Educando en Igualdad

UN PROBLEMA DEMASIADO OCULTO

Empiezo a escribir este artículo con un fuerte dilema. El dilema de alguien que es consciente de la importancia de tratar estos temas, pero que no sabe si es el más adecuado para contarlos. Y sí, aunque a ciertos lectores pueda no gustarles, es porque soy un hombre. Y no por el mero hecho de serlo, sino porque debido a esta condición no he sufrido las desigualdades (y no sé hasta en cuantas ocasiones habré sido partícipe de ellas) que aquí se van a tratar.

Sin embargo, intentaré escribir estas líneas desde la lectura más rigurosa y el mayor ejercicio de empatía. Desde la perspectiva de un chico que fue al colegio y al instituto en esta ciudad, y que con los años y la reflexión se ha dado cuenta de que a su alrededor sucedían (y suceden) cosas que no debían ser, a pesar de estar perfectamente normalizadas. Numerosos actos de homofobia, racismo y machismo que son el pan de cada día en las aulas de estos centros.

Si uno busca en Google la palabra “Micromachismo”, encontrará la siguiente definición: “amplio abanico de maniobras interpersonales normalizadas, legitimadas por el entorno social, señaladas como la base y caldo de cultivo de las demás formas de la violencia de género o misoginia: maltrato psicológico, emocional, físico, sexual y económico”. Cuando yo era adolescente no conocía este término, pero en mi instituto se vivía cada día. Demasiadas actitudes, comentarios, chistes o descalificaciones que ante todo reafirmaban lo que habíamos aprendido desde niños: hombres y mujeres somos diametralmente opuestos, con roles sociales bien diferenciados y mundos emocionales irreconciliables. Es decir, un proceso de socialización secundaria que refuerza los cimientos de una desigualdad estructural: el patriarcado.

Entre estas actitudes podrían enmarcarse el comienzo del proceso de cosificación que experimentaban nuestras compañeras, así como un habitual control psicológico dentro de las parejas (por supuesto, todas ellas heterosexuales). Alguien podría, enrocado en un relativismo extremo, intentar quitar hierro a estas actitudes. Al final, oye, “son chiquillos”. Pero esta es la clave de los micromachismos, que están legitimados por el entorno, un verdadero mecanismo de control social para mantener el statu quo.

Sin embargo, ni estos relativistas radicales aplican la misma vara de medir para las consecuencias que observamos producto de la sociedad patriarcal, en la que los micromachismos suponen un pilar fundamental. La mayor de ellas, la violencia de género (en su punto más extremo el feminicidio), producto de una desigualdad estructural entre hombres y mujeres. Desde el año 2003, 6 mujeres han sido asesinadas producto de esta lacra en nuestra provincia (Fuente: Observatorio contra la violencia doméstica y de género del CGPJ). Pero hay otras de gran impacto, como son la falta de oportunidades laborales o la poca visibilidad en puestos públicos de relevancia.

Por tanto, nos encontramos con multitud de problemas consecuencia de una estructura social desigual (el heteropatriarcado), con una clara posición de poder de un género sobre el otro. Una estructura social que, como es lógico, se nutre de mecanismos de socialización y control social que la apuntalan. El más importante de ellos, la educación. Así, no nos queda más remedio que tirar de un clásico: para abordar estos problemas, debemos empezar desde los cimientos, debemos revolucionar la educación. Por ello es fundamental el trabajo que llevan a cabo organizaciones como 1,2,3 Educafem.

1,2,3 EDUCAFEM

1,2,3 Educafem se define como “una asociación feminista, un grupo de docentes que creen que la igualdad efectiva es posible y que la mejor forma de atajarla es desde la base y desde nuestro sistema educativo”.

Para conseguir dicha igualdad efectiva se han marcado una serie de objetivos, entre los que puede destacar la promoción de la coeducación en las aulas de nuestra provincia. En este punto alguien podría preguntarse a qué se refieren al hablar de “coeducar”. Para ello he decidido valerme del artículo escrito en el número del mes pasado por la compañera de Educafem Irene Chumillas, donde utilizaba un par de definiciones para describir dicho concepto.

Así, decía Fernando Lucini (1998) que “se entiende por coeducación el proceso educativo que favorece el desarrollo integral de las personas con independencia del sexo al que pertenezcan y, en consecuencia, entendemos por escuela coeducativa aquella en la que se corrigen y se eliminan todo tipo de desigualdades o mecanismos discriminatorios por razón de sexo y en la que los alumnos y alumnas puedan desarrollar libremente su personalidad en un clima de igualdad real y sin ningún tipo de condicionantes o limitaciones impuestas en función de su sexo”; a lo que añade María Zambrano (2007) que “educar es preparar para la libertad, preparar a cada chico y a cada chica para que sea quien desea ser, para que se despierte a la realidad en modo tal que la realidad no sumerja su ser que le es propio, ni lo oprima, ni se derrumbe sobre él”. Por tanto, coeducar es el camino elegido por estas docentes para tratar de resolver a medio-largo plazo los problemas expuestos anteriormente, deconstruyendo modelos androcéntricos, luchando contra la discriminación de género.

Logo 1,2,3 Educafem. Fuente: 1,2,3 Educafem

También destacan entre estos objetivos la educación afectivo-sexual o el fomento de nuevas masculinidades desde la más tierna infancia. Y es que quizá esa normalización de ciertas actitudes que experimenté en mi época en el instituto tiene en esto su origen. La educación emocional es nula en los centros de nuestro país, al menos cuando yo era alumno. A esto se suma una estructura social que reprime a los hombres que muestran sus sentimientos, los “feminiza” o “infantiliza”, relegándoles de los puestos de poder público. Una estructura en la que hasta hace poco sólo se le dejaba llegar a mujeres a estos puestos si se comportaban como un “hombre” (entendiendo hombre como el constructo social asociado al sexo masculino). Sólo piensen en personas como Margaret Thatcher o Angela Merkel. Quizás fomentando nuevas masculinidades, donde las emociones formen parte de la vida, podemos construir sociedades más igualitarias donde al final ganemos todos y todas.

Equipo directivo de la Asociación 1,2,3 Educafem. Fuente: 1,2,3 Educafem

¿Y cómo pretenden hacer todo esto? Tienen solamente unos pocos meses de vida, pero ya tienen bastantes actividades planificadas. Desde el desarrollo de recursos didácticos para la coeducación a la organización de talleres, charlas o eventos en materia de igualdad en distintos centros de nuestra provincia. Del mismo modo, cabe destacar el apoyo que ofrecen a estos centros para la redacción, solicitud y desarrollo de los Planes de Igualdad y Prevención de la Violencia de Género.

Al mismo tiempo, organizan tertulias como el eduCAFÉ-m, que se autodefine como “un espacio libre de reflexión que ponga el patriarcado patas arriba”. Se trata de “un encuentro pensado para dar luz a las sombras y respuestas a tantas y tantas preguntas en torno al feminismo, comenzando por su propio concepto”. A fin de cuentas, un espacio de discusión, con una metodología dialógica, que le da voz a la gente para así construir nuestro futuro juntas. Algo, por desgracia, que brilla por su ausencia por estas tierras.

eduCAFÉ-m. Fuente:1,2,3 Educafem

REFLEXIÓN FINAL

Cuenta la leyenda que Pablo de Tarso, en su camino a Damasco persiguiendo a los cristianos, se cayó de su caballo debido a un fuerte resplandor, oyendo una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Desde entonces, Pablo de Tarso se convirtió al cristianismo y, aún hoy, utilizamos habitualmente la expresión “caerse del caballo” (o del burro, según la versión) para describir el reconocimiento de un error en el que se ha estado empecinado.

Empecé este escrito afrontando el dilema de tratar una temática tan compleja siendo un hombre y, por tanto, careciendo de la perspectiva necesaria para afrontarla correctamente. De hecho, continúa la discusión dentro de ciertos círculos feministas sobre si un hombre puede considerarse a sí mismo como un feminista. Y yo, desde la más absoluta humildad, y siendo consciente de que no soy la persona competente para resolver esta discusión, considero que sí. Yo me considero un hombre feminista. ¿Y qué es lo que me hace llegar a esta conclusión? Creo que, al igual que le sucedió a Pablo de Tarso, un día me caí del caballo. Y pude ser consciente, verlo por primera vez, de que estaba rodeado por una sociedad que normaliza esta desigualdad estructural, con una prevalencia clara de un género sobre el otro. Aun aceptando que, como todos, soy una pieza más en ese proceso de desigualdad, trabajo por observar mis actos y adecuarlos a mis ideas. Estoy enfrascado en el largo proceso (quizás tan largo como mi vida) de deconstrucción. Y, como yo, mucha más gente.

Por ello me alegro de que existan iniciativas como 1,2,3 Educafem, con la que poder seguir aprendiendo, a pesar de empezar a tener alguna cana. Quizás muchos no somos niños ya, pero la educación debe ser un proceso vital, debemos tener un cerebro “flexible”, afrontar el hecho de que podemos estar equivocados, aunque “siempre haya sido así”. Valgámonos de lo que nos puedan enseñar nuestras compañeras de Educafem. Una educación feminista es útil para toda la ciudadanía, ampliando nuestras habilidades emocionales, “feminizando” los espacios públicos. Empecemos a complementar las discusiones dialécticas con tertulias dialógicas. Alejémonos de los debates al estilo “la Sexta Noche”. Parezcámonos más a Manuela Carmena y menos a Esperanza Aguirre (quede remarcado que me refiero al estilo, no a la ideología).

Invertir en educación (a todos los niveles) es fundamental para asegurar un futuro en igualdad. Pero esta debe ser reformulada para conseguirlo. Debe ser revolucionada. Hay personas que dedican su tiempo libre a ello. Escuchémoslas. Apoyémoslas.

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