Una oportunidad para la repoblación

Desde los años 50 del siglo pasado, la provincia de Cuenca ha perdido un 40% de su población, bajando de más de 300.000 habitantes a menos de 200.000. Así, sólo 7 municipios de los 239 que la conforman superan los 5.000 habitantes y más de la mitad de ellos no llegan a los 200 habitantes. En cambio, dos de nuestras 50 provincias españolas – Madrid y Barcelona – reúnen el 26% de la población nacional, pese a que juntas apenas suman el 3,12% del territorio nacional, frente al 3,39% que supone la provincia de Cuenca.

¿El motivo de estas diferencias de densidad de población? Todo el mundo parece estar de acuerdo en que el principal es la falta de oportunidades laborales, que obliga a que los jóvenes tengan que emigrar de las zonas rurales a las ciudades en busca de una forma con la que ganarse la vida. Si bien, también podemos citar otros como la falta de servicios públicos (sanidad, educación, etc.) o incluso el déficit en ofertas de ocio o socioculturales.

¿Pero de dónde nacen las causas de todo esto? A grosso modo y como fuentes de las que derivan el resto pueden sintetizarse en dos: la organización territorial de este país y todo lo que ello implica; y, de forma más general, la priorización de la maximización de beneficios económicos tanto en el sector privado como en el público propia del sistema capitalista.

Por un lado, la pésima configuración y encaje territorial de las nacionalidades y regiones que forman el Estado español, que junto con la toma de decisiones y reparto de recursos de forma centralizada y política (no solo a nivel nacional, sino autonómico), ha llevado al mayor desarrollo de unas regiones y al atraso, especialmente industrial y de infraestructura, de otras.

Es claro el poco interés político en el medio rural, en gran medida por falta de nicho electoral, pero también por puro desconocimiento. Las decisiones legislativas y políticas públicas de mayor envergadura son tomadas de forma centralizada en Madrid – cuando no en instituciones supranacionales con sede en el extranjero, principalmente de la Unión Europea – por personas que nunca han pisado una población de menos de 200 habitantes de las que tanto abundan en nuestra provincia, desconocedoras por tanto de la realidad de estos pueblos, y si lo han hecho ha sido bien para realizar una pequeña escapada desde la capital, bien para pasar un par de semanas en el pueblo en verano coincidiendo con las fiestas.

¿Consecuencias? Trámites burocráticos y procedimientos administrativos innecesarios; mala configuración de políticas públicas y proyectos de desarrollo que no consiguen ningún resultado; inversiones inexistentes, ineficientes o, en su caso, innecesarias; y, en general, poca eficiencia en la gestión y aplicación de los – pocos – recursos destinados a estas zonas. ¿El resultado final? Pequeños Terra Míticas para que “gente de la capital” vaya a ver lo que es continuar viviendo con los servicios e infraestructura del siglo pasado para olvidarse de su agitada vida.

Y por otro lado y de forma más global, la raíz se encuentra en nuestro sistema capitalista neoliberal: la priorización de la maximización de beneficios económicos tanto en el sector privado como en el público. Si bien es cierto que la mecanización de la agricultura y ganadería ha hecho descender en gran medida la mano de obra necesaria en el campo y, por ende, en las zonas rurales, ¿por qué no se han asentado otro tipo de fábricas o empresas en algunas de las zonas rurales de nuestra provincia?

 La concentración de fábricas y empresas dentro del territorio nacional consigue un incremento de los beneficios, derivados, entre otras cosas, de la disminución de los costes de transporte de mercancías, de la menor necesidad de inversión en infraestructuras, o de una mayor disponibilidad de mano de obra. Incluso para la Administración Pública supone un ahorro de gastos importante consecuencia de la menor necesidad de inversión en infraestructuras públicas (carreteras, agua corriente, telecomunicaciones, etc.) que sí que se daría con una mayor dispersión poblacional.

En este escenario, la deslocalización de empresas sólo tiene sentido cuando el incremento de los gastos citados venga compensado con la reducción de otros. Esta reducción suele venir de los costes de mano de obra debido a las condiciones de trabajo “más flexibles” y a las legislaciones menos estrictas con la protección del medio ambiente y la lucha contra la contaminación, la inutilización de tierras, etc.

Con todo esto, no tiene ningún sentido producir en zonas rurales; para las grandes marcas, ya sean de ropa, automovilismo, productos manufacturados u otras, porque cuentan con recursos necesarios para deslocalizar parte de su producción a otro país en el que los costes sean mucho inferiores y montar un puente aéreo para después importar los productos, no teniendo ningún aliciente para instalar sus centros productores en entornos más rurales. En la actualidad, probablemente ni siquiera para instalarlos en las ciudades de los países desarrollados, más allá de aquellos puestos de trabajo que sean estrictamente necesarios, referidos a trabajo cualificado enfocado a la gestión y dirección de los centros de producción deslocalizados.

Pero tampoco para las pequeñas empresas. Hace años, en el mundo rural parecía haber cierta confianza en que el comercio online, el teletrabajo, o el tan de moda coworking, suplieran los gastos derivados de producir lejos de las grandes urbes y derivaran en la deslocalización de pequeñas fabricas o empresas dentro de todo el territorio nacional pero, pese a estas iniciativas, la ausencia de infraestructuras y la falta de prestación de servicios públicos y privados siguió haciendo poca atractiva la idea para las familias de mudarse a entornos rurales.

¿Hasta que llegó la COVID-19?

Una pandemia mundial que en el momento de escribir este artículo ha contagiado a más de 4 millones de personas y se ha cobrado más de 300.000 fallecidos – y principalmente en el mundo desarrollado, lo cual probablemente constituya una diferencia cualitativa importante, por desgracia – en apenas unos meses ha puesto en jaque a las autoridades sanitarias mundiales, poniendo en valor la existencia de los servicios públicos sanitarios, mostrándonos la necesidad de que exista una autoridad sanitaria con poder ejecutivo a nivel mundial, y revelándonos una de las peores consecuencias de la globalización de los mercados, entre otras cosas.

En esta situación, todos los expertos parecen coincidir en que se producirá un cambio significativo en la vida de las personas y, si bien podemos pensar que la “nueva normalidad” no diferirá demasiado de la antigua, sí que parece racional pensar que, como defiende Slavok Zizek en su último libro «Pandemia», no será suficiente superar la pandemia y hacer algunos ajustes a nuestro sistema de salud pública, sino que se deberán analizar las condiciones sociales que han hecho posible la epidemia, derivadas de la globalización y el mercado capitalista, para evitar que una situación así se repita.

Aunque este último pensamiento pudiera parecer ciertamente idealista, ya se han producido propuestas y movimientos en el tablero político-económico hasta hace poco impensables, como que el gobierno republicano de Donald Trump anuncie la creación de unos “fondos de emergencia”, que de facto constituirían una renta básica universal, algo hasta hace nada totalmente implanteable en la política neoliberal estadounidense.

Con todo esto, y volviendo a nuestros pequeños núcleos rurales, el biólogo evolutivo Rob Wallace ya alertó en 2016 en «Big Farms Make Big Flu» del riesgo de surgimiento de nuevos patógenos causantes de las enfermedades como resultado claro del proyecto neoliberal, ofreciendo tres características de este proyecto como gérmenes de dichos patógenos: las grandes concentraciones de población, la cría intensiva de animales, y los altos volúmenes de producción industrial.

Al menos el primero de estos tres focos se vería resuelto de forma directa si se produjera una traslación de población de las ciudades a los pueblos, ya que las grandes concentraciones de población facilitan la transmisión de patógenos. Además, las condiciones de tal hacinamiento, en muchos casos insalubre, debilitan la respuesta inmunológica de los individuos. Esto ha quedado demostrado con la reciente pandemia: de acuerdo a todos los técnicos epidemiólogos, la poca y dispersa población de nuestra provincia ha evitado una mayor propagación del virus.

En segundo lugar, según el biólogo, la cría intensiva de animales en granjas industriales para consumo humano lleva a que al no diversificarse las especies pueda haber una rápida dispersión de enfermedades y elimina cualquier tipo de barrera inmunológica capaz de frenar la transmisión. Si bien este foco no se cortaría de forma directa, sí que una población mejor repartida por el territorio nacional podría llevar a mayores hábitos de consumo de productos de cercanía e incluso de autoconsumo, y en cualquier caso al incremento de las pequeñas producciones agrícolas y ganaderas, frente a la actual concentración de macrogranjas y extensiones de monocultivos por las zonas más despobladas del territorio nacional para alimentar con cantidad suficiente los mercados centrales.

Por último, el cambio de pensamiento en lo referente a la alta producción industrial requerirá de un cambio en los modos de consumo más profundo, que deberá surgir de los propios individuos con la instauración de un modo de vida más sostenible, pero a lo que igualmente ayudaría que dicha producción industrial se situase repartida por todo el territorio nacional, apoyada tanto por las administraciones públicas como por los ciudadanos, frente al actual apoyo del sistema neoliberal a las empresas que situadas en los países más industrializados esquilman los recursos – tanto naturales como mano de obra – de los países menos desarrollados.

A principios del siglo pasado, el sociólogo italiano Antonio Gramsci defendió que “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”; así, con todo lo descrito y sin frivolizar con el número de muertos y la desastrosa situación creada por esta pandemia, confiemos en que dentro de esos “fenómenos morbosos” se encuentre la repoblación de nuestros pueblos con el establecimiento de una nueva conciencia cívica y vital más sostenible.

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