¡Llevar piercing es de guarras!

Así es como mi pareja me hacía sentir vergüenza de mí misma. ¿Se puede cambiar el concepto de una persona por llevar un pendiente o es simplemente sometimiento? 

A través de este artículo tengo la oportunidad de sacar a la luz y dar sentido a todas las emociones, sentimientos y experiencias vividas durante mi primer amor. Un amor adolescente, intenso y muy exigente, en el que anteponer las prioridades de tu pareja y dejar a un lado las tuyas era la mayor muestra de amor.

“La violencia en las relaciones de noviazgo de los adolescentes y jóvenes es cualquier tipo de agresión intencionada de un miembro de la pareja contra otro. Suelen encuadrarse en tres grandes tipos: violencia física, psicológica y sexual. Algunas formas de expresar la violencia psicológica pueden ser las manifestaciones verbales (reproches, insultos, amenazas, humillaciones…), imposición de conductas (aislamiento social, órdenes, invasiones de privacidad…), atentados contra la propiedad (destrucción o daño de propiedades, objetos  valorados por la víctima o negación u obstaculización al dinero u otros recursos básicos) y manipulación emocional (culpabilización, atribución de responsabilidad, negación de la violencia ejercida…)” (Rubio-Garay, López-González, Carrasco y Amor, 2017, p.135).

He querido destacar el tipo de violencia psicológica porque fue el que yo sufrí. Redactando estas líneas me han venido a la mente situaciones que viví durante los 5 años de noviazgo. Al principio de la relación todo era maravilloso. Nos veíamos todos los días en el instituto e intercambiábamos miradas de complicidad por los pasillos. Algunas tardes quedábamos a solas en alguna calle poco concurrida evitando que la gente nos viera. Poco a poco me iba demandando más atención y quería pasar mucho más tiempo conmigo. Todas las tardes estaba con él y el tiempo dedicado al estudio y los deberes era el justo y necesario. Pero no se conformaba solo con eso, sino que también quería verme después de cenar. Yo tenía tan solo 15 años y mis padres no compartían esa idea. Pero a él poco le importaban las consecuencias que este hecho tuviera para mí, sólo miraba por su interés. De la misma manera me fue apartando de mis amigos y familiares. A mis amigos solo los veía en el instituto porque dejé de salir con ellos. En cuanto a mi familia, siempre estaba poniéndome entre la espada y la pared. Me pedía cosas sabiendo que mis padres se negarían a aceptar y me exigía que me enfrentara a ellos demostrando así que era capaz de hacer cualquier cosa por él. Pero la cosa fue a más y pretendía hacer de mí una chica a su imagen y semejanza. Es decir, quería cambiar mi forma de ser, de vestir, de hablar y hasta mis hobbies. También decidía mis amigos en las redes sociales porque compartíamos las contraseñas y él se metía en mi cuenta privada y manejaba a su antojo. Si cantaba o bailaba en alguna reunión él se molestaba ya que, según él, hacía el ridículo. Los celos eran parte normalizada de nuestra relación; si una noche hablaba “más de la cuenta” con una persona que no era de mi entorno, se enervaba y sus celos se hacían más que evidentes con sus mensajes y comentarios. Yo tocaba en una banda de música y él desvalorizaba mi habilidad constantemente diciendo que la música no valía para nada. En definitiva, todo lo que yo hacía y disfrutaba era infravalorado por él hasta tal punto que yo misma me lo terminaba creyendo, internalizando y normalizando.

Mi cabeza está llena de historias que podría compartir pero creo que con estas son más que suficientes. También me gustaría destacar que yo era plenamente consciente de que estaba sufriendo violencia psicológica, pero él y sus comportamientos consiguieron que me sintiera tan insegura que llegué a pensar que mi identidad como persona dependía totalmente de él. Me hizo crear tanta dependencia hacia su persona que por un tiempo estaba convencida de que si no estaba con él, no podría estar con nadie más. La luz me la dio salir del entorno rural, comenzar la universidad y empezar a relacionarme con más gente. Gente que no lo conocía y que por lo tanto no estaba condicionada para darme consejos y expresar su opinión. Digo esto porque en un entorno rural, pequeño y cercano como era el nuestro, considero que la gente, los agentes observadores pasivos de nuestra relación, nunca se quisieron entrometer por miedo a quedar mal con alguno de los dos. Tras muchos años de vida y experiencias he observado una cosa que me llama tremendamente la atención y es que mis padres, familiares y amigos nunca se atrevieron a decir en voz alta que estaba sufriendo violencia psicológica. Mis padres me llegaron a decir años más tarde: “Él te quería mucho, lo que pasa es que te quería a su manera”. Creo que, como mis padres, el resto de gente pensó que aquello era cosas de chiquillos y le restaron importancia. Pero seamos realistas, la violencia de género no entiende de edades, queridos lectores.

A lo largo de todos estos años he intentado darle sentido a esa relación y he tratado de buscar una explicación lógica a su comportamiento. Este es un planteamiento muy complicado en el que intervienen numerosas variables, tanto del agresor como de la víctima. Leyendo un poco sobre el tema de la violencia de pareja en la adolescencia he encontrado datos interesantes que me gustaría hoy exponer aquí para haceros reflexionar. 

“Los adolescentes que ejercen violencia hacia la pareja manifiestan que tienen mayor dificultad para manejar la ira y los celos” (Cava, Buelga y Carrascosa 2015, p.441), por lo que no tienen las herramientas adecuadas para adaptarse a su entorno y por ende para relacionarse con su pareja. En esta misma línea, se ha detectado que los chicos que ejercen violencia muestran un peor autoconcepto social y emocional (Cava, Buelga y Carrascosa 2015, p.442). Es decir, tienen una imagen muy negativa de ellos mismos dentro de su entorno social y en cuanto a su faceta emocional se refiere. 

Otra variable importante que interviene en la violencia de pareja es la habilidad para afrontar situaciones difíciles. Según Carrascosa, Cava y Buelga (2018), la satisfacción con la vida modula esta habilidad. Es decir, si no estoy satisfecho con mi vida y tengo un pobre autoconcepto, no voy a tener una buena habilidad para enfrentarme a una situación estresante. Este perfil psicológico y conductual es el que presentan las personas que ejercen violencia. Por lo que me pregunto: ¿Por qué no entrenar en habilidades sociales e inteligencia emocional como una forma de prevenir la violencia? Las habilidades sociales son conductas que permiten relacionarnos con los demás, adaptarnos a nuestro entorno, resolver problemas y enfrentarnos a situaciones difíciles. Todo comportamiento va precedido de una emoción. Por lo tanto, si sabemos identificar y controlar las emociones, podremos comportarnos de forma adaptativa. 

Con esto llego a otra de las dudas que me han surgido de mi experiencia ¿Por qué la gente normalizó su comportamiento? ¿Por qué nadie me dijo que sufría violencia psicológica? Quiero pensar que lo hicieron para protegerme, aunque todavía me cuesta entender qué tipo de protección es esta. Mis padres siempre me apoyaron y me hacían ver que estaba equivocada, pero se mostraron pasivos y condicionados por el sistema tradicionalmente patriarcal al que estaban sometidos. Con respecto a mis amigas, ellas veían que la forma que tenía de tratarme no era la adecuada y, aunque me apoyaban y me aconsejaban, nunca se atrevieron a ir más allá. Es cierto que por aquel entonces (aunque no soy tan mayor, hablamos solo de unos quince años) había unas cuantas parejas de jóvenes adolescentes que mostraban este tipo de conductas, por lo que normalizábamos esos comportamientos. 

En ocasiones pienso que si la violencia hubiera sido física la actuación de mis familiares y amigos hubiera sido diferente. Y eso se debe a varios motivos. El primero de ellos es que la sociedad no está plenamente concienciada de que la violencia psicológica es otra forma más de violencia de género y que este tipo de violencia es más difícil de identificar que la física. Y, aunque no deje marcas visibles, sí deja una importante huella psíquica. 

La conclusión a la que llego es que debemos ser plenamente conscientes de que la violencia psicológica es un tipo de violencia más y que no entiende de edades. No hay que caer en la trampa de que por ser una relación de dos personas jóvenes se puede justificar ese tipo de comportamientos por ser dos chiquillos inmaduros que no saben lo que hacen. Es importante tener claro que la inteligencia no se mide solo con conocimientos. La inteligencia emocional es un campo en el que debemos adentrarnos para cumplir con el objetivo de la equidad real. Porque con un buen control de emociones seremos más habilidosos dentro de cualquier ámbito de nuestra vida y por lo tanto más felices.

Autora: Una mujer luchadora de 123Educafem

Para saber más

Carrascosa, Laura; Cava, María-Jesús &Buelga, Sofía (2018). Perfil psicosocial de adolescentes españoles agresores y víctimas de violencia de pareja. UniversitasPsychologica, 17(3), 1-10. DOI: https://doi.org/10.11144/Javeriana.upsy17-3.ppae

Cava, María Jesús; Buelga, Sofía & Carrascosa Laura (2015). Violencia física y psicológica ejercida en parejas adolescentes: relación con el autoconcepto y la violencia entre iguales.Universidad de Valencia. BehavioralPsuchology / Psicología Conductual, Vol. 23 Nº 3, 2015, pp. 429-446.

Rubio-Garay, Fernándo; López-González, M. Ángeles; Carrasco, Miguel Ángel; Amor, Pedro Javier (2017). Prevalencia de la violencia en el noviazgo: una revisión sistemática. UNED. Papeles del Psicólog / PsychologistPapers, Vol. 38 (2), 2017, pp. 135-147.

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