El pepinillo del diablo (Ecballium elaterium)

Una alfombra que no invita a caminar sobre ella. Tiene un aspecto algo inquietante como si alguna trampa estuviera oculta entre la maraña de tallos postrados y ramificados sobre los que levantan la cabeza: multitud de hojas gordas de márgenes revueltos, de flores de color desvaído casi cadavérico y de frutos como pequeños pepinos de lija gruesa colgando cabizbajos de tiesos y altos pedúnculos1. Toda la superficie de la planta aparece cubierta por un tejido espeso de pelos rígidos que, por un efecto sinestésico, resulta áspera hasta para la vista.

No busques al pepinillo del diablo por parajes lejanos y apartados, por risqueras inaccesibles o por espesuras boscosas porque él te busca a ti a la puerta de tu casa. Le gusta la gente. Es amigo de los descampados próximos a los hombres. Crece alrededor de las poblaciones, por las escombreras, cunetas y suelos abonados por la actividad humana. Aunque no demasiado abundante, es fiel a su lugar y donde lo encuentres una vez lo encuentras todos los años. 

Toda la planta es carnosa e híspida2. Tanto los tallos y las hojas como los frutos están repletos de jugos por dentro y de blanca pelambre sobre un fondo verde oliva por fuera.   Frutos rollizos de simientes y de un mucílago más espeso y pegajoso que el de los tomates. Cuando llegan a la madurez se convierten en verdaderos torpedos. El zumo y las semillas se van hinchando e hinchando en el interior hasta que la presión es tanta que el pepinillo no lo soporta y, rompiendo por el punto más débil, que es la unión con el pedúnculo, se separa de éste y sale disparado como un cohete a propulsión soltando por el orificio un chorro o jeringazo de líquido viscoso y de duras pepitas. ¡Hasta los seis metros pueden llegar las simientes! Muchas plantas necesitan del viento o de los animales para propagarse, pero el pepinillo dispone de ese truco que le hace ser independiente. Los tratados más importantes de Botánica, como el Strasburger, lo estudian como extraordinario método de dispersión.

Hay cantidad de vídeos en Internet que reproducen a cámara lenta el estallido del pepinillo. El famoso naturalista David Attemborough lo destaca en “La vida privada de las plantas” como una de las más asombrosas maravillas botánicas y lo ha filmado como un espectáculo. Nosotros lo podemos ver en vivo y en directo si nos damos una vuelta por el paseo fluvial entre la Fuente del Oro y el Sargal, por las cunetas de la salida hacia Motilla, por los zopeteros que colindan Valverde con el embalse de Alarcón.

La hoja adopta la forma de un triángulo o un corazón con los márgenes ondulados, como recogiéndose sobre sí misma. El envés tiene los nervios principales muy prominentes, cuarteado en parcelillas que diseñan un hermoso dibujo geométrico trazado por las nervaduras. El rabillo de la hoja (peciolo) también es gordezuelo y bastante largo, aplanado y acanalado como si lo hubieran enrollado.

Las flores tienen los pétalos amarillo verdosos con venillas verdes en el envés, unidas por la base en una sola pieza. El cáliz es híspido como toda la planta, pero la corola es de pelos suaves. 

Donde no hiela florece todo el año como en las tierras bajas del Sur y de Levante. En Cuenca lo he observado florecido hoy mismo, 13 de noviembre.

La raíz es gruesa como la de los nabos o remolachas (napiforme). Vive durante años. En ella, como en toda la planta, se acumula gran cantidad de agua y nutrientes gracias a lo cual aguanta largos periodos de estiaje. Su espesa cubierta peluda le sirve tanto de abrigo como de refrigerador, protegiéndola del sol directo y de los fríos no excesivos.

Otra curiosidad de esta planta es que tiene dos subespecies, una del norte y otra del sur de la Península en la que se incluye la conquense. En la subespecie norteña tanto las flores masculinas como las flores femeninas aparecen en la misma mata. En la sureña hay dos tipos de matas. Una con flores numerosas. Son los machos. Lo comprobamos pasándole el dedo por los extremos ondulados de los estambres. El cuantioso polen amarillo se nos queda impregnado. Aquí no veremos frutos. Tenemos que buscarlos por los ejemplares próximos. En las matas con pepinillos encontraremos, normalmente solas o escasas, las flores hembras. Estas tienen estambres como las flores machos, pero son falsos (estaminodios) y al pasar el dedo no hay polen alguno. Entonces observaremos debajo de la flor un ensanchamiento cilíndrico: ¡Es el ovario ya en forma de pepinillo!

El “pepinete” pertenece a la extraordinaria familia de las calabazas, sandías, melones y pepinos3. Todos ellos productos de huerta, asiduos visitantes de nuestra mesa. Aunque son tan familiares que no hace falta ninguna presentación son de orígenes lejanos. Fantásticas hierbas trepadoras de frutos gigantes y deliciosos. Las dos cucurbitáceas conquenses no tienen ese nivelazo pero son hierbas curiosas, llamativas, interesantes. Además del pepinillo aquí tenemos la nueza negra (Bryonia dioica), planta delicada y hermosa de la que algún día hablaremos. El pepinillo es la única especie entre las cucurbitáceas que no es trepadora y, por tanto, no tiene zarcillos con los que agarrarse.

Le llaman del diablo, pero tiene muchos otros apelativos y ninguno bueno añadidos a pepinillo o cohombro: amargo, explosivo, loco, borde, del lagarto, salvaje, de puerco… Su nombre científico (Ecballium elaterium), procedente del griego, es más digno y aproximado a su personalidad. Se refiere a la peculiar facultad de salir disparado hacia adelante.

Planta extraña e impactante se ha exportado como especie ornamental y jardinera. Aquí la consideran una mala hierba y los servicios de limpieza se la cargan habitualmente, aunque no tarda en volver a entallecer y a regenerarse para deleite de los amantes de las plantas silvestres.

Es una de las hierbas medicinales antes datadas. Hay textos que atestiguan su uso en el antiguo Egipto. Aunque se aplicó tradicionalmente a muchas dolencias (principalmente como purgante fortísimo), dejó de entrar en la farmacopea europea a principios del siglo XX por su agresividad intestinal. Ahora bien, podríamos seguir haciendo mangos de lezna, como se solía hacer antaño, sin riesgo para nuestra salud: nuestros abuelos metían el hierro en un extremo de la raíz cuando estaba verde y luego dejaban que se secara. Ya tenían una herramienta imprescindible para zapateros, arrieros y agropecuarios.

Recuerdo que en el pueblo siempre había algún chaval taimado que localizaba al ingenuo de turno, normalmente forastero y urbano, desconocedor de las cosas rurales, y lo invitaba a coger pepinillos en el momento que estos alcanzaban su extrema maduración. Le doraba la píldora explicándole cómo desprendía un perfume extraordinario si levantabas el abatido fruto suavemente con la punta del dedo y le arrimabas la nariz para apreciarlo con toda su intensidad. Cuando el incauto ponía su dedo sobre uno, éste estallaba en sus morros salpicándolo del jugo pegajoso y de las simientes como perdigones. El susto era mayúsculo. Tras pegar un bote con retroceso, miraba desconcertado, confundido y junto con el pepinillo explosivo, estallaban también las risas del gracioso. 

Ilustración de pepinillo del diablo. Fuente: Verónica Duque Miota

1 Pedúnculo o pedicelo es el nombre del rabillo que sostiene la flor y luego el fruto. El que sostiene la hoja se llama pecíolo.

2 Híspida o hirsuta: Con pelos rígidos tiesos y gruesos.

3 Cucurbitáceas. El género Cucurbita es oriundo de América de donde lo trajeron los españoles, da nombre a la familia y comprende las calabazas, palabra antigua anterior a los romanos que se ha extendido por el resto del mundo. Antes de la conquista de América, en España la única especie comestible era la calabaza de peregrino (Lagenaria siceraria) procedente de África usada como botella o cantimplora. El melón, Cucumis melo, se cultiva desde hace 4000 años en Mediterráneo oriental y la parte asiática próxima, aunque no se sabe a ciencia cierta el origen preciso. El pepino (Cucumis sativus) procede de la India donde se lleva cultivando 3000 años. Ambos fueron introducidos en España por Roma. La sandía (Citrullus lanatus) es originaria de África, aunque hay quien dice que viene del país de Sind en la India. De ahí la palabra árabe “sindiya” y la hispanoárabe “sandiya”. Fue introducido aquí precisamente en los tiempos de Al-Ändalus.

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