Otoño inminente

El cuerpo interrogado en el suplicio es a la vez el punto de aplicación del castigo y el lugar de obtención de la verdad. M. Foucault

Tibias tardes de septiembre repletas de alargadas sombras de otoño inminente. Los días se suceden sumergidos como en un tarro de miel. Acabándose el verano, ya se anuncian los comienzos inevitables. Y a pesar de ello, todo llega, como siempre, demasiado pronto.

Comienzos y finales se encadenan sin descanso. Sin respiro, entramos de bruces en viejas latitudes y descansamos en ellas indiferentemente. Nos movemos sobre losetas estancadas y suspiramos aliviados porque así siga siendo. Sorprendidos por el cambio, no percibimos la ausencia de movimiento, el traspiés a cada paso, el retroceso en cada intento. El rizo alargado en un bucle infinito de tristeza anodina y aceptación resentida.

Porque, aunque estemos cruzando una inmensidad inasible y las perspectivas anuncien grotescas tormentas y algún rayo, los días seguirán siendo más cortos en otoño, se caerán las hojas de los árboles y los coches pisaran los charcos sobre el asfalto. Ante la amenaza furiosa del cambio nos cobijamos en el asidero reconfortante del hábito. 

Pertrechados bajo el fatuo orden que destila al cuerpo de su conato. Sometidos a la violencia del horario. Y entre los barrotes de sus celdas, densos gritos enjaulados en silencio. Organización, estructuración y estratificación del cuerpo. Administrado como un recurso, repartido como un producto, eliminado como un deshecho. Dónde, cuándo y para qué. La vida es una cita y te castigan si llegas tarde.

O si no llegas.

         O si no pones de tu parte.

                      O si asimilas que no hay nada y simplemente te abandonas y te ríes de tu suerte.  

Atrapados y consumidos, desgastadas todas las cuerdas que unen tristemente los músculos, acabaremos desmembrados; inútiles cachos de carne apenas reconocibles. Sonrisas impostadas en caras vacías de mirada ausente. Agotados los impulsos, deshechas las ganas, somos voluntades perdidas en intenciones sin sentido. A la deriva, cascarones de nueces huecas, hundidos en la corriente. 

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