El avellano (Corylus avellana)

Imagen de cabecera: Detalles del fruto y hoja del avellano. Fuente: Pixabay

Estamos en la muela de Los Palancares. Es un terreno casi llano pero que ha quedado en alto por la erosión fluvial que a su alrededor han excavado el Moscas, el Huécar y el Guadazaón con algunos de sus afluentes. Viendo el escalón desde el hondo de estas vegas se nos dibuja la silueta de una respetable sierra. Aquí en medio del pinar encontramos, como si hubieran bombardeado, una treintena de grandes oquedades, unas en forma de embudo, otras como pozos cimbrados por riscos verticales: las torcas. 

Las torcas de los Palancares son pequeños joyeros bioclimáticos, cofres de tesoros vegetales, profundos ombligos de geología atormentada.  Asomado a Torca Rubia, en el borde mismo de este cataclismo de la piedra y del agua no puedo evitar dos sobrecogimientos: el del vértigo y el de la misteriosa belleza inaccesible. Las torcas ofrecen en su interior un hábitat especial, con unas condiciones tales de humedad y de sombra que especies raras y de latitudes más norteñas encuentran un hogar idóneo rodeado de reseco pinar. En las umbrías frescas de sus vientres viven tejos, arces, saúcos, evónimos, avellanos, fresas, hepáticas y otras muchas especies.

Hemos bajado en invierno a la Torca de los Avellanos1. Aún faltan muchas semanas para que las hojas empiecen a despuntar.  Pero es el mejor momento para identificarlos de lejos.  En sus ramas desnudas aparecen multitud de extraños y delgados péndulos amarillos. Son espigas cilíndricas y colgantes, talladas en pequeños tejadillos bajo los cuales, para no mojarse, se cobijan los cortos estambres, productores de polen.

El avellano pasa totalmente de los insectos polinizadores, además lo tendría crudo si contara con ellos en pleno invierno. ¡A ver dónde encuentra un valiente en esos días de pelarza!  Se ha buscado un aliado más dispuesto que, además, en este tiempo lo tiene asegurado: el viento. Así que el avellano no se ve obligado a diseñar costosas y lujosas flores llamativas llenas de color y néctar para atraer y pagar los servicios de los bichejos. Le sale más a cuenta producir polen a mansalva en discretos y austeros saquillos, destinado a los sencillos ovarios, contratando al cierzo. El polen es ligero como el plumón y viaja raudo en el aire revuelto. El avellano aprovecha astutamente que las hojas propias y las de las especies con las que suele acompañarse y que podrían obstruir las vías aéreas de transporte, no han nacido todavía. Que los “gatillos” 2, como los llamamos en Cuenca, sean colgantes, laxos y largos hace que a la más mínima brisa el polen salga despedido.  Los órganos sexuales femeninos parecen vulgares yemas de hojas, pero con unas fibras o cuernecillos carnosos de rojo carmesí a modo de corona que delatan su identidad. Por cada par de fibras hay un ovario del que saldrá una avellana. Podemos saber las avellanas que van a nacer juntas contándolas y dividiéndolas por dos.

Flores del avellano. Flores masculinas (izquierda) y flores femeninas (derecha). Fuente: elaboración propia.

El avellano es un arbusto frondoso. No nace en un tronco único, sino hermanado en un gran haz o macolla de varas más o menos derechas. La mano del hombre, para hacerlo más productivo, puede eliminarlas y dejar una preferida que se convertirá en arbolillo. La corteza es lisa y pardusca o sonrosada, la de las ramillas jóvenes algo felpuda, luego se vuelve gris y más tarde le pueden salir grietas y escamas.  Las hojas son de un verde más intenso por encima, grandes, anchas y picudas.  El contorno está recortado en dientes grandes de sierra que, a su vez, también están aserrados por otros dientecillos más pequeños. Cuando están tiernas son ásperas y peludas y luego se van volviendo más suaves y lampiñas, sobre todo en el haz.

Ejemplares de avellano donde se observa los haces de tallos. Fuente: elaboración propia.

Las ardillas y los topillos que viven en las Torcas se pirran por las avellanas. Una ardilla royendo una entre sus manecillas de criatura es una imagen tópica pero bellísima de la naturaleza salvaje. La ardilla tiene una manía:  enterrar todo lo que pilla. Cuando el otoño lanza sus primeros avisos ya la ves afanarse en escarbar, meter el fruto seco golpeándole con el hocico para enterrarlo más y disimular luego la superficie, aplanándola y cubriéndola de hojarasca. Tan bien tan bien guarda y reparte su despensa por innumerables escondrijos que luego no se acuerda de todos y algunas semillas olvidadas germinan. Si observamos el suelo bajo los avellanos, no tardaremos en descubrir las cáscaras vacías y podremos saber si los sabrosos frutos los ha comido una ardilla o un topillo: Éste hace un butrón tan grande como la semilla para poder extraerla y aquélla, con más poderío, la parte en dos mitades.

El avellano es un arbusto norteño cada vez más escaso según nos vamos desplazando hacia el sur. En nuestra Serranía los hay abundantes y magníficos. José Quer, autor de la primera gran obra botánica española de carácter científico, da testimonio en ella de un dato emocionante para los conquenses que amamos nuestra naturaleza. Dejó escrito en el siglo XVIII que la Hoz de Beteta era junto a algunas estribaciones pirenaicas la zona más rica en avellanos de todas las que él había transitado durante treinta años por la Península Ibérica. Y sabemos que esta es una más de las innumerables maravillas con que la Hoz de Beteta nos sigue obsequiando.

Sólo con ver algunos de sus tallos rectilíneos y limpios te das cuenta que tiene que tener buen uso como garrota de pastor o vara de caminante. Y para astiles de hachas y azadones. Los zahoríes buscan y detectan el agua y los minerales con horquillas de avellano.  Los gancheros elaboraban con ellas su inseparable herramienta con que domaban los troncos de las maderadas3. Las varas se pasan cuidadosamente por el fuego, se pelan y al secarse se endurecen como piedras y se aligeran como plumas. En muchos lugares, con su corteza y sus varas, también se confeccionaban nasas y cestos.

La avellana es una bellota redonda y exquisita, una nuez más lisa y menuda, una almendra en forma de pequeño corazón de fina cáscara. Y aunque nogales y almendros nos resulten a la mayoría más familiares y cotidianos, no olvidemos que de los tres el único silvestre y autóctono en Cuenca es el avellano, aunque aquí se cultive menos. Como todos estos frutos secos la avellana es aceitosa, nutritiva y pletórica de deliciosa energía para turrones y chocolates.  Andrés de Laguna nos dice en el siglo XVI que, con avellanas tostadas, pasadas por el almirez y mezcladas con miel y pan rallado, se elaboraban los “hormiguillos”. Evidentemente se refiere a una variante de nuestro alajú.

Frutos y hoja del avellano. Fuente: pixabay

Sebastián de Covarrubias, el canónigo de la catedral de Cuenca, nos trae en su “Tesoro de la Lengua” una adivinanza muy hermosa4:

 “No soy ave, cosa es llana

Aunque estar en alto suelo,

Porque ni corro ni vuelo,

Soy una simple serrana

Hija de un hijo del suelo”.

Esta adivinanza antigua tiene su versión moderna: “Ave soy, pero no vuelo; / mi nombre es cosa muy llana: / soy una simple serrana, / hija de un hijo del suelo”.

Y en los tiempos en que todavía no se pensaba en los derechos del hombre, se usaba alegremente lo de “Al villano, con la vara de avellano”.

Corylus lo llamaban los romanos, palabra derivada de Koris que era el  yelmo o casco de guerrero de los griegos. Las avellanas están parcialmente envueltas en unas hojas carnosas y festoneadas como el envoltorio ornamental de un regalo.  La cáscara parece el casco metálico del yelmo y las hojas su penacho de plumas.  Aunque avellana parece un término ornitológico no es sino un referente a la ciudad italiana de Avella, donde al parecer, según nos informan diversos autores, abundaba.

Apreciado en todo el mundo su fruto exquisito, se cultiva en Asturias, Valencia y en Cataluña. Y sobre todo en la provincia de Tarragona.

Con su madera blanca o sonrosada se conformaban cercos de toneles, cribas, harneros y cedazos. La de las cepas muy viejas muestra un veteado precioso muy valorado tradicionalmente en el arte de la marquetería.

Si te nace el niño con ojos azules y no te gustan, se los puedes cambiar por negros, untándole en la fontanela un mejunje oleaginoso trabado con la ceniza de las cáscaras. Todavía se usa el aceite de avellana para el cuidado de la piel y el cabello.

Las tisanas de cáscaras cocidas en agua te curan el mal de no mear. ¡Y también el de mear a destiempo! Doce avellanas con un vasillo de vino durante nueve días antes de irte a la cama impiden que te desagües en ella. ¡A algunos nos hubiera venido bien en su momento! Y no lo digo sólo por el vino.

Avellano en flor. Fuente: elaboración propia

1 Hay que dejar claro que las torcas tienen restringido su acceso y están protegidas dentro del Monumento Natural de Palancares y Tierra Muerta. Sin autorización no se puede acceder a ellas, excepción hecha de la Torca del Agua.

2 “Gatillos” llamamos en Cuenca a lo que en botánica se llaman “amentos”. Son las estructuras vegetales donde radican los órganos sexuales masculinos productores de polen, común a especies como chopos, sauces, sargas, abedules, etc. que se fecundan mediante el viento. Todos estos tienen esa forma de espiga colgante característica.

3 Los gancheros manejaban los troncos flotantes con esta herramienta. Era una vara larga de avellano con el extremo metálico que constaba de dos partes: una punta aguda de lanza y un gancho o garfio.

4 “Cosa es llana” es lo mismo que decir “es evidente”, “está claro”.

Para saber más

  • Flora Española o historia de las plantas que se crían en España. José Quer Martínez. Tomo V. Madrid. 1784. Biblioteca Digital RJB CSIC.
  • La guía de Incafo de los árboles y arbustos de la Península Ibérica. Ginés López González. Madrid. 1982.
  • Flora Ibérica, tomo II. Real Jardín Botánico CSIC. Madrid.1990.
  • Pedacio Dioscórides Anazarbeo, acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos por Andrés de Laguna. Amberes, 1555. Biblioteca Digital Hispanica.
  • Guía de INCAFO de las Plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares. Diego Rivera Núñez y Concepción Obón de Castro. Madrid, 1991.
  • Tesoro de la lengua castellana o española. Sebastián de Covarrubias. 1611. Edición de Martín de Riquer. Ed. Altafulla. Barcelona, 1989
  • Los bosques ibéricos. Una interpretación geobotánica. VVAA. Ed. Planeta 1998.

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