Contar para poder cantar

“Cantan, cantan. ¿Dónde cantan los pájaros que cantan?” El otoño empieza a abrir sus alas grisáceas, a hacer llorar al cielo y a desnudar los, un día, verdes vestidos de los árboles. Y los pájaros, risueños semanas atrás, han vuelto a enmudecer.

Cantaban en las ramas de los sauces junto a la ribera. Entre los campos de cereales y entre las amapolas. Escondidos en los zarzales, escaramujos y majuelos mientras miraban los caminos polvorientos. Las nubes soleadas se pintaban de trinos y gorjeos.

Cantaban en los históricos edificios de nuestras ciudades. Sobre los extravagantes cables, sobre las tejas de arcilla, sobre las herrumbrosas rejas, ajenos a las religiosas rutinas de sus habitantes. Entre las viejas piedras de los caserones y en lo alto del campanario de la iglesia. Al atardecer, cuando los bares bebían de vida, ellos eternizaban el tiempo al llenar el aire de música.

Cantaban en las calles de los viejos pueblos de nuestra provincia. Calles silenciosas durante todo el año que ahora parecían aletear de vida. En los abandonados corrales, entre las hiedras que cubren las tapias derruidas e incluso dentro de casas que ya no acogen a nadie.  Sus notas que parecían sonar a requiems, eran aún relámpagos de esperanza. 

Y en sus melodías ancestrales siempre cantaban a un futuro incierto. Piezas musicales que invitaban a la inspiración. Arte natural sin trampa ni cartón. En cualquier lugar, endulzaban nuestros oídos para recordarnos que sólo la cultura puede salvarnos.  

Sin embargo, en esta tarde otoñal sólo se escucha el crujido de las nubes, el silencio sepulcral de los pueblos y en las ciudades, ruidos junto a los suspiros tristes de los paseantes. “Hoy yo ya no sé dónde cantan los pájaros, (y cantan, cantan) los pájaros que cantan”. Pero todo pasa y todo queda. Y un día, el otoño parirá un invierno que morirá a los pies de los nuevos verdes vestidos de los árboles. Que agonizará en los verdes prados de margaritas. Que enmudecerá en los trinos de los pájaros. Una mañana dulce y luminosa la primavera colgará de los balcones de nuestras calles y de las pestañas relampagueantes de los y las conquenses. 

Y así vuelven Los Ojos del Júcar a sus andanzas. Pájaros viejos que antes de poder cantar, nos enseñaron a contar. Contar sobre nuestro patrimonio, naturaleza, arte, nuestros pueblos y nuestras gentes. Los Ojos del Júcar vuelve con más ganas que nunca, como referente de la cultura y el futuro conquense. Con una actitud inconformista, crítica, reflexiva y positiva. Ya no sólo somos una revista, que se convierte en trimestral, sino que nos convertimos en un espacio de encuentro, creación y discusión para la provincia de Cuenca. También un medio y herramienta digital donde, teniendo la cultura como elemento activo y no contemplativo, traemos una nueva página web, un podcast sobre la despoblación y su lucha, nuevas secciones, mayor tejido asociativo y sobre todo, muchas ganas y mucha ilusión.

Los Ojos del Júcar vuelve para contar. Quizás, así, como los pájaros en primavera también volveremos a cantar. A fin de cuentas, de eso trata, contar para poder cantar.

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