Editorial febrero 2021: Virosfera

El recuerdo, el amor, la esperanza, la melancolía o la admiración: los sentimientos intangibles que envuelven nuestras vidas. También, aunque más ajenos, moléculas, gases, luces infrarrojas, ultravioletas, ondas magnéticas o sonoras empapan imperceptible pero constantemente nuestra piel. Lo invisible es tan real como el paseo de tus ojos entre estas letras que estás leyendo. Y lo mismo ocurre con unos microorganismos, que superan nuestra imaginación, llamados bacterias y virus. 

Desde los albores de la humanidad, nombres como tuberculosis, viruela, rabia, peste o lepra han acompañado a las vicisitudes del ser humano. Otros como el VIH, ébola, gripe aviar o la gripe porcina son mucho más modernos. Y otro, qué diríamos que no sepáis. Todas estas enfermedades infecciosas son el rostro visible de bacterias y virus. Pero, si la mayoría de enfermedades se conocen desde hace miles de años, ¿a qué se debe este aumento, sin registro previo, de nuevas enfermedades, especialmente de virus, en las últimas décadas?

En primer lugar, el ser humano ha roto el lazo con la naturaleza. La explosión demográfica desde la revolución industrial exige una inmensa cantidad de recursos, y las actividades antropogénicas utilizadas para ello están provocando la desintegración de los ecosistemas naturales a una velocidad vertiginosa. La tala desmedida de los bosques tropicales, la agricultura intensiva de monocultivos, la ganadería hormonada en macrogranjas, el uso de pesticidas y fertilizantes o la urbanización descontrolada son algunos de los ejemplos que explican el modus vivendi de nuestra especie para “sobrevivir” en un mundo cada vez menos habitable.

Por otro lado, aunque el avance científico es enorme, nuestro conocimiento sobre la diversidad natural sigue siendo escaso. Cada año se descubren especies nuevas, pero poco seguimos sabiendo sobre los organismos microscópicos como bacterias y virus. Cierto que conocemos su estructura y su modo de vida, pero no su diversidad. Para hacernos una idea, en un gramo de tierra puede haber 40 millones de bacterias y sólo en un milímetro cúbico de saliva de nuestra boca 100 millones. Y no nos pongamos a imaginar la cantidad de virus porque sería desorbitante. Son considerados las entidades más abundantes en el planeta con diferencia y algunos científicos, por su ubicuidad e importancia, denominan a su conjunto como virosfera.

Estos dos factores, destrucción y desconocimiento, junto a un mundo globalizado e interconectado han provocado consecuencias que ya empiezan a ser familiares: enfermedades a escala mundial o pandemias. La destrucción de los ecosistemas naturales sin conocimiento suficiente del mismo libera una cantidad de virus que se pelean por encontrar un refugio donde esconderse. Porque debemos recordar que los virus no se reproducen sino que necesitan una célula huésped de otro ser vivo para replicarse con una tasa de mutación en algunos casos muy alta. La desintegración de sus hábitats naturales fuerza a estos virus a “colonizar” nuevos organismos o vehículos que en numerosos casos son animales. Ejemplo de ello son el ébola, gripe aviar, gripe porcina o la Covid – 19 que han alcanzado a los humanos. Se trata de uno de los muchos avisos que la naturaleza nos está gritando a causa de la sobrepoblación y nuestro modo de vida. Numerosos científicos ya habían alertado que una pandemia era casi inevitable.

Por lo tanto, vivimos rodeados en medio de un mundo invisible: sentimientos, fuerzas físicas, sustancias químicas o microorganismos. Porque a fin de cuentas para la naturaleza, la vida es como el atardecer: un proceso cotidiano pero milagroso. Y, aunque somos una especie más, los seres humanos hemos llegado a creernos el centro del universo. Las nerviosas estrellas, plantas, animales y el calor del sol parecen ser un decorado minuciosamente exquisito para nuestro gozo y disfrute. Seguiremos empeñados en ser los dueños del mundo, querer buscar la fuente de la felicidad y no dejar de mirarnos el ombligo, pero hasta que no seamos conscientes de que compartimos nuestra casa con millones de especies más, eso será imposible. No hay virus más dañino y contagioso en el planeta tierra que la arrogancia y la irracionalidad humana. Es el momento de darle el testigo a la ciencia, más que nunca. Aún estamos a tiempo de reintegrar los ecosistemas naturales, aprender de la naturaleza e investigar sobre todas aquellas especies y organismos que aún no conocemos. En caso contrario, habrá más pandemias y será nuestra condena como especie. El Sol, las estrellas, los pájaros, mosquitos, bacterias y virus pervivirán.  Entonces lo invisible seremos nosotros.

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