Té de risca (Jasonia glutinosa) [1]

El té de risca no es un té. Pero es el “té” por antonomasia de muchos pueblos de la mitad oriental de la Península Ibérica.

La palabra “té” y el té verdadero (Camellia sinensis) proceden de China. Nada que ver con el nuestro. Cuando los holandeses lo introducen en Europa en el siglo XVII y los ingleses hacen de él un uso frecuente y un negocio imperial, en Cuenca ni nos enteramos. Castilla tiene ya el chocolate, que entonces era sólo una bebida, y hasta el siglo XIX no se empezará a hacer un uso corriente del té asiático entre nuestras clases altas y burguesas. Probablemente es entonces cuando el término té se generaliza y aquí, donde le cuesta llegar al auténtico, se hace sinónimo de cualquier infusión de hierbas. No hay datos anteriores a ese siglo sobre el té de risca, pero probablemente su uso en los pueblos donde se criaba fuera ya muy anterior.

Si el té de China ha provocado guerras e invasiones, el de risca tiene su pequeña historia también tejida de conquista y sufrimiento. Es tal el afán con que muchos lo buscan que arriesgan su vida para alcanzar los mejores brotes en paredes inaccesibles. En Villel (Teruel) conocí el testimonio de un accidente mortal en los empiringotadas y hermosas peñas rojas junto al pueblo. Y Rufino, el alcalde de Henarejos, me dejó sobrecogido, al narrarme, con detalles, bajo el mismo risco donde había tenido lugar, el suceso fatal de otro buscador despeñado. Y es que el té de risca, denominación conquense, tiene un prestigio que levanta pasiones, sobre todo en los territorios del antiguo reino de Aragón donde se le denomina así, té de Aragón o de roca. 

En Cuenca tenemos tres tés: el té de rio, el té de “prao” y el que nos ocupa. Los dos primeros están asociados al agua. El de río (Mentha aquatica) se cría en las riberas de nuestros cauces de agua continua y necesita tener siempre los pies mojados. El de “prao” o poleo (Mentha pulegioides) nace y crece en los prados encharcados durante el invierno y primavera, pero para madurar necesita que se vaya desecando el terreno a lo largo de junio. El de risca les lleva la contraria: No puede ver el agua ni en pintura. Es más… es de las heroicas hierbas que pueblan uno de los hábitat más inhóspitos y extremos: sabido es que las plantas necesitan agua y tierra, pues bien, una pared o superficie mineral soleada, de pura y dura roca caliza, sin tierra y sin agua, es su hogar.  No es planta que la riegue la lluvia, sino que la asperge. Si se cultivara no le harían falta acequias sino hisopos.

Aprovecha las grietas, los pequeños peldaños, agujeros o protuberancias de la roca donde el viento y el agua hayan dejado retenida una pequeña cantidad de polvo o tierra para que la semilla arraigue y pueda establecerse el rizoma, a veces endurecido y rugoso como la misma piedra de la que es difícil distinguirlo. Una vez que arraigue y entallezca retendrá más polvo y más tierra y su rizoma hará el agujero o la grieta más grande. Sus finas raicillas traspasarán los riscos y por las fisuras recorrerán largas distancias para colonizar nuevo espacio pétreo.

Del rizoma pegado a la roca surgen cada año los tallos. Cada tallo, de medio palmo a palmo y medio, está poblado por pequeñas hojas ovaladas, pequeñas y recias, puntiagudas, ligeramente retorcidas, sin rabillos (sésiles), alternas en todas direcciones. Y en su extremo: la flor o flores porque puede haber una o varias. Lo que vemos como flores no son tales, sino un montón de ellas, de ahí lo de compuestas, formando una cabezuela (capítulo). A mí me recuerda a un pequeño capitel oriental o a una vasija antigua donde se contiene la apretada multitud de florecillas cilíndricas.

Si lo descomponemos, se disgrega en largos y finos tubillos amarillos (la corola) rodeados en su base por pelillos blancos más largos aún. Esos pelillos son imprescindibles en la diseminación de las semillas. Permiten que éstas vuelen y recorran largas distancias hasta encontrar un lugar idóneo, siempre difícil, dónde germinar. Muchas especies de esta familia botánica utilizan este truco para diseminarse. En Cuenca lo llamamos remolín y en los libros vilano. El remolín más llamativo y conocido es el de su pariente el diente de león (Taraxacum sp) que en verano nos sigue y persigue por los aires como una estrellita peluda.

Necesitamos una lupa o aumentar la foto en el ordenador para poder conocer algunos detalles interesantes: cómo son las minúsculas flores o cómo toda la planta está poblada de diferentes tipos de pelos, unos largos y otros muy cortos con glándulas como brillantes gotillas pegajosas o resinosas que le dan el apellido (glutinosa).

Cuando la planta ha fructificado, la cabezuela se abre hasta el máximo para que las semillas con sus vilanos voladores queden liberadas. Entonces vemos que este vaso de la cabezuela estaba formado por hojillas (brácteas) apretadas entre sí y que ahora se han separado.

Flor del té de risca

Si quieres intimar con esta hierba, coge con las dos manos un manojo de tallos. Apriétalos con delicadeza, restriega los dedos entre ellos, impregnándolos de sus jugos glutinosos, introduce las napias entre las cabezuelas de las flores y aspira profundamente. Es muy probable que el olor áspero y agudo, enervante, te haga estornudar y te deje la pituitaria impregnada de aroma para media mañana. Vas a sentir la necesidad de lavarte las manos en algún sitio para que no se te vayan pegando los dedos por todas partes. ¡Pero jamás vas a olvidar cómo es el té de risca! Considéralo un truco nemotécnico y una experiencia sensorial. Conforme va madurando y el estío agudiza los calores va perdiendo parte de su pegamento y de su recio efluvio.

Nunca se arranca una planta y menos una como ésta que ha tardado muchos años en ser lo que es, y que tiene el alma   y la supervivencia en el viejo rizoma pegado o incrustado en la peña. Las plantas son seres vivos llenos de sensibilidad (a la luz, al agua, a los minerales, al tacto, y quién sabe a qué más). Hay que procurar tratarlas con el respeto adecuado para su conservación y buen estado. Pero se les puede “achuchar cariñosamente” sin dañarlas o tomar las partes de ellas que necesitemos y que la madre naturaleza nos regala.

Se bebe en infusión como digestivo tras las comidas y también en reuniones sociales. Con medio tallo, cogido con lo capullos cerrados, es suficiente para una taza. Si lo recolectamos con los capullos abiertos rápidamente madurará él solo, aunque esté cortado, y la cabezuela floral se trasformará en una bola de remolines que se nos escaparán volando. Los usos medicinales al parecer los tiene asociados a esos procesos metabólicos y a otros menos conocidos como el de combatir la tos y los catarros, la halitosis, y hasta la depresión.

Té de risca

Pocos pueblos pueden disfrutar de nuestro té de risca. Es un endemismo ibérico. Nadie, salvo la mitad oriental y calcárea de la península, zonas aledañas de Francia y Marruecos y alguna isla mediterránea próxima, lo conoce. Pero aquí en Cuenca abunda.

La familia de las compuestas o asteráceas [2] es una de las más extensas del mundo. Habita en todos los continentes y latitudes del planeta y aguanta todos los climas. La mayoría son herbáceas y rara vez se presentan como arbustos, árboles o trepadoras. Nos ofrece especies comestibles, ornamentales o medicinales. Entre otras, las margaritas y manzanillas, cardos, alcachofas o cártamos, crisantemos o dalias. El girasol, tan importante en la agricultura actual conquense, es una compuesta.  Todas ellas gozan de llamativas inflorescencias.

BIBLIOGRAFÍA

  • Plantas medicinales españolas. Luz María muñoz Centeno. Acta Botanica Malacitana 28. 2003. Pp 221-227.
  • Inventario español de los conocimientos tradicionales relativos a la biodiversidad. MITECO (Ministerio de la Transición ecológica y el reto demográfico). VVAA. Madrid, 2014.
  • Etnobotánica de la Serranía de Cuenca. VVAA.
  • Flora Ibérica, vol. XVI (III). Compositae (partim). Real Jardín Botánico CSIC. Madrid 2019.
  • Plantas medicinales (El Dioscórides renovado). Pio Font Quer. Editorial Labor,S.A.  1985.
  • Botánica pintoresca.  Pio Font Quer. Ediciones Península, Barcelona, 2003.
  • Diccionario de botánica. Pio Font Quer, Editorial Labor, S.A. Barcelona 1989.

[1] También Chilidianus glutinosus según otros autores. Observa qué importante es el apellido glutinosa o glutinosus al que todos se acogen. Alude a la característica más llamativa de esta especie: su viscosidad.

[2] Compuestas (Compositae), debido a que lo que parece una sola flor no lo es, sino que está “compuesta” por muchas de ellas, a veces medio escondidas, a veces sobresaliendo llamativamente. Los capítulos o cabezuelas son muy variados según las especies, todos ellos en forma de vasija: platos, cráteras, copas, ánforas, frecuentemente adornados con hojas de otro color que la rodean (lígulas), con espinas, pelos, ramificaciones. Al fin y al cabo la cabezuela es eso: un jarroncillo de flores. Asterácea responde al término aster, estrella en latín, porque muchas de ellas parecen estrellas como el girasol o la margarita. Esto se explica porque las flores del borde del capítulo tienen una hoja grande del mismo o diferente color (lígulas) que contornea todo el circulo y le da aspecto estrellado 

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Soledad Blume

    Magnifico artículo.
    Considerar a las plantas seres llenos de sensibilidad, me ha sorprendido gratamente.
    Los datos que aporta, son los justos para no agobiar al poco iniciado.
    Enhorabuena!

  2. Isidoro Ortega Rubio

    No pensaba, que las Dalias podrían ayudar a la lucha contra la diabetes y la obesidad, lo tendré en cuenta.
    Muchas gracias por este articulo tan interesante, soy un fiel seguidor suyo. Un abrazo.

  3. BIS

    Yo recolectaba el té de risca para venderlo en una pequeña empresa familiar que había en mi pueblo. Y lo de los peligros que había en los precipicios calcáreos en donde la cogíamos es más que evidente.

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