EDITORIAL: Soñando soñé que soñaba

Soñando soñé que soñaba una ciudad. Era un caminar sobre adoquines limpios. Un paisaje sonoro donde sólo la música de los pájaros, la risa de los paseantes y un acordeón invisible en alguna esquina amenizaban. La vista era colorida entre los edificios y los árboles. El aroma era ¿de castañas asadas? ¿de algún puchero? ¿o era el frescor del río? El gusto de querer no despertar.

Cruzaba calles sin aceras, porque la calle entera era la acera. No había rastro de alquitrán ni humo. La calle principal pavimentada simétricamente con piedra grisácea, era ancha e interminable. En sus plazas aledañas, espaciosas y abiertas como mares, las fuentes nacían del mismo suelo y parecían fusionarse con el claro cielo. Unos soportales escondían bancos donde el abuelo hacía refunfuñar al nieto. Se besaba la juventud y correteaba la infancia. En su perímetro terrazas daban vivas conversaciones que, aun con curiosidad, no pude escuchar. Desde allí se contemplaba la ciudad erigiéndose hacia las alturas. Los edificios más notorios, inmaculados como zapatos nuevos. Junto a su entrada, carteles de un bonito diseño, indicaban sus usos anteriores: un cine, un convento, un viejo casino y un sinfín de lugares que etéreamente nos transportaba a otro tiempo, pero ¿no estaba soñando en un sueño, no era acaso este otro tiempo? 

Entre todas estas calles, se respiraba el frescor de los árboles. Había un corredor verde que unía todos los rincones de la ciudad. Los paseantes se deslizaban bajo el frescor de las arboledas. Las bicicletas se podían alquilar en numerosos puntos de la ciudad baja para desplazarse como forma de turismo. Este corredor se unía finalmente con dos ríos que fusionaban la ciudad con la naturaleza. Entre ellos, recuerdo un parque habilitado como jardín botánico donde numerosas familias y curiosos se entregaban al verde del boj, a la fragancia de los almendros en flor y a la caricia de la brisa entre los almeces. Estos ríos eran, uno estrecho y azul, uno ancho y verde, bordeados por agradables paseos. Bajo las sombras de centenarios olmos leían los jóvenes, los amantes se entrelazaban con los ojos cerrados, el anciano paseaba, el pintor fruncía el ceño y el poeta suspiraba. Las familias comían alrededor de mesas de nogal y carteles indicativos presentaban a otros vecinos: el Martín pescador, la garza real, el cormorán y tantos otros pajarillos.

En aquel paseo, no recuerdo haber visto un coche. Sólo autobuses, unos más grandes, otros más pequeños para subir a lo alto de la ciudad antigua. También taxis, de eso sí me acuerdo, se veían bastantes taxis frecuentemente. En una conversación con un rostro que no recuerdo, aprendí que era muy sencillo llegar a aquella ciudad. Aunque me contaba que venía desde muy lejos, le encantaba venir por esa accesible facilidad para llegar estuvieras donde estuvieras. Además, todos los pueblos y ciudades cercanas tenían un amplio servicio de transporte público que permitían pasar el rato que quisieras en la ciudad. Parecía sentirse el centro del universo en aquellas calles aromatizadas de serenidad y luminosidad.

Luego en un instante largo o corto, como un remolino incesante estaba caminando en la parte alta de la ciudad. Ante la mirada de un rosetón de estilo gótico, me paré a conversar (o a mirar) a pintores que buscaban un instante eterno y a un saxofonista que se movía al compás de sus pinceles. En las callejuelas me perdí como quien se pierde en un sueño, ¿he dicho un sueño? En una de sus plazas, un teatro al aire libre hizo que me detuviera entre tanto laberinto. ¿Era Lorca, o era Lope? Quizás era Valle-Inclán. De repente, en unos bares sonaba una dulzaina con tonadas milenarias, un hombre recitaba unos versos y una mujer los cantaba. La luz era cortante, casi rayaba el suelo con su claridad.

Hasta que llegué al filo de un acantilado, y los paseantes transformaron en alas sus brazos. Me asomé y allá abajo los ríos parecían culebras de escalera que se movían y arrullaban como palomas de agua. Entre tanta cegante claridad, alcé la cabeza buscando un sonido que provenía de las alturas. ¡Cientos!, qué digo cientos, ¡miles de aves en forma de V llenaban el cielo tapando la luz del sol! ¿Eran grullas, o eran cigüeñas?¿Entraría la primavera? De tantos que había comenzó a oscurecerse… En un momento, comenzaron a dar círculos concéntricos descendentes, acercándose vertiginosamente hacia mí…¿eran buitres? Bajé la mirada y la ciudad no estaba. Sólo piedra y agua. Cerré los ojos. 

 

Soñando soñé que soñaba una ciudad.

Autor: Pablo Burgos Díez

Esta entrada tiene un comentario

  1. Luz

    Pues mira, yo casi veo así a nuestra ciudad. Pero en vez de esos siniestros pájaros veo patos que nadan por el Júcar y brotes verdes en los árboles, y lirios a orillas del Huecar…Sólo echo de menos más autobuses para subir al castillo sin fatiga y luego bajar andando.

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