El ababol (Papaver rhoeas)

Ababol, nombre popular y conquense de la elitista y literaria amapola, contiene al menos dos maravillas: La fonética de su propio vocablo y la hierba silvestre a la que se refiere. Con la primeras letras y sonidos del abecedario, a y b, se compone el núcleo de la palabra. Decimos “abab” suavemente, sin encoger los labios, con la simpleza primordial y atávica de pronunciar “agua o mama”, y luego los cerramos en un circulillo apretado de canuto, para unir la segunda b con una o rotunda y lanzarlas al aire donde vuelan con la ele de ala. ABABOL.

El ababol es el primer vegetal de nuestro diccionario.  Símbolo de la tierra agraria y campesina.  La flor silvestre más asociada al cultivo de cereal de secano. Se ha discutido sobre sus orígenes y si es o no autóctona en la Península Ibérica. Seguramente fue favorecida por la revolución cerealista del neolítico, y su procedencia se pierde en el origen de los tiempos. Aunque se ha convertido en una especie casi cosmopolita, su patria principal es Eurasia y Norte de África.

“Ser más de campo que las amapolas”, es ser profundamente rural y amante de las cosas de pueblo.   Y el Porompompero, famosa rumba del maestro Solano, uno de los himnos populares de la España de hoz y zoqueta de la posguerra, proclama: “El trigo entre toas las flores ha escogio a la amapola”. En la estepa cerealista ibérica es la nota de color más destacada. Sin embargo, considerada por los labradores una mala yerba, ha ido desapareciendo por causa de los herbicidas que la arrinconan contra los ribazos y las lindes.  Aún podemos, sin embargo, disfrutar con frecuencia de grandes superficies carmesíes, como si estuvieran sembradas, en los añojales, en los yermos y, a poco que se descuide el agricultor ahorrativo, en los sembrados de cebada o trigo. Las semillas pueden permanecer en tierra sin germinar durante muchos años. Y, al parecer, se están volviendo resistentes al veneno. Forma en las primaveras lluviosas conjuntos florales muy hermosos en cunetas y zopeteros con margaritas bordes, lenguazas, trompos, tamarillas y otras especies.

Toda la planta tiene un olor amarguillo de herbazal de mayo, un olor enervante de sabias preveraniegas. Nace de una simiente minúscula, goza de una floración intensa y multitudinaria a finales de primavera y luego durante unas semanas se hace más dispersa y escasa hasta desaparecer tras cumplir su ciclo anual.

Los tallos verticales, finillos y verdes, de hasta un metro de altura, son difuminados por las líneas trasversales y blancas de sus pelos hirsutos, de tal manera que las flores parecen flotar en el vacío. En todo lo alto destacan al mismo tiempo capullos, flores y frutos. Hojas simples de todos los tamaños con profundos entrantes y salientes puntiagudos que les confiere un perímetro complicado y artificioso.

Los capullos tienen forma de pequeño melón o baloncillo de rugby, inclinados hacia el suelo, cabizbajos, poblados de pelos blancos tiesos y dispersos, como toda la planta.  Gordezuelos y cerrados por dos valvas longitudinales (los sépalos), en su interior, plegados y apretados, se encuentran los pétalos y los órganos reproductores masculinos y femeninos. Conforme se desarrolla, el capullo se va hinchando hasta que los sépalos revientan y caen. Si se toma la imagen a cámara rápida se produce un estallido escarlata, una trasfiguración prodigiosa y el asombro de ver cómo se despliegan pétalos tan grandes desde tan pequeño paquetillo.

La corola, abierta y espléndida, ofrece cuatro amplios pétalos solapados entre sí, suaves y brillantes como la seda y rojos bermellón como la sangre. Una cruz negra con las puntas blancas o violáceas llama la atención en su seno y en el centro se erige la urna del ovario, rodeado y medio oculto entre numerosos estambres negros con las cabecillas de las anteras de color de la aceituna.

El esplendor del ababol es delicado y pasa pronto. Los sépalos cayeron ya al abrirse la flor y los pétalos si los tocan unos dedos o los agita el viento se desprenden sin resistencia.

 El ovario parece un coponcillo litúrgico cubierto con un tejadete redondo y ornamentado por varios radios a modo de cumbreras de color oscuro y de aspecto felpudo para atrapar el polen (los estigmas). Tantos radios vemos, tantos compartimentos tabicados conformarán la urna por dentro. El ovario se realza y sin cambiar de forma se hace fruto. Al secarse, por debajo y a lo largo del alero del tejadillo se le abren unas ventanillas muy curiosas por donde se irán volando, como si salieran de un palomar, las semillas.   

Quedan tiesos los tallos con sus urnas frutales a merced del viento, como farolillas de color tostado. Si cogemos una de ellas y con el índice y el pulgar la giramos rápidamente en ambos sentidos sobre la palma de la otra mano, veremos, como si de un salero se tratara, salir a mansalva una fina arenilla de color oscuro. Son las diminutas semillas buscando arraigo. El viento lo hace todavía mejor.

Como planta habitual y accesible pertenece al grupo vegetal de íntimo contacto con nuestra infancia rural.  Comíamos mamachochos y panecillos (1), hacíamos flautines con los tallos tiernos de las sargas, chupábamos las flores azules de las lenguazas para extraer su dulce gotilla de néctar y soplábamos y absorbíamos los amplios pétalos de los ababoles para sacarle vibraciones sonoras y silbidos extraordinarios. Destripábamos los capullos hinchados para comprobar, hecha la apuesta, de qué color eran los pétalos ocultos en su interior.

– ¿Monja, fraile o chichiribaile?

– ¡Fraile!

– ¡Pos…no! ¡Monja!

 Porque los grandes pétalos del ababol crecen y van cambiando de color dentro del capullo, desde el blanco (monja) hasta el rojo carmín (fraile) pasando por diferentes tonos de rosa (chichiribaile).

Abierto el capullo, extendíamos los pétalos formando un cuerpo enfaldonado y los sépalos como brazos u hombreras. Colocábamos el ovario en todo lo alto a modo de cabeza y ya teníamos ¡un “muñequete”!.

“Ir a por ababoles” era una frase frecuente en su momento y actividad frecuente en el pueblo para quienes criaban conejos o gallinas.

Había y hay hoy todavía quien recoge las hojas tiernas recién nacidas para ensaladas o revueltos. Las semillas se usan para aromatizar y ornamentar panes, bollos o tortas de manteca.

Aunque las flores son poco duraderas se ha cultivado en jardinería y usado en ornamentaciones festivas como alfombras de pétalos o en cruces de mayo.

Sería interminable la relación de aplicaciones presuntamente medicinales y otros usos que la tradición nos trajo y que se recoge ya en libros antiguos. Se han combatido las almorranas, diferentes problemas digestivos o asmas y catarros. Para el dolor de cabeza o como tranquilizante. También para teñir lana o dar tonos rojos a vinos y licores.

 Las amapolas o adormideras (Papaver sp) dan nombre a su familia botánica, las Papaveráceas. Son plantas con látex normalmente blanco. Hay un “ababol morado “(Roemeria hybrida) y un “ababol triste” con el rojo desvaído (Papaver hybridum), menos abundantes y llamativos. Del látex de su hermana la adormidera (Papaver somniferum) se extrae el opio y la morfina. Han aparecido testimonios de que hace más de cuatro mil años ya se cultivaba en la Península Ibérica. La adormidera se sigue cultivando en España bajo estricta autorización administrativa, pero como no se pueden poner puertas al campo, se ha asilvestrado y, a veces, podemos encontrar multitud de ejemplares de amapolas blancas en las cunetas, ribazos y campos yermos no lejos de anteriores cultivos. Aunque el ababol carece de morfina, al menos en cantidad relevante, contiene otros componentes que pueden recordarla levemente.

Albert Mucha. El verano, 1896. Art Renewal Center

Los ababoles dan tanta fuerza cromática al paisaje que fueron motivo frecuente de pintores sobre todo a partir del impresionismo. Destacan los cuadros de Monet y más tarde los de Van Gogh o Gustav Klimt.  Alfons Mucha, pintor checo de carteles y anuncios, uno de los más destacados artistas del Art Nouveau, representaba al verano como una joven ligera de ropa en un ambiente crepuscular y acuoso coronada por abundantes amapolas. Amapolas como emblema del verano y del sueño.

 Luis Martínez Kleiser en su Refranero Ideológico español recoge el siguiente dicho popular que daría por sí solo para otro artículo:

“El almirón para el lechón; el vallico para el borrico; la avena, para paja es buena; la pamplina, para las gallinas; la amapola para la lechona, y la lenteja, para la puerca vieja”. (2)

Amapolas de idilios que vuelven tierno y cantarín a Juan R. Jiménez en este conocido poema con cuyo estribillo cerramos:

 “Novia del campo, amapola /

 que estás abierta en el trigo /

 amapolita, amapola /

 ¿Te quieres casar conmigo?”

  1. Los mamachochos eran las semillas aladas y tiernas de los olmos y los panecillos los frutos todavía jugosos de las malvas.   
  2. El almirón es el diente de león (Taraxacum officinale), el vallico es una gramínea forrajera (Lolium rigidum), a la pamplina (Stellaria media), también llamada curiosamente “hierba gallinera”, habita en corrales y cerca de las casas de pueblo donde las gallinas la frecuentan. Las demás especies ya son conocidas por todos. Refrán 2438 p. 27.

 

BIBLIOGRAFIA

-Flora Ibérica, vol I. Real Jardín Botánico CSIC. Madrid.1986.

-Plantas medicinales (El Dioscórides renovado). Pio Font Quer. Editorial Labor,S.A.  1985.

-Refranero General ideológico español. Luis Martínez Kleiser. Ed. Hernando. Madrid, 1989                                                                                              

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