Editorial de Enero 2021: ¿Un eterno presente?

– ¡Vivir en un presente eterno! – El ser humano se ha dejado la piel, las piernas, la mollera y la misma vida por esta máxima. Ha cabalgado a través del espacio y el tiempo en busca de la fuente de la juventud y la piedra filosofal, y resulta que al final ya la hemos encontrado. Se llaman redes sociales (RRSS). Sería el hallazgo más colosal e importante de la historia de la humanidad sino fuera porque este “presente eterno” sólo es un escaparate que nos está dejando “aturdidos”. Completamente aturdidos. Se trata de un nuevo medicamento sin receta y con mucha letra pequeña e ininteligible. Su tratamiento es automático y sus efectos: olvido exprés, envidia enmascarada y placer ininterrumpido.

Además, es que resulta que todo tiene sentido. Todo tiene lógica. Parece como si todo hubiera sido así durante toda la vida, sin prestar atención al detalle de que todas las RRSS no tienen más de dos décadas de vida, y alguna como Instagram o Tinder apenas una. Y, sin embargo, ¿quién se atreve a juzgarlos hoy en día en una amistosa conversación? ¿Quién se atreve a derribar estos templos narcisistas llenos de patrones inmaculados y platónicos donde no hay pie al más mínimo error? ¿Cómo explicar que aún existe el color real de las imágenes, las sonrisas imperfectas, las carcajadas espontáneas y el aroma de un beso? ¡Ay! Con lo bien que está que nos den todo hecho.

Muy lejanas y nebulosas quedan las historias, cuentos y leyendas contadas parsimoniosamente alrededor de la lumbre. Hoy, a través de las RRSS sólo interesa mostrar el “eterno” instante. El yugo del capitalismo que mercantiliza todo a velocidades desbordantes y que convierte en producto las noticias, el sexo, el deporte e incluso las emociones no nos está dejando tiempo a pararnos a reflexionar. Ahora mismo, millones de dedos se resbalan inconscientemente sobre los eslóganes llamativos de Twitter. Pocos elegirán profundizar en la noticia. En este mismo momento, Facebook conoce más de nosotros que nuestra pareja, nuestros padres o nuestro mejor amigo. ¿Sabrá acaso más de nosotros que nosotros mismos?

La digitalización está siendo fugaz e inapreciable al sentido humano. Sus ventajas y oportunidades como herramienta tecnológica son incuestionables. Hoy en día, se puede mantener una amistad o una conversación sin que las altas montañas o los inabarcables océanos se interpongan. El acceso a la cultura nunca había sido tan sencillo: conocer cómo es el modo de vida de un monje tibetano o descubrir las peculiaridades de la sabina albar solo requieren un gesto de tu mano. Y, además, la digitalización y las RRSS han demostrado ser una herramienta muy útil en estos tiempos de pandemia: ¿Cuántas personas no habrán paliado su soledad charlando por Skype o Whatsapp en las silenciosas noches de confinamiento? ¿Cuántas abuelas, padres o tíos habrán conocido a sus jovencísimos nuevos parientes cuando las entradas a los hospitales estaban prohibidas?

Sin embargo, sus peligros son vertiginosos. Probablemente, el 90% de las veces que usamos el teléfono móvil son para cuestiones insignificantes y en bastantes ocasiones por un reflejo nervioso involuntario. ¡Y eso empieza a asustar! José Luis Cuerda comentaba en una entrevista que hoy en día todo es “apariencia”, “impacto” y “repetición”. Tres armas silenciosas, peligrosas y cotidianas que nos quiebran el cuello por mirar el móvil y nos enrojecen los ojos frente al ordenador.  Especialmente para aquellos más jóvenes. Trastornos de autoestima, pérdida de confianza, envidia inconcebible y, a fin de cuentas, desajustes incesantes e incontrolados de serotonina. El proceso de saturación de información conduce a una aturdida desinformación. La curiosidad se vuelve un caballo desbocado entre títulos exagerados e imágenes morbosas.

Por todo ello, para crear una sociedad saludable y feliz, sería importante quizás implantar este tópico tan cotidiano en el sistema educativo. Es necesario que esto llegue a las aulas para enseñar y concienciar a las nuevas generaciones sobre el buen y mal uso de las plataformas digitales y redes sociales. La educación es el motor de la sociedad.

Querámoslo o no, de modo consciente o inconsciente, estamos cambiando nuestra forma anímica de mirar las imágenes y nuestro entorno. Y hay que admitirlo. ¿Qué sería de nosotros, Los Ojos del Júcar, sin las RRSS? Somos afortunados de tener la posibilidad de luchar por nuestra tierra a través de la palabra y su difusión a través de Facebook e Instagram. Pero no podemos olvidar que el mundo real está encima de ese dispositivo electrónico. Contemplemos la belleza de los colores a nuestro alrededor. Observa, escucha, huele, acaricia y saborea. El presente no es eterno y por eso hay que vivirlo. Esa es la realidad.

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