Editorial Abril 2021: Nos queda la memoria

El recuerdo: ese dulce dolor que pellizca cariñosamente los nervios del alma. Su efecto, siempre vertiginoso, suele ser un trago agridulce que reúne gozo y tristeza. Porque recordar asusta, pero más terrible aún es no recordar. El ser humano, como especie, junto a la infrecuente razón ha esculpido su saber a través del recuerdo y la memoria. Son ellos cimientos de la siempre aclamada experiencia y al final, tanto su vida personal como su historia conjunta es una condensación instantánea de ambos.

Sin embargo, la historia, que al estudiarla no debiera ser más que un ejercicio de memoria, resulta ser una paradoja ya que prefiere el olvido. La historia es una memoria selectiva donde la omisión, modificación o mitificación de ciertos acontecimientos juega un papel fundamental. Y eso, curiosamente, es lo que ha pasado en nuestro país en los últimos ochenta años. Un país con una monarquía constitucional heredada de un golpe militar, bendecida por los altares divinos, blindada por los partidos tradicionales y condecorada un 23 de febrero de 1981. Y como si debiera ser así. Somos testigos vivos del ataque a la memoria. 

Por tanto, parece ser que aquello de que los vencedores escriben la historia, tiene su vivo y claro ejemplo en nuestra tierra. Aquel verano de 1936, que cambió el rumbo de un país y de su historia, ha intentado quedar como un tema tabú. Mal estudiado en los centros educativos, poco firme en las conversaciones de bar y desterrado de los asuntos políticos hasta hace muy pocos años. Hemos tenido que esperar casi ochenta años para poder hablar de la Memoria Histórica sin pelos en la lengua. ¡Y qué vamos a decir de que un dictador haya vivido en un mausoleo hasta hace menos de dos años! Vivir para creer.

Aquel episodio negro y fatídico fue financiado por empresas y políticos fascistas que, viendo el ascenso de una conciencia trabajadora y de clase, vieron peligrar sus tradicionales privilegios y no dudaron en usar la violencia en su mayor extremo. La autoridad fue la justicia, “la letra con sangre entra” fueron los libros y la iglesia fue la biblioteca. España perdió, a consecuencia del golpe militar y su interminable guerra, una de las generaciones más prodigiosas de su historia. Una época de oro para la cultura que se iba abriendo hueco en el panorama internacional. Antonio Machado, Luis Cernuda, Rosa Chacel, León Felipe fueron algunos de los nombres que dejaron su país atrás, muchos para siempre, y a los que nunca nuestra tierra ha sabido agradecerles ni situarlos al nivel que se merecen. Tratar el exilio tras la guerra, tanto interior como exterior, merecería un extenso espacio aparte.

Entonces, ¿cómo es posible seguir escuchando que hablar del pasado es abrir heridas? ¿Qué quiere decir “abrir heridas” si nunca se cerraron? ¿Cómo construir un futuro si no entendemos nuestro pasado? Recordar es necesario para entendernos a nosotros mismos y entender el mundo que nos rodea. En términos democráticos, España es republicana. España sigue siendo republicana desde 1931. Habrá un señor, hijo de un perseguido por Hacienda, que por ciencia divina se haga llamar rey. Pero las aceras son republicanas. Porque podrán salir los tanques de la ignorancia, podrán descolgar banderas para poner otras, podrán sembrar odio y violencia, pero nunca se podrá silenciar a la memoria. 

Para que nos pellizque el alma, estos versos del poema Un español habla de su tierra de Luis Cernuda, también cantados por Paco Ibáñez, muestran ese destierro feroz, esa aniquilación de la cultura y ese momento histórico que, al no querer ser recordado, sigue vivo entre nosotros:

Ellos, los vencedores 

Caínes sempiternos, 

de todo me arrancaron. 

Me dejan el destierro. 

 

Contigo solo estaba, 

en ti sola creyendo; 

pensar tu nombre ahora, 

envenena mis sueños. 

 

Amargos son los días 

de la vida, viviendo. 

Sólo una larga espera, 

A fuerza de recuerdos.

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