El halcón de los pantalones rojos – El alcotán

Al caer la tarde en la escondida charca, situada en un claro rodeado de pinos negrales en los Palancares, un extraño rumor envuelve el ambiente. El sofocante calor de principios de agosto ha dejado un poso de calma y una ligera pero fresca brisa. Unas ciervas cruzan el prado y algunos pinzones entonan secas llamadas. Hileras de ranas respiran en la orilla de la charca y, en su particular danza, decenas de libélulas planean sobre el agua. Es placentero ver su vuelo metálico, cortante y vivo. Unas semanas atrás eran larvas acuáticas, feroces y asesinas, y ahora, vuelan gráciles, elegantes y pacíficas. Pero de repente… ¡Zas! Una sombra rasga el aire y se lleva dos libélulas, una en las garras y otra en el pico. Los pinzones se han quedado en silencio. No ha habido tiempo para ver venir la muerte sobre las alas del alcotán.

El alcotán (Falco subbuteo), ese desconocido halcón de nuestros campos y montes. Debido a sus colores oscuros, su rápido vuelo y su fugaz o escasa visita a zonas urbanas, pasa por ser una de las aves “invisibles” a nuestros ojos. Sin embargo, el alcotán viene cada verano desde África a traernos mil historias que contar. Nosotros podemos escucharlas en cualquier masa boscosa como vegas, riberas o montes, siempre cerca de terrenos abiertos y algo de humedad. En vuelo, posee la silueta de un enorme vencejo y posado la de un pequeño y elegante halcón peregrino. Como miembro de la familia de los halcones (Falconidae) es un experto en la caza al vuelo, un ágil y travieso veraneante con unas garras afiladas y poco piadosas.

Con las dos libélulas ya bien aferradas, ha vuelto a su escondido nido en lo alto de un olvidado pino. Es el alcotán una rapaz “vaga”, perezosa y poco cuidadosa en las labores del hogar. Al contrario que la mayoría de aves, esta no construye el suyo propio, sino que usa los viejos nidos de cornejas (Corvus corone). A este “okupa” de nuestros bosques, nunca le hicieron un desahucio. Sin embargo, a la hora de cuidar a sus dos pollos volantones de quince días, no le llama la vagancia. Lleva desde el amanecer en la busca incansable de pequeños pájaros o insectos con que alimentarlos para que crezcan sanos y fuertes, y parece ser que no será la última llamada de la muerte por hoy. Sabe perfectamente que, al caer la tarde, la charca rebosa de libélulas.

Sus principales características morfológicas pueden ser descritas por sus variados nombres geográficos. Por ejemplo, en gallego Falcón pequeno muestra su tamaño de cernícalo para poseer la presencia de un halcón. En catalán Falcó mostatxut nos delata el remarcado “bigote” que fácilmente se distingue tanto en vuelo como parado. Y en inglés Hobby (no confundir con las actividades que disfrutamos en nuestro poco tiempo libre) que parece proceder del francés Hobereau, significa el “pequeño noble”; también en consonancia a su aspecto diminuto, pero elegante y poderoso. Sin embargo, quizás, su más llamativo rasgo son sus pantalones o “calzones” de intenso color rojo que cubren sus muslos. Como si en un charco de sangre se hubiera bañado, estos colores son el motivo distintivo de la especie.

Nuestro alcotán de los Palancares, con nueve años de edad y muchos pollos criados, ha visto con sus propios ojos la cruda dureza de la supervivencia. Aproximadamente, el 60 % de los jóvenes morirán en su primer año de vida. Demasiadas enfermedades y un largo viaje al sur del continente africano son suficientes para no dejarle seguir disfrutando sus vuelos atrevidos y cortantes. Conoce al detalle estos parajes, sus torcas, sus claros y dónde encontrar el mejor bocado a la hora precisa; pues los alcotanes, aunque en la provincia de Cuenca no llegan a ser demasiado abundantes, son frecuentes cada verano en números estables y repiten los mismos territorios donde fueron criados.

Aunque hoy resulte, para la gran mayoría, una rapaz desconocida, no lo fue así históricamente. Su manejo extraordinario debido al tamaño y su impoluta técnica de caza en vuelo, lo convirtió durante siglos en una de las rapaces preferidas para la cetrería, por ejemplo, en la caza de la codorniz u otras pequeñas aves. También, como curiosidad, un famoso cómic de los años 50 se llamaba “Alcotán” y trataba sobre aviones rápidos que viajaban a lejanos lugares.  El “Alcotán”, con sus emocionantes aventuras consiguió que la mente de algunos jóvenes de aquella época, por un momento, volara y escapara de la triste situación en la que se encontraba el país por entonces. Qué mejor nombre se le podía poner.

Nuestro alcotán, como otras tantas aves incluidas en el saco de la indiferencia, se marcharán a finales de agosto de nuevo a las tierras y valles de Angola o Zimbabue a pasar el invierno, o, mejor dicho, a pasar el verano de aquellas latitudes, en busca de más insectos. Se marchará sin pena ni gloria para nosotros, pero dejará la charca huérfana de historias. Historias sobre peligrosos viajes, difíciles de concebir por el ser humano, sobre los rincones secretos de la sierra de los Palancares, sobre el cuidado delicado y continuo a sus crías, sobre técnicas imposibles en el vuelo, y, al final, sobre la fragilidad de la vida. Pero no deben preocuparse aquellos que no puedan escuchar sus historias este año: en abril del año que viene volverá a la misma charca. Cuando la danza de las libélulas vuelva a llenar el aire, abran los ojos y esperen.

Si el alcotán anida en tus cabellos

y el Nilo azul se esconde en tu garganta

si ves crecer del zinc la humilde planta

junto a tus senos o a tus ojos bellos,

 

no cierres el ocaso con los sellos

que el Occidente en tu testuz aguanta:

tiembla ante el cierzo y el nublado espanta.

Si oyes jazmines corre a través de ellos.

 

Yo sé bien que te escondes donde siguen

los hongos del delirio, impenitentes,

y que al cruzar su senda de delicias

 

mariposas nocturnas te persiguen,

se abren bajo tus pies simas ardiente

donde lloran cautivas tus caricias.

Rosa Chacel (1936)

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