Diana en Segóbriga

Imagen de cabecera: Grabado del sacelio de Diana en Segóbriga, por Pelayo Quintero (1913)

En las inmediaciones de Segóbriga, existe un delubro o santuario consagrado a la diosa Diana labrado sobre la roca entre los siglos I y II d. C. Es posible que el grupo de relieves formara parte de un conjunto mayor, tal como un bosque sagrado o lucus. Pese al deterioro, la bibliografía sobre el tema es extensa. Por ello, este artículo no se centra únicamente en las características técnicas del sacelio1, sino que se usa como trampolín para desarrollar el culto y los atributos de la divinidad, estadísticamente la más venerada del panteón romano en Hispania según los datos epigráficos.

Escondido en el robledal que amuralla Cabezo de Griego hay un farallón calizo sobre el que se tallaron una serie de paneles tocados con sus respectivos frontones, y se acompañaron con el mismo número de inscripciones votivas que el tiempo, con la ayuda de algún insolente, borró. El cortado rocoso se dedicó, a principios de nuestra era, a la ecuménica diosa Diana. No es –ni fue-, para tristeza de un observador superfluo, monumental si se compara con el templo efesio dedicado a su alter ego griego. Pero es mucho más cercano a la sencillez y la pureza natural de la realidad que ella representa.

Diana, nacida en la isla de Delos, melliza de Apolo, no quiso que ninguna ciudad le fuera consagrada, afirmando que toda la indómita naturaleza sería su hogar. Ante tan sincera prueba de humildad, Júpiter le dedicó no una, sino treinta ciudades. Entre ellas Mileto, cuna de Tales e Hipódamo, quienes entendieron la perfección de la naturaleza de Diana, y de ella extrajeron la ciencia de las matemáticas y del planeamiento urbano, entregando al resto de los mortales impagables regalos. También le otorgó su padre la compañía de veinte Náyades con quienes, a orillas del Cigüela, jugaría a esconder los reflejos de sus mojados cabellos en las noches claras. ¿Encontraría la muerte en esa ribera el cazador Acteón tras observar su desnudez?

Ésta –Diana-, para que Acteón no pudiera contarlo, lo convirtió en ciervo.

Y así, bajo la forma de un ciervo, fue devorado por sus propios perros2.

La suerte de Acteón, que tantos lienzos llenó en el Renacimiento, sirve de epítome para representar la virginidad perpetua de la diosa. Siempre negó con frialdad estoica el hedonismo, despreciando el roce de otras pieles sin diferenciar entre seres caducos e inmortales: el único placer del que disfrutaba era pasear bajo la Luna argéntea oteando las piaras de jabalíes y las manadas de ciervos.

La muerte de Acteón, Tiziano (1559 - 1575)

Como diosa de la Luna –Selene en griego-, hay, entre Diana y Segóbriga, una de esas maravillosas coincidencias que nos dejan la historia y la lengua. Era el motor de la economía de esta región la selenita3, que proviene del griego sêlenitês4, y que, si no fuera porque la acuñación del término geológico es muy posterior, hay quien llegaría a la increíble conclusión de que Diana fue tan venerada en la ciudad por su relación con el mineral de yeso que tantos beneficios le aportó.

Numen de la caza, siempre armada con un arco de plata y flechas en el carcaj, caminaba entre el follaje tratando de ahogar el crepitar de las hojas muertas del otoño.  Aparece, en los nichos, representada con los tres sabuesos que, según contaban las antiguas y profundas leyendas como las raíces de las hayas, le fueron regalados por Fauno. Dos de ellos abigarrados, el otro moteado. Los tres con las orejas gachas, pero con la fuerza y el ímpetu suficiente para arrastrar leones hasta sus perreras.

Diana, benefactora de la pureza e inocencia de las niñas y niños, quienes, ignorando el favor de su égida, corretearían traviesos entre los añejos árboles que rodeaban el santuario. Pero, tras sus juegos, y animados por sus padres, ofrecerían a la diosa juguetes a modo de exvotos. Pueriles manufacturas de hueso, de asta o de madera, junto con adultos sacrificios de animales, contentarían a la etérea divinidad, que aceptaba los deseos protectores de los progenitores cuando sus plegarias se alzaban al cielo con el humo de las plantas aromáticas que ardían en un timiaterio5.

Rebasando los límites del dios Término, guardaba de peligros a comerciantes y viajeros que abandonaban las empedradas calzadas y se internaban en embarrados caminos. No es casualidad que el santuario fuera tallado al borde de la vía que unía la ciudad de los segobrigenses con Cartago Nova.  Igual que padres e hijos, los comerciantes que llegaban en la calígine de la noche, por fin, al seguro puerto, quemarían en honor a la diosa unos fragantes granos de pimienta nacida más allá del río Indo.

Pero cuando llegaba la Luna llena de agosto y se celebraban en su honor las Nemoralias –o fiestas del bosque-, ya no era la luz blanca la que iluminaba los claros, sino una roja procesión de antorchas proveniente de la ciudad. Aquel día se prohibía la caza, cediendo las presas a su dueña, y canéforas con el pelo cubierto de flores rendían pleitesía a la diosa ofreciendo los frutos veraniegos que los frutales habían entregado.  La floresta sagrada de Diana sería entonces, entre risas y cantos, el escenario de unas fiestas tan antiguas como la propia naturaleza donde se diluía la presencia religiosa de la diosa, y afloraban sentimientos cuyas raíces bebían de creencias y deidades ancestrales.

Delubro de Diana. Fuente: Vázquez Hoys

De aquellas fiestas ya nada queda. Ya no se honra la tierra virgen en los collados que rodean Segóbriga, ni se practica el respeto por las fieras salvajes que guardaban su jauría. Se perdió con el paso del tiempo y la llegada de otras divinidades menos terrenales, y cuya altiva presencia modificó la conciencia natural del ser humano. Solo queda la soledad del monumento abandonado porque ya no hay quien entienda el valor simbólico de lo que un día representó. Ahora todo su interés yace en la belleza que en él pueda encontrar un superficial turista o el ojo más o menos afinado de un investigador.

Ahora ya nada importan los bosques, ya no son sagrados. Ni los animales, pues ahora, sus cabezas, a modo de trofeo, cuelgan en salones, traicionados por aquellos que debieran cuidarlos. 

Bibliografía

ALMAGRO BASCH M. (1976). El “delubro” o “Sacellum” de Diana en Segóbriga, Saelices (Cuenca) Rev. Arch. Bibl. MUÍ. Madrid, LXXIX, n.» 1, en. – mar. 1976 (pp. 187-214).

COTTERELL A. (1971). Mitos. Diccionario de Mitología Universal, Ariel.

GRAVES R. (1981). Los Mitos Griegos, Ariel.

HIGINO. Fábulas, Biblioteca Clásica de Gredos.

RODRÍGUEZ MALDONADO, M. A. (2014). Imagen de Ártemis en el Himno III de Calímaco. Nova tellus, 31(2), 159-184. Recuperado en 16 de diciembre de 2020, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-30582014000100159&lng=es&tlng=es.

VÁZQUEZ HOYS, A. M. (2017). Diana en la religiosidad hispanorromana. II (Diana de Segóbriga). UNED.

http://www.maicar.com/GML/Artemis.html

1 Pequeña sala, a modo de capilla, en la que se practicaba el culto a uno o varios dioses.

2 Higino, Fábulas, CLXXXI.

3 Lapis specularis.

4 Relativo o perteneciente a la Luna (Fuente: http://etimologias.dechile.net/?selenita)

5 Incensario.

Deja una respuesta