El romero (Salvia rosmarinus)

Imagen de cabecera: Romero en flor. Fuente: elaboración propia

Si el romero1 fuera una planta de lejanos países de extremo Oriente, las naves de madera con tripulaciones de arriesgados e intrépidos marinos hubieran zarpado ya desde la antigüedad en su búsqueda, como lo hicieron con la canela, la pimienta o el clavo de olor. El romero hubiera alcanzado altos precios y dejado márgenes comerciales para hacer ricos a los atrevidos. Pero es una planta tan próxima, tan abundante, que nos cuesta un gran esfuerzo imaginar esta ficción. No le damos importancia, a pesar de ser una especia de alto nivel y múltiples usos. Claro: es que en Cuenca tenemos romeros hasta debajo de la cama.

Es una mata siempre verde que, si la tierra es nutritiva, se te convierte en un pequeño arbusto de hasta casi dos metros y que puedes encontrar florecida en cualquier época del año. Sólo se desanima ante la sequía extrema del verano. “Por enero florece el romero” sentencia, conciso, el labrador castellano. Y el payés catalán le responde, echándole algo más de salero: “De flors de romaní i noies per casar, tot l´any n´hi ha” (“Flores de romero y mozas por casar todo el año hay”).

Tallos jóvenes verdes, cuadrados y vellosos. Al envejecer van perdiendo los pelos, el verdor y también las esquinas, con lo que poco a poco se vuelven lampiños, pardos, leñosos, irregularmente redondos y agrietados.

Las hojas son pequeñas, estrechas, planas y romas, bastas y tiesas, enfrentadas unas a otras, con los bordes doblados hacia el envés. Como el haz es verde intenso, brillante, y el envés blanco y afelpado, el dobladillo en las márgenes del envés hacen ver una bandera de dos franjas verdes y una blanca más ancha en medio. 

Flor de romero. Fuente: elaboración propia
Dibujo de flor de romero. Fuente: Verónica Duque

Flores con dos labios, en una boca abierta, como si cantara. Vistas de perfil, parecen las estrechas fauces de algún bichejo con dos quijadas dispuestas a morder. En ellas sobresalen dos estambres y un pistilo curvados como hoces y amenazantes como guizques. La corola es azul, blanca o de tonos intermedios con algunas vetas moradas. El labio superior de la corola está algo partido en dos lóbulos y el inferior en tres. Vista de frente es una fina obra de encaje u orfebrería. El cáliz, verde y mucho menos llamativo, envuelve la base de la corola y, como ella, también tiene dos labios, a su vez también divididos, pero al revés: el superior en tres lengüetas y el inferior en dos. Los libros dicen que esto demuestra que los antepasados del romero tenían cinco pétalos (corola) y cinco sépalos (cáliz). ¡Hay que joderse, lo que es el saber!

¿Quién ha visto el fruto del romero?  ¡Sí parece que no tiene!  La corola languidece y cae y queda el cáliz sin fruto visible, como si la flor fuera estéril. Tienes que hurgar en su interior y entonces verás cuatro minúsculas y duras nuececillas donde reside uno de los poderes extraordinarios de nuestro romero: la adaptación al fuego.               

Todos hemos visto en muchas zonas de Cuenca cómo tras un incendio forestal han proliferado especies como el romero, la aliaga o la jara. Son especies pirófilas: el fuego favorece su expansión respecto a las que no gozan de este privilegio. No son raras en climas de frecuentes incendios naturales como el mediterráneo. Las simientes del romero pueden aguantar durante decenios enterradas en el suelo. Las fértiles cenizas del incendio, la lluvia oportuna y el terreno abierto y soleado tras la devastación, se aúnan para que el romero, sin competencia, germine y se adueñe de los montes. A partir de ahí, el romeral regenera poco a poco el ecosistema original.

Mata de romero en flor. Autor: elaboración propia
Dibujo de mata de romero. Fuente: Verónica Duque

El romero es una de las plantas olorosas de nuestros montes con un aroma más sutil. Es extraordinariamente parecido al del incienso y como tal se usaba en los templos pobres, por eso el romero huele a iglesia en día de fiesta. Perfume de dioses. Las abejas se sienten atraídas y capaces de elaborar con su néctar una de las mieles más sabrosas y estimadas. En la Alcarria conquense encontramos una de las mejores, fundamento de nuestro alajú.

“Mala es la llaga que el romero no sana”. Por eso el lastimado Don Quijote, tras una somanta de palos, echó mano del Bálsamo de Fierabrás, que era un ungüento de romero, seguramente sobrevalorado por el hidalgo manchego, como quedó acreditado por sus efectos secundarios.

La esencia de romero se obtiene para perfumería, aromaterapia y otras aplicaciones mediante la destilación de la planta. Y el alcohol de romero elaborado por maceración es excelente para friccionar las partes doloridas de reumáticos o de caminantes fatigados. Hay aceites, quesos, vinos y vinagres, aguardientes, champús, cremas y lociones de romero. Se aderezan paellas y calderetas. Se toman infusiones para los nervios o la digestión pesada.

Planta humilde y rústica de fragancia mística, con propiedades divinas que le confieren calidad para poblar jardines y nutrir farmacopeas. Romero criado en macetas domésticas y silvestre en extensos romerales.

Romero para guirnaldas y coronas de estudiantes y opositores. No hay lección que se evapore bajo su protección fijadora.

Sahumerio de romero para ahuyentar la tos y los constipados, la peste y los gérmenes patógenos.

Romero en ritos y ensalmos de curanderos moriscos procesados por la Inquisición.

Romero para sacar adelante a los niños “arruinaos” (prematuros):  Se cogía tanto peso de romero como lo que pesaba el niño y se iban arrojando las ramitas sin volver la vista atrás.

Romero como amuleto para el mal de ojo.

Contra el dolor de muelas.

Romero para caramelos y golosinas.

Romero guardado entre la ropa del armario contra las polillas o para leña de pobres y hornos de pan.

Romero para el Domingo de Ramos y para las ceremonias fúnebres.

Y el sonoro romero de poetas exquisitos, enamorados, a su vez, de las tradiciones populares.

“Las flores de romero, niña Isabel / hoy son flores azules/ mañana serán miel”, escribe Góngora y no de botánica sino de celos y de amor entre amantes.

O Lorca con su tono lúdico e infantil: “A la flor del romero / Romero verde, / Si el romero se seca / Ya no florece”

Las gitanas acosan a los guiris con una ramita de romero para engatusarlos y sacarles unos euros. “¡La ramita de la suerte!”. Te cantan la buenaventura o te adivinan un futuro idílico y si te descuidas te ganas una maldición por no soltar la guita.

Vive en terrenos secos, pedregosos o arenosos, aunque prefiere los calizos. Sólo evita el norte peninsular húmedo y en Cuenca las alturas muy frías de la Serranía Alta.

Pertenece a la familia del espliego, del tomillo, de las salvias, del orégano o de la morquera. Todos ellos de tallos cuadrados y flores con dos labios2. Son el alma olorosa, enervante, de nuestros montes. El aire enriquecedor que te emborracha en las mañanas frescas de verano y otoño. Sin olvidar a sus parientes herbáceos y jugosos, de aromas más tenues y desapercibidos, pero igualmente excelsos, como son las mentas de los prados húmedos y de las riberas.

Me preguntaba qué relación podría haber entre nuestro romero vegetal y el romero que va en peregrinación o romería. Imaginaba que quizás éste usaría en su devoto viaje una ramilla como talismán o un tarro de alcohol de romero para darse friegas en las articulaciones doloridas tras las fatigosas marchas. No hay nada de eso. No hay parentesco alguno entre ellas.  La gramática castellana dice que son dos palabras distintas pero que suenan igual (homónimas). No es una palabra con dos significados. Son dos palabras de orígenes muy diferentes que en su evolución han adquirido el mismo sonido. Parecen la misma pero no lo son. Un romero peregrino fue antes un “romeo” (del latín romaeus y del griego romaios) que iba a Roma a ser bendecido por el Papa, pero se asimiló por su gran parecido al romero, planta derivada del nombre latino “Ros marinus” (rocío marino), que a su vez es una deformación del griego “Rhops myrinos” (arbusto oloroso). Extravagancias frecuentes en todas las lenguas. El idioma es también un ser vivo y vegetal.  Y muy divertido.

1 Su nombre científico ha generado controversia en los últimos años. Tradicionalmente, desde Linneo ha sido englobada en el género Rosmarinus como Rosmarinus officinalis. Sin embargo, a partir de estudios genéticos recientes (Drew et al. 2017) se ha incluido en el género Salvia. El epíteto específico “officinalis” hace referencia a las especies usadas en medicina y farmacia y se encuentra en muchas especies vegetales.

2 De ahí el nombre de la familia Botánica: “Labiadas”.

Para saber más

  • Flora Ibérica, tomo XII. Real Jardín Botánico CSIC. Madrid
  • Plantas medicinales (El Dioscórides renovado). Pio Font Quer. Editorial Labor,S.A.  1985.
  • Guía de INCAFO de las Plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares. Diego Rivera Núñez y Concepción Obón de Castro. Madrid, 1991.
  • Guía de las plantas medicinales de Castilla la Mancha. VVAA. Altabán Ediciones 2008

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