Editorial de Agosto 2020: La migración

En los bares de los años 90 se escuchaba a un argentino cantar “No soy de aquí ni soy de allá”. Sencilla y directa manera de resumir una de nuestras principales características como especie. Fuimos, somos y seremos nómadas. No hay evidencia, patrón ni regla que nos confine, en nuestra efímera existencia, a un sitio para siempre. Desde el pequeño trozo de tierra donde pasamos nuestra infancia a los sueños más volátiles y etéreos que nos llevan a lugares inimaginables. El ser humano es de tantos lugares que no puede ser de ninguno. Pero, ¡maldita sea!, con lo fácil que es decir de dónde somos.

Resulta que el género Homo al que pertenece nuestra especie Homo sapiens posee una de las más trepidantes e infatigables historias evolutivas de cualquier especie animal. Y uno de los motivos esenciales son las migraciones. Durante cientos de miles de años, desde nuestros orígenes en los anchos valles del África oriental a los más remotos lugares del planeta, el género Homo ha ido siempre tras alimento y refugio en busca de una vida mejor. Siguiendo los movimientos estacionales de manadas de grandes herbívoros o huyendo de las condiciones climáticas adversas, nuestro instinto animal hizo desplazarnos por todos los lugares del planeta para poder sobrevivir como especie.

Tras la revolución neolítica, apenas 10.000 años atrás, la ganadería y la agricultura comenzaron a proporcionar un momento de estabilidad migratoria y nos convertimos sedentarios. Surgió el “sentimiento”, transmitido generación tras generación, del arraigo a la tierra. Sin embargo, las catástrofes climáticas y la competición por recursos traducidos en guerras siguieron moviendo el ser humano a diferentes lugares. Los ejemplos son interminables: el vaivén continuo de las antiguas civilizaciones, las violentas conquistas por parte de los imperios europeos durante los últimos quinientos años en América, África o Asia, el enorme número de irlandeses a Nueva York tras la gran hambruna del siglo XIX, el exilio masivo de españoles en 1939 tras la Guerra Civil Española, el desplazamiento de tailandeses tras las inundaciones en 2011, o los emigrantes sirios y afganos, ahora mismo, a consecuencia de las guerras de Oriente Medio. Pero también la curiosidad insaciable del ser humano, nos ha llevado a descubrir indómitos rincones en el planeta y a “conquistar” lugares inconcebibles como la Luna o, pronto, Marte.

Pero si hay que remarcar un ejemplo cercano y que nos representa a los conquenses, ese es el éxodo rural en los años 60 y 70, que tuvo un gélido impacto y que aún sigue haciendo mella en nuestra provincia. Aquella gente humilde de los pueblos, especialmente de la Serranía y la Alcarria, que tras siglos trabajando la tierra a fuerza de sudor, tuvieron que mudarse a capitales en busca de trabajo, refugio y comida, para colmo, ser llamados neciamente “paletos” o “paletas”. Madrid, Valencia, Barcelona o Cuenca fueron las páginas en blanco donde comenzar a escribir una nueva vida, dejando el pasado y el calor del hogar atrás. Todos seremos conquenses para siempre, y al mismo tiempo, jamás llegamos a serlo.

Entonces, si somos el resultado de una migración continua, ¿qué sentido tiene el racismo y el surgimiento de la extrema derecha xenófoba hoy en día? Sólo puede comprenderse por un interés económico e irracional. El egoísmo humano, con el dinero como arma y el capitalismo como su máxima expresión, nos ha envilecido tanto que hemos tenido que crear líneas en el suelo para odiarnos. Los poderosos siempre han jugado con el odio de los pobres para enriquecerse y así seguir haciendo más rico al rico, y más pobre al pobre. Por tanto, se trata de un racismo sinsentido y clasista, que ataca al exiliado o emigrante pobre vendido al destino, y defiende los intereses económicos de las grandes fortunas. Debemos luchar para que no haya fronteras, que no son más que líneas artificiales en mitad del campo, ni nombres de países que puedan oscurecer nuestros sentimientos más hermosos, auténticos e intrínsecos de la especie humana, y considerar todas las culturas, lenguajes y tradiciones al mismo nivel que las nuestras.

Somos nómadas. Como las golondrinas, como las mariposas monarca, como las manadas de cebras o como un ligero vilano de un diente de león. Somos animales ligeros y móviles buscando incesantemente unas mejores condiciones de vida. Caminamos con los mismos miedos y sueños, bajo las mismas estrellas y el mismo sol. Por tanto, amémonos como especie, respetémonos como hermanos y olvidemos el país del carnet de identidad. Porque continuando los versos de la canción de Facundo Cabral: “Ser feliz es mi color de identidad”. Y la felicidad es un derecho universal.

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