La sabina albar (Juniperus thurifera)

“SABINA. Mata conocida y árbol muy familiar en esta tierra de Cuenca, de muy suave olor, y su materia casi incorruptible, latine sabina, ae, herba est duorum generum quarum altera cupresi, altera tamaricis folia refert” 1

El árbol simbolizaba en muchas culturas antiguas el eje del mundo. Unía los infiernos subterráneos, la tierra y los cielos. A sus raíces se asociaban serpientes y dragones, a su tronco leones y osos, a su copa el águila y otras aves.  Los celtas sacralizaron al roble, en la India a la higuera, los escandinavos al fresno.  La sabina albar, la reina de las sabinas, tiene méritos para haber sido el tótem de los celtíberos, sobre cuya tierra, que ahora habitamos nosotros, aún se conservan los más extensos sabinares de la península, asociados a su cultura ganadera. Habita sobre todo las secas y frías serranías y parameras de Soria, Teruel, Guadalajara y Cuenca donde cría un pasto jugoso en terrenos frecuentemente inhóspitos.  Entre los mejores sabinares están los conquenses de los Palancares y Tierra Muerta y el de la Dehesa de Campillos Sierra.

Es una reliquia en recesión desde la Era Terciaria. Forma como única especie, sabinares adehesados donde ningún otro árbol sobreviviría. Raíces interminables, troncos como esculturas vivientes talladas por siglos de hielo y viento, ramaje de un eterno verdor profundo y oscuro. Corteza gris fibrosa desprendiéndose en tiras, trenzada por grandes madejas retorcidas en los ejemplares más vetustos, recamada con el terciopelo verde y dorado de los musgos y bordada por líquenes de colores. La dehesa de sabinas es un paisaje único y nuestro, moldeado por el pastoreo milenario, en páramos de suelo rocoso y clima continental extremado, de inviernos fríos y secos, de calurosos veranos más secos aún. También sabe habitar terrenos de más enjundia acompañando a pinos, quejigos y carrascas si la falta de sol no la mata, porque si algo quiere la sabina es luz.

Siempre verde, siempre viva. No se puede permitir el lujo de estrenar hojas anchas todas las primaveras. La penuria hídrica de su hábitat la hace austera. Es la estrechez del pobre que tiene un solo y humilde vestido para muchos años. Sus hojas cilíndricas como cordones ramificados, están formadas por minúsculas escamas imbricadas al modo de las tejas en un tejado.  Cuando es muy joven se le pueden descubrir hojillas pinchudas de enebro. Ver en la misma rama hojas suaves cilíndricas de sabina y otras aplanadas y puntiagudas de enebro da un poco de susto. La sorpresa es mayúscula porque pensamos que es una patología rara. No es tal. Es normal y la prueba fehaciente de que enebros y sabinas son hermanos (Juniperus sp)

Cada sabina vieja tiene su personalidad

La sabina joven es cónica, limpia, espesa, de tronco recto y cilíndrico. La sabina vieja es de tronco corpulento y tortuoso, de grandes y pesadas ramas, a veces desgajadas por la nieve o por su propio peso, podadas por los pastores como forraje en los inclementes inviernos, algunas abatidas y aún vivas sostenidas a duras penas por el suelo.  Son un museo de esculturas al aire libre. Sabinas copudas como carrascas, recias como robles, achaparradas como coscojas, esbeltas como cedros, rectas como cipreses. Unas parecen bonsáis y otras baobabs. Unas bajas y recias, otras esbeltas y ligeras. Unas solitarias, otras acompañadas en actitud de diálogo o de lucha. Su edad no se mide por años sino por siglos. El tiempo y las peripecias de cada ejemplar esculpen su imagen.

 Habría que buscar al que puso nombre a los pedruscos de la Ciudad Encantada para que bautice a esta multitud de formas caprichosas.

La sabina y el sexo

Hay sabinas machos y sabinas hembras. La mayoría son machos. Cuando encuentras una hembra te lo canta la alfombra de butas2 que hay a sus pies. Estos frutillos caídos son de colores muy variados desde azules como endrinas hasta negros, o incluso marrones o rojizos, en diferentes estados de envejecimiento. Según los años produce cantidad ingente de ellos. Los hay fértiles con semillas y estériles sin ellas para pasto de los animales sin poner en riesgo la fertilidad. Los frutos tardan dos años en madurar. Por eso vemos en el árbol unos verdes del año anterior y otros de color azul oscuro ya maduros La sabina nos recuerda que la sexualidad, casi siempre asociada al animal y al hombre, ya existe de una manera primordial en el reino vegetal. El sexo en la sabina determina que machos y hembras se comporten de diferente manera.  Cuando son jóvenes crecen a un ritmo parecido. Cuando alcanzan la madurez sexual a los 30 años cambian el comportamiento, las hembras hacen un esfuerzo mayor en la reproducción y esto limita su crecimiento vegetativo. Las hembras controlan de alguna manera que la fecundación llegue a buen puerto adaptando su ciclo a los cambios naturales de temperatura y agua o a los provocados por el hombre. Los zorzales del norte de Europa acuden puntualmente cada invierno a nuestros sabinares para nutrirse de los butas y devolver el favor: Las semillas germinan mejor tras pasar por su tubo digestivo y ser depositadas entre el abono de sus excrementos.

Errores del pasado

 Puede comprobarse todavía en algunos sabinares adehesados de Cuenca el intento frustrado de sustituir las austeras sabinas por pinos rentables. Era un plan extraído en la mollera escuálida de algún ingeniero forestal que pensó descubrir la pólvora. Con grandes máquinas levantaron la losa y repoblaron. Hoy cincuenta años después sigue observándose un paisaje intransitable y apocalíptico. Grandes piedras planas se erigen puntiagudas, volcadas, enhiestas, amontonadas impidiendo el paso. Entre ellas viejos pinos raquíticos sin pasado, sin presente, sin futuro. Allí hubo un suelo pobre pero plácido, ameno de caminar, poblado en primavera y otoño de un pasto suave de un verdor exquisito para el ganado. Si el ingeniero hubiera preguntado a cualquiera de nuestros hacheros de entonces, de nuestros pastores, le hubiera explicado por qué el sabinar debe ser respetado. Hoy el sabinar está protegido sensatamente por nuestras leyes.

Las otras dos sabinas de Cuenca

  La negral (Juniperus phoenicea) es un arbolillo mucho más frecuente y extendido que la albar.  Aguanta más la sequía y los vientos y menos el frío. Al contrario que a su hermana le gusta el mar y habita las costas de la península, de Baleares y de Canarias. Los gálbulos son color marrón tirando a rojizo, más gruesos y redondos. Menos serrana, más manchega y alcarreña. En Cuenca no forma sabinares, sino que suele aparecer mezclada con carrascas, coscojas y pinos. No encontraremos ejemplares muy viejos porque fue hasta hace unos decenios especie muy usada, junto con la carrasca y el roble, para hacer carbón.

  La sabina rastrera (Juniperus sabina) es una mata de las altas cumbres. Pegada al suelo forma grandes manchas oscuras en un curioso paisaje moteado como la piel de un leopardo. Frecuentemente va acompañada de pinos albares aislados. Es el enebro de los sabinos (Juniperus sabina), pueblo latino prerromano, que da nombre a las tres especies conquenses.  La podemos encontrar por los páramos de la Mogorrita o San Felipe y también en cotas inferiores, en montes más espesos y poblados de otras especies, donde pasa casi desapercibida.

Piñas Amor nos recuerda que junto a la casa donde él vivía de niño en la calle Fermín Caballero de Cuenca se localizaba hasta los años 30 del siglo XX una fábrica que llamaban “de la Sabina o de los Lapiceros” porque allí se elaboraba la materia prima de los lápices.

Volviendo a la sabina albar y a modo de despedida no podemos olvidar que Juniperus thurifera, es “el enebro del incienso” en latín: Arbol profusamente oloroso. Huele su leña, sus hojas, sus frutos.   Todo él trasciende un aroma de confluencias: entre el amargo y rústico del suelo áspero y el embriagante y delicado del cielo vaporoso. Como el cinamomo bíblico la sabina perfuma el hacha que la hiere.  A mí me huele a vacaciones de Navidad, será la impronta de la infancia cuando se adornaban los belenes con sus ramas.

De madera resinosa e imputrescible, idónea para los postes y vigas de las casas y tainas3, para los ejes de las norias ¿Un ataúd de sabina conservaría incorrupto el cadáver de un hombre?

1 Así la describe Sebastián de Covarrubias en su “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”. Sebastián de Covarrubias fue un escritor toledano, capellán de Felipe II y canónigo de la catedral de Cuenca. Aquí vivió hasta el final de sus días y aquí está enterrado. Muy conocido sobre todo por este imprescindible y primer diccionario en nuestra lengua que todavía se sigue imprimiendo y en el que hace muchas referencias a Cuenca y sus cosas. La cita latina la recoge de “Materia Medica” de Dioscórides, botánico griego del siglo I. Viene a decir que la sabina es de dos clases: una de hoja de ciprés (sabina) y otra de hoja de tamariz (enebro). En este mismo tratado Dioscórides fue el primero en mencionar que la esencia de sabina provoca el aborto, dato que parece corresponder a la verdad vigente.

2 Buta es el nombre conquense de los frutos de enebros y sabinas. Gálbulo o arcéstida es su nombre científico. La inflorescencia (conjunto de flores) de la que procede es llamada “cono”. El cono es una especie de cogollo de escamas entre las que se forma el polen o lo óvulos. La Clase botánica de las coníferas (portadoras de conos) incluye las familias de las pináceas (pinos y abetos) y las cupresáceas (Juniperos y cipreses). Como todas las plantas fecundadas por el viento no necesitan tener flores de colores que llamen la atención de animales polinizadores. Los conos originan las piñas de los pinos o los gálbulos de las sabinas. Estos han intentado asemejarse a la baya de un endrino pero su origen floral es muy distinto.

3 Taina, teina, tiná, tinada. Corral con parte cubierta para guardar el ganado normalmente fuera de las poblaciones.

Para saber más

  • de Covarrubias Orozco, Sebastián. (1611). Tesoro de la lengua castellana, o española. Edición de Martín de Ruquer (1989). Editorial Altafulla. Barcelona
  • Cirlot, Juan-Eduardo (1982). Diccionario de símbolos. Editorial Labor. Barcelona.
  • Montesinos Torres, D. (2007). Juniperus thurifera: una especie dioica, vecera y relíctica. Ecosistemas. Revista científica y técnica de ecología y medioambiente.
  • Blanco, E., Casado, M. A., Costa, M., Escribano, R., García, M., Génova, M., … & Regato, P. (1998). Los bosques ibéricos. Una interpretación geobotánica. Planeta, Barcelona, 572.
  • Piñas Amor, Francisco. (1995). Hoz del Júcar, plantas de la ribera izquierda. Diputación de Cuenca. Cuenca

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