso juego etimológico-. ¿Nos parecían simples salvajes los partidarios del autoproclamado Estado Islámico que destruyeron sin piedad milenarias esculturas y monumentos en Próximo Oriente? ¿Somos incapaces de  ver que detrás de estos atentados culturales subyace una idea política e ideológica? Es probable que en Noheda sucediera algo parecido. Sólo que en nombre de otro dios que conocemos mejor en Occidente. ¿Qué cristiano toleraría a un dios borracho en cuya festividad se celebraba algo parecido a una orgía?

Pero, ¿en la actualidad se sigue dando este fenómeno? Es evidente que sí, aunque la lente del presente deforme la perspectiva desde donde miramos y no permita reconocerlo a primera vista. Es el caso de Iñaki Urdangarín, quien desapareció de la web de la Casa Real tras conocerse sus actividades económicas y ser imputado en el “caso Nóos”.  De esta manera se marcaban distancias con él y se relegaba al olvido a un posible testaferro caído.

Sin embargo, es la figura del rey emérito la que puede sufrir una Damnatio Memoriae en un momento no muy lejano. Pese a los esfuerzos de los medios de comunicación por no hablar de sus presuntos delitos, cada día parecen más evidentes; tanto que se ha tenido que fugar a un país cuya monarquía es absoluta: Emiratos Árabes. Quizás piense que todo sería mejor si aquí lo fuera también. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Ya se habla de eliminar el nombre de Juan Carlos I de avenidas y plazas, borrando así el recuerdo de otro borbón cleptómano y huidizo, características de esta especie en concreto.

Aun así, volvemos al principio. Quitar el nombre del emérito de las calles o el de Urdangarín de la web de la casa real no va a enmendar sus delitos. Ni mucho menos hacernos olvidar que los cometieron. Todo lo contrario, porque, como hemos dicho, intentar olvidar implica recordar. Entonces, lo realmente importante no es condenar un recuerdo al olvido, sino recordarlo como merece.

1 El pueblo germánico de los Vándalos llegó a la Península Ibérica en la primera mitad del siglo V.

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. M. Elena Iniesta

    La historia la escriben los vencedores. En muchos casos esa damnatio memoriae es el vacío que dignifica, para los vencedores, el relato, aunque se tenga y deba mentir y ocultar la verdad.

  2. José Luis Lledó

    Ya que habla de Noheda, no tiene que irse tan lejos para encontrar un ejemplo de damnatio memoriae: nuestra queridas autoridades y también algún responsable de las excavaciones han sido artífices de ella. ¿Alguien sabe quién ha sido el descubridor de ese yacimiento, quién ha hecho las primeras publicaciones sobre el mismo y quién lo presentó en su momento a la comunidad científica? Alguien ha visto alguna fotografía de esa persona acompañando a las autoridades que siempre aparecen en los medios?
    Soy el descubridor del yacimiento y se ha sido muy injusto conmigo, pero es que, además, se ha sido injusto con el yacimiento. Digo esto porque cuando se hace olvido de la historia, aunque sólo sea de una parte de ella, se produce en el presente una sustracción de parte del pasado, y ese inexistente ayer no deja de suponer un serio obstáculo para aprender de la experiencia. Y si tenemos dificultades para aprender, ya sea desde la experiencia o de otras fuentes, es más que probable que se nos escapen conocimientos elementales que resultarían fundamentales para entender determinados acontecimientos

    1. Dario Moreno Ortega

      Hola, José Luis.

      Como arqueólogo le doy las gracias de parte de toda la comunidad científica por semejante descubrimiento. Pocos mosaicos contienen tanto valor histórico y artístico.

      Ahora, como autor de esta reflexión, he de decir que los ejemplos de damnatio memoriae son innumerables. Me preocupa seriamente si lo que subyace detrás del escaso reconocimiento por parte de las autoridades hacia su persona e investigaciones son motivos políticos e ideológicos.

      Desde Los Ojos del Júcar le animamos a seguir defendiendo su posición, la cual nos parece totalmente respetable.

      Un saludo.

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