Annus Horribilis (1936)

Así, conquenses, os habla quien se siente cada vez más español, quien unido por vínculos que no se romperán más que por la muerte, si es verdad que la muerte los rompe, a sus hermanos de España, quiere verles a todos libres y dignos.

Estas palabras de Indalecio Prieto, el primero de mayo de 1936 en el extinto Teatro Cervantes de Cuenca son, a poco más de dos meses del golpe de estado, una última llamada a la cordura ante la locura que se preveía, porque, como dijo el poeta, de todas las historias de la Historia, la más triste es la de España.

Estudiar la historia de nuestro país produce en las mentes críticas el más profundo desasosiego. No por lo que fue, que ya no tiene remedio, si no por lo poco que hemos aprendido de ella. Qué digo aprender, ha sido despreciada. Por esta razón creo que los republicanos solemos elogiar la II República inocentemente. No fue la democracia que deseamos que hubiera sido. Tampoco restemos importancia a los derechos que se consiguieron, pero no bastan cinco años para construir un estado fuerte. El cambio de mentalidad necesario para el cambio mediante las labores pedagógicas de distintos grupos culturales no llegó a conseguirse. La Constitución de 1931, pese a su carácter abierto y reformador, se topó con un país en su mayor parte anclado -se podría decir- en el Antiguo Régimen. Las reformas agrarias infructuosas, la escasa industrialización o el analfabetismo ralentizaron aún más el ansiado cambio.  

La vorágine de acusaciones, pucherazos, injusticias caciquiles y violencia que marcaron la primera mitad de 1936 no justifican de ninguna manera la sublevación militar de julio. Las elecciones de febrero de aquel año habían dado la victoria al Frente Popular, la coalición de partidos de izquierdas que pretendía poner un cordón sanitario a la cada vez más reaccionaria derecha española apoyada en las fuerzas de seguridad del Estado.  

En la provincia de Cuenca no bastó con las elecciones de febrero, en las que, al contrario que a nivel nacional, había ganado la derecha. Una segunda vuelta fue forzada por las denuncias de fraude por parte del Frente Popular. Aunque es alta la probabilidad de que tal fraude existiera -la agraria provincia conquense daba pie a la existencia de importantes caciques-, la forma de actuar por parte de todo el espectro político, inclusive el Frente Popular en la repetición de mayo fue todo lo contrario a ejemplar. La coalición izquierdista se acabaría alzando con la amarga victoria tras un vuelco enorme en la dirección del voto.

Por otro lado, el Partido Comunista era el gran ausente en Cuenca. A la capital no llegó hasta 1936 y nunca llegó a estar bien organizado. Sin embargo, en Tarancón, dada la cercanía con Madrid, el Partido estuvo activo desde 1934. No fue fácil para los militantes en los años que duró el conflicto compaginar la quimera revolucionaria con el objetivo de la victoria en la guerra.

Cuenca, tierra de gentes conservadoras, arraigadas a la tierra, aparentemente inmutables en sus esquemas mentales, estuvo a punto de llevar al Congreso como diputados a José Antonio Primo de Rivera, quien buscaba esta vía para salir de la cárcel, y a Francisco Franco Bahamonde, que buscaba una salida si eventualmente el golpe militar no se consumaba. El estrambótico intento de obtener sendas actas fue tumbado finalmente por la autoridad electoral provincial. 

Paradójica y paradigmática es la presencia del anarquismo en la ciudad. La Confederación Nacional del Trabajo -CNT- contaba con algo más de un millar de afiliados ese año solo en la capital. Es una cifra contundente teniendo en cuenta los alrededor de veinte mil conquenses que la habitaban. Fueron la CNT, la FAI -Federación Anarquista Ibérica- y las Juventudes Libertarias quienes frenaron la adhesión de la provincia de Cuenca al levantamiento del 18 de julio pese a la superioridad derechista. Apoyadas en UGT y varios sectores republicanos, actuaron como una suerte de artificieros desactivando la escasa influencia de Falange Española en los días anteriores y posteriores a la fecha. Semejante acto de valentía fue premiado con el más oscuro ostracismo. Los miembros de las agrupaciones anarquistas fueron condenados al paredón o al exilio, y después al olvido. Sin embargo, la frustración del golpe de estado se tornó en violencia contra los sectores susceptibles de apoyarlo. Miembros del clero, de la CEDA y Falange fueron el objetivo de milicianos que actuaban en algunas ocasiones con el conocimiento de los organismos superiores y en otras no. La experiencia anarquista motivó la incautación de locales, edificios y empresas públicas y privadas que garantizaran la subsistencia de la población.

A pesar de lo reaccionario de la provincia de Cuenca, esta se mantuvo fiel a la República hasta marzo de 1939. No fue una de las zonas más afectadas por la guerra, pero conviene recordar a los 89 conquenses deportados a campos de concentración nazis y de los que solo sobrevivieron 28.

Es la Historia de España desde 1936 una herida sin cerrar que supura pus amarilla y sangre roja.

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