El chochín – La fuerza de la palabra

Una lavandera, por el camino que lleva de Molinos de Papel a Palomera, asombrada con los juegos acrobáticos entre la roca y el agua, quedó sorprendida por un potente trino desde la espesura de la ribera. En vano intentó descubrir al escondido cantor. Siguió su camino y sus cavilaciones, creyendo haber escuchado el agua en el interior de la misma piedra, cuando de nuevo la misma enérgica y variada melodía le asaltó. Las zarzas y escaramujos ya habían comenzado a desplegar sus vestidos verdes, pero no lo suficiente para que su empeño consiguiera desenmascarar al dueño de tan bello y misterioso canto. De modo terco, al fin consiguió atraparlo con sus pupilas. Pero, entonces, su gozo en un pozo. El pájaro posado en la rama saliente de una zarza, no era ese bravo, excitante y llamativo Don Juan que había, engañosamente, imaginado su mente. 

Si dijéramos que el autor de aquella preciosa y poderosa música era un pájaro diminuto, cabezón, rechonchito, que sacude erguida su pequeña cola cuando se excita y que su nombre es chochín… ¿cómo se queda el lector? Pues sólo decir que cualquier pensamiento obsceno del lector, no más que una desafortunada ilusión. El chochín (Troglodytes troglodytes) es un pájaro humilde, discreto y cantor. Una maravilla de la naturaleza. Se trata del pájaro más pequeño de nuestras tierras detrás de los llamados reyezuelos. Su pico es fuerte y ligeramente curvado. Sus vestidos modestos y humildes combinan una gabardina marrón rojiza que cubre todo su cuerpo, dejando entrever sólo su tripita más clara y una ceja crema que le da un toque de seriedad entre tanto cachondeo. Esto, unido a su tamaño, lo convierten en un pájaro invisible para la mayoría de ciudadanos. Sin embargo, serían innumerables las veces que os haya acompañado un chochín durante un paseo por las hoces del Húecar y el Júcar; por los sotos ribereños cercanos a vuestros pueblos o durante una tarde al sol en un parque.

La lavandera con el cesto de la ropa aclarada ya en el suelo, lo intenta seguir con la mirada. Pero no es este el mejor tipo con el que parar a embelesarse. Inquieto, no consigue estar parado más allá de unos pocos segundos. Saltando de rama en rama parece una canica rebotando cerca del suelo. Su reclamo es un chasquido o traqueteo incesante que recuerda al de un antiguo tren en miniatura entre los raíles de la espesura. Es amante de la intimidad que le proporciona la maleza alborotada y en ella se convierte en un sofisticado y experto cazador de insectos ¡es un auténtico glotón! Si es su rutina vertiginosa, no menos sus relaciones amorosas. Cuando llega el calor primaveral y las corolas aroman el campo, los machos de chochín se emparejan generalmente con más de una hembra, practicando relaciones polígamas. Tal es su ritmo frenético, que quizás por todo ello no viven más de dos años. Vida corta, pero intensa.

Pero si hay algo que llama la atención del lector, es su nombre. Sugerente como ninguno y propicio al cachondeo como pocos. Pero, no confundamos conceptos. Aunque para mí, siempre ha querido recordar a una pequeña haba o chocho de los altramuces, de acuerdo al Diccionario de Nombres Vernáculos de Aves de Francisco Bernis (Gredos, 1994), parece ser un diminutivo de la Chocha perdiz1 a la que se asemeja su plumaje y aspecto rechoncho. Su nombre científico Troglodytes troglodytes lo describe como “perteneciente a la familia de las aves que viven en las cavernas”, debido al globoso y cerrado nido que, escondido entre la frondosidad arbustiva, cubre de musgo y hierba en primavera. En inglés, llamado Wren, en contraposición al nombre castellano parece adquirir paradójicamente connotaciones sexuales masculinas debido al levantamiento de su cola. Incluso ha llegado a ser inmortalizado por poetas como Michael Hartnett, John Clare o William Shakespeare. ¿Imagináis qué dirían del poeta soñador castellano que exclamara por los caminos entusiasmado: “¡Oh, travieso chochín! Entre la espesura, ¿a quién buscas tan cantarín?”?

Tras el interminable juego entre la piedra, el agua y el chochín, la lavandera decide coger la canasta de ropa aclarada y, colocándola en la cabeza, seguir su camino hacia Palomera. No conocía a este fantasma de la ribera; a este Sancho panza de los mirlos, ruiseñores y oropéndolas; a este desterrado de la literatura popular castellana y de la admiración del caminante. Pero, tras haberlo visto entre las espinosas ramas de las zarzas y a la sombra de los acontecimientos grandiosos de sotos y riberas, se ha visto reflejada a sí misma con esa soledad, ajetreo y olvido como mujer en una casa con ocho hijos y un marido que hace años que no le presta atención ni cariño. Sin embargo, esta vez, sus manos llenas de sabañones y el dolor de las uñas se han aliviado con el trino y la presencia del chochín. Ese desconocido canto que le había sorprendido furtivamente entre la espesura, junto al maravilloso asombro de su pequeño tamaño, le ha llenado de optimismo y confianza. “La palabra…nos queda la palabra. Siempre nos queda la palabra” murmura suavemente. Ahora sabe que existe tanta esperanza y belleza en uno mismo que no hay ley ni dios que deba imponer quienes somos y quienes debemos ser. La vida es algo más. Sonriendo y cantando, cruza el puente que le lleva a su pueblo. 

1 La chocha perdiz o becada (Scolopax rusticola) es un limícola que vive en el interior de los bosques húmedos. De carácter huidizo, es muy abundante en invierno en la Península Ibérica. Es una pieza codiciada por los cazadores.

Deja una respuesta