Editorial de Septiembre 2020: El rey de oros

Son tiempos de corona. Y es que, por una magistral unión de los astros, por una broma macabra del destino o porque el agua hace tiempo que colmaba el vaso, la palabra “corona” acapara las grandes portadas de los medios y las conversaciones de sobremesa. Nadie puede quedarse indiferente ante estos dos sucesos que han invadido nuestra cotidianeidad. Ambas coronas, invisibles para los ojos de la ciudadanía, han envenenado todos los estratos de la sociedad, sin importar género ni clase y, por tanto, hay que tomar todas las medidas de contención, abrir bien los ojos y no dejar escapar ningún detalle.

Ya hace seis años desde que Juan Carlos abdicó como jefe del estado en manos de su preparado, formal y honrado hijo Felipe. Su característica “campechanía” le había servido para ser amigo de sus propios enemigos y otorgar la continuidad de la casa de los Borbones a través de los vaivenes de la historia. Sin embargo, la espada de Damocles en forma de justicia ha decidido cernirse sobre los pulcros trajes del nuevo monarca y aromatizar con un sabor agridulce al ocaso de la vida de Juan Carlos. Parece ser que no habrá naranjas ni rosas, ni un horizonte limpio, ni la suerte del rayo verde en sus últimas páginas, al menos a lo que su imagen pública conlleva. Se esperan vientos de tormenta para desenredar aquello que estaba “bien atado”.

La trayectoria histórica de la monarquía puede visualizarse en las visitas de los monarcas a la ciudad de Cuenca. En la última, hace apenas dos meses, bien se podría haber dicho que, si no es por el despliegue de seguridad y control policial, era un gran grupo de tercera edad esperando el autobús del Imserso. Apenas decenas de jóvenes pudieron verse para esperar a Felipe de Borbón. Si fue a causa del coronavirus o de la “corona” virus, no lo sabemos. Pero nada comparable con aquellas multitudinarias visitas de 1977 y 2005 o incluso la famosa y teatrera luna de miel de los actuales jefes del estado en 2004 antes de poner rumbo a Fiji, California y México.

Estos hechos ejemplifican el significado y valoración popular que la monarquía ha ido tejiendo durante estos últimos cuarenta años. Sucesora por arte divino de una dictadura militar y consolidada firmemente como salvaguarda del (aún) oscuro golpe de estado de Tejero, siempre ha servido como símbolo de la patria española. La familia real ha sido representada por una sonrisa campesina, un porte ingenuo y unas respuestas inocentes, entonces ¡bajo qué mejor árbol podíamos refugiarnos! Sin embargo, en la sombra, un escudo hermético de las instituciones políticas los protegía de la ley.

El artículo 56.3 de la Constitución Española dice que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”. Tal como se interpreta y se aplica aquí, es un poso de una monarquía absolutista que no pasa el filtro de los derechos humanos y que choca frontalmente con el artículo 14 donde se declara que “los españoles son iguales ante la ley”. Maldita contradicción que ha permitido que para él, la ley pueda ser “violable” y el término “español” del artículo 14 no lo incluya. Y es que, durante la última década, los numerosos casos de blanqueo fiscal de entre familiares y amigos de Juan Carlos además de cuestionar su utilidad como herramienta política ha dejado a la monarquía bailando sobre la cuerda de un trapecista. La leña que ha avivado este esperpéntico fuego más que nunca han sido las últimas noticias sobre el AVE a la Meca y todo lo relacionado con el caso Corinna: su testaferro, su compañera de evasión fiscal y su pañuelo contra la soledad.

Así que, el jefe del estado Felipe de Borbón, está contra la espada y la pared. Por un lado, una sucesión incierta y novedosa con una adolescente que deberá ser reina de Facebook e Instagram antes que de las instituciones y, por otro lado, y más importante, lastrar con la imagen caricaturesca de su padre a donde quiera que vaya, intentando posicionarse lo más alejado de sus monarcas transacciones. ¡Ay Felipe, con lo campechano y trabajador que era tu padre, que encenagado ha dejado el huerto!¡Ya veremos la cosecha!

El crepúsculo de la luminosa vida de Juan Carlos viene cargado de tormenta y las nubes negras están tapando su postrero sol. Ese sol dorado levantado por el sudor de los trabajadores españoles que “Juanito”, alumno mimado de un dictador y repartidor de las cartas de un sistema podrido de corrupción, no dejó de llevarse a cuentas extranjeras mientras se reía de nosotros. Quizás nunca fue rey de los españoles, simplemente, el rey de oros.

Por tanto, los españoles deben asumir su papel de ciudadanos y tomar las responsabilidades sociales e individuales en la prevención de la pandemia, pero también, ejercer la soberanía nacional a la que tienen derecho y obligación, decidiendo cuál es el mejor sistema para que todos seamos verdaderamente iguales ante la ley. Son tiempos de incertidumbre sobre qué será del coronavirus y, ahora, qué será de la corona. Ojalá que acaben lo antes. Por la salud y el interés general del país.

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