Editorial: Las escaleras climáticas

En la Feria del Clima de Iniesta una imagen mostraba un ser humano sobre unas escaleras mecánicas. En el plano de fondo, se sucedían diferentes pisos: salas templadas y espaciosas, azoteas ventosas y gélidas, sótanos húmedos y patios cálidos con una sequedad cortante. Diferentes climas según la planta. Mientras, el ser humano, cabizbajo, iba enfrascado en su pantalla del móvil sin mostrar interés en el piso que se encontraba. Daba la sensación que el ser humano, considerada la especie más inteligente del planeta, estaba desligado de su entorno. Clima y escaleras mecánicas nos dicen mucho de Cuenca: de nuestro entorno y de nuestro futuro. 

Climáticamente, este año necesita pocas explicaciones científicas para su delicado estado. Primavera excesivamente seca. Tempraneros y recurrentes incendios. Ocaso del mayor humedal de Europa: Doñana. Aumento en las emisiones de gases invernadero. Guerras actuales, como la de Ucrania, para ganar posiciones geopolíticas que faciliten recursos naturales. Agotamiento de acuíferos como el de la Mancha Oriental. Crisis de piezas tecnológicas en una sociedad frenéticamente consumista. Incesante pérdida de biodiversidad. Mayor homogeneidad genética debido a los monocultivos ¿Seguimos?

Y ante este turbulento cambio climático en el que nos encontramos, no hay lugar más visible para observar los estragos inmemoriales del clima que en Cuenca. La roca caliza es el museo del tiempo y del clima.  Frágil ante al agua, y aún más ante la fuerza del ser humano, se abre internamente en cuevas, simas y galerías. En los parajes donde dinosaurios vivieron sobre manglares húmedos. En una tierra donde el paisaje nos habla de mares ancestrales que se elevaron y se transformaron en montañas. Una ciudad cincelada por inmemoriales vientos y el rumor del constante río. 

Pues nada. Ante tantas complicaciones medioambientales con sus consiguientes repercusiones sociales y a pesar de los “agujeros” urbanos en los últimos tiempos a causa de la sensibilidad de la roca caliza al agua, la idea sigue siendo un desembolso de casi diez millones de euros en seguir retando a la tierna roca. Una efeméride monstruosamente económica en una ciudad con una microscópica economía y tanta sed de futuro. El turismo es el “zoo del patrimonio”: Veni, vidi, echo la foto y me voy. Alimentar sólo este zoo es no querer comprender que Cuenca es una ciudad paisaje. Un lugar único en el mundo donde la roca y el agua son los verdaderos protagonistas. El resto, anécdotas temporales para dar sabor a la vida. Sin embargo, el Convenio entre el gobierno regional y local para mejorar el acceso al casco histórico de Cuenca es un derroche para “no querer ver” los tantos y tantos problemas importantes que requiere nuestra tierra hoy en día. Una pompa artificiosa para un parque de atracciones fuera de la realidad.  

La realidad se juega en la tierra y en el agua. Se juega en el campo. Se juega en el clima porque nos la jugamos como especie. La naturaleza necesita otra oportunidad si el ser humano quiere otra oportunidad.  Si no queremos un futuro “demasiado” incierto, la sociedad debe no volver a darle la espalda a la naturaleza. La Feria del Clima en Iniesta fue mirar los vertiginosos claros del futuro. 

Cuenca es un monumento natural y el turismo así debe saberlo. No necesitamos escaleras mecánicas, pero sí escaleras climáticas que nos ayuden a subir o bajar a un piso menos inseguro y precario. Sensibilidad, sostenibilidad y especialmente, mucha educación ambiental. Apostar por el incrementar el transporte público o acuerdos con grupos de taxistas para facilitar el acceso a la ciudad alta son ideas sencillas y eficaces. Hay más. ¿Qué ciudad y que futuro queremos dejar a las siguientes generaciones? Nos sobra inteligencia, nos falta sabiduría.

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