Zeus visita Cuenca V

Con paso apresurado, Zeus se dirigía a la entrada de la finca seguido por Andreíta.

  • ¿A dónde vas con tanta prisa? Pensaba que te quedarías a pasar la tarde con nosotros…
  • Esa era mi intención –respondió el dios, empleando un tono de disculpa–, pero tengo que ir cuanto antes a visitar la catedral de la que habla Bernabea. Tengo un presentimiento… ¡Hermes, date prisa!

Hermes, que encerraba entre sus manos las de la abuela Bernabea, se separó de la mujer claramente incordiado por la llamada de Zeus.

  • ¡Ya va, ya va! ¿Por qué tanta prisa? Esa catedral lleva allí ochocientos años, no creo que vaya a desaparecer ahora…
  • Es mi voluntad ir cuanto antes –y, dirigiéndose a la muchacha, añadió–. Andreíta, volveré a buscarte en cuanto pueda.

Sin más ceremonias, Zeus dio un salto en el aire y, en un instante, se había convertido en una poderosa águila que se elevaba hacia el cielo con un vigoroso aleteo y parecía despedirse con su agudo chillido. Con sólo elevarse unas decenas de metros, la precisa vista de rapaz permitió al dios localizar la blanca fachada de la catedral ubicada en la parte alta de la ciudad de Cuenca.

“Siento que una intensa energía emana de ese lugar”, pensó Zeus, impulsándose en el aire con todas sus fuerzas. Unos pocos aleteos y un vertiginoso descenso en picado bastaron para que la regia ave se posara en el mismo sitio que escogiera cuando visitó la ciudad por primera vez.

El olímpico observó la plaza, extrañado. Nada había cambiado. Le parecía que los coches, las personas, las aves que se apoyaban en las cornisas estaban en el mismo punto de partida que en su primera visita, y que se movían en las mismas direcciones que lo hicieran entonces. Incluso estaba el mismo transeúnte que tomó como modelo para metamorfosearse y pasar inadvertido, con sus amplios ropajes y esa especie de casco ladeado. Lo único que había cambiado era que, al fondo, Hermes miraba a Zeus junto a los escalones de la catedral. Al acercarse, el dios pudo apreciar una mirada grave en su mensajero, alejada del relajado estado de ánimo que lo caracterizaba.

  • Esta es la catedral de Cuenca, Zeus. Contémplala: es el lugar sagrado al que acuden los habitantes de esta ciudad en busca de su dios.

El rey del Olimpo observó la mole que tenía frente a sí. Tres grandes arcos apuntados, semejantes a puertas para gigantes, se alzaban de las escalinatas de acceso. Otros tres arcos completaban el espacio del piso superior, como si fueran los hermanos pequeños de los primeros y estuvieran esperando impacientes a crecer lo suficiente para ocupar su puesto en el futuro. Un rosetón ubicado en el centro de la fachada y un remate protagonizado por una galería porticada completaban la imponente faz de la catedral de Cuenca.

“Es la morada de un dios, de eso no cabe duda”, pensó Zeus.

  • Voy a entrar. Quédate aquí, Hermes. Mantente alerta y avísame si sucede algo. Algo me inquieta en este lugar, pero no puedo precisar el qué.

Y con paso decidido ascendió por los escalones hasta las puertas de madera tachonadas con hierro fundido. Empujó una de las dos hojas instaladas en el arco central, que cedió con un chirrido quejumbroso, y accedió al interior del templo. Una vez dentro, Zeus contempló, con una mezcla de admiración y celos, el resultado de la adoración de las personas a dioses más allá de su control. Lo primero en lo que reparó fue en el coro, ubicado en medio de la nave principal, como si quisiera realzar un protagonismo que ya tenía debido a sus dos poderosos órganos. Avanzando por el pasillo lateral que quedaba a su derecha, Zeus repasó, sin detenerse un instante, el contenido de las capillas que salteaban el perímetro del interior de la edificación.

“Son los héroes y heroínas de este culto”, pensó el olímpico al observar los cuadros y tallas, ricamente ornamentados, que mostraban a mujeres y hombres en estilizadas posturas. Imaginando qué historias relatarían las representaciones, Zeus llegó frente a lo que claramente era el punto central del templo: la Capilla Mayor. Una exuberante reja resguardaba una profusión de mármoles, detallistas relieves de estuco y esculturas finamente talladas que conformaban una recargada escena de profundo simbolismo que garantizaba el pasmo de los fieles.

Y allí, frente al altar, de espaldas a Zeus, se encontraba una figura de lisa cabellera cana cubierta con una sencilla túnica blanca. La luz, que adquiría tonos rojos, verdes y amarillos al atravesar las abstractas vidrieras, parecía reflejarse al incidir sobre la espalda de la aparición, como si los rayos ganaran una intensidad perdida tras rebotar infinitamente contra las frías paredes en su caída desde las alturas.

  • Zeus, por fin nos encontramos –dijo Dios, al tiempo que se daba la vuelta, recibiendo al olímpico con una sonrisa benévola–. Bienvenido a mi casa. Ven, acércate y acepta esta bebida. No sólo en Grecia sabéis hacer buen vino, ¿sabes?

Cauteloso, Zeus se fue aproximando al altar donde se encontraba Dios. Tras dar algunos pasos, se dio cuenta de que sus ropas habían cambiado. Ya no llevaba el traje de tres piezas y brillantes zapatos con el que había asistido a la comida con Andreíta y su familia. Ahora portaba su atuendo habitual: un manto anudado a la cintura, con el extremo colgando de un hombro, dejando parte de la musculatura de su torso al descubierto. Dios, al darse cuenta de que Zeus se sorprendía por este cambio, le dijo:

  • En este lugar no puedes ocultarte. Te muestras tal y como eres. Por eso el disfraz que adoptaras para tus aventuras por el exterior se ha desvanecido. Pero tranquilo, tus poderes siguen estando activos, aunque espero que no tengas intención de utilizarlos.

La forma en que Dios había anulado su apariencia, sin que el propio Zeus se percatara de ello hasta que echó a andar, lo había desconcertado. Habituado como estaba a que se hiciera su voluntad sobre todas las cosas, esta casual muestra de poder sobre él lo turbaba en lo más hondo. Pero el olímpico, que hasta entonces había estado callado, casi hosco, por fin intervino a la vez que aceptaba cauteloso el cáliz que le tendía la mano de Dios:

  • ¿De qué me conoces? Parece que te resulto familiar y desconozco por qué.

Dios, reflexionando unos instantes, dio una respuesta críptica a oídos de Zeus:

  • Te conozco muy bien. Y tú me conoces muy bien a mí. Somos muy parecidos, en realidad. Casi podría decirse que somos idénticos, ¿no crees?

Y como Dios viera que Zeus no respondía, sino que lo miraba con el ceño cada vez más fruncido, prosiguió en tono más conciliador:

  • Vamos, Zeus, míranos: los dos somos ancianos, tenemos cabellera blanca, poblada barba canosa, relucientes mantos… Y esto es sólo la superficie. En el fondo también somos parecidos. Citaré algunos ejemplos: en uno de mis colosales enfados, provocado por el descarrío y maldad de los humanos, decidí enviar un diluvio que anegara la Tierra, salvando tan sólo a un hombre y su mujer para que iniciaran la repoblación; creé a Eva, una mujer dotada con una insaciable curiosidad que acabó por investigar más de la cuenta; y Jesucristo, mi hijo, que murió crucificado para salvar a la humanidad… Seguro que estas cosas te recuerdan a experiencias propias.
  • Sí, sin duda evoca episodios de mi vida –y, de repente, con un brillo feroz en la mirada, espetó–. Como también me ha recordado que tú, con tu culto, me relegaste definitivamente del mundo de los hombres.
  • Bueno, sí –replicó Dios, restándole importancia–. ¿De qué te extrañas? Descuidaste tus asuntos. Pero eso es agua pasada. Hoy día sigues siendo venerado, aunque sea de otra manera. Y si hay algo en lo que nos asemejamos, Zeus, es en el gusto que tenemos por que nos rindan culto. Adoramos ser adorados. Y es natural, no me malinterpretes. ¿Qué sería de nosotros si los humanos nos olvidaran? No dejaríamos polvo ni cenizas. Nos desvaneceríamos en el aire, sin que quedara de nosotros ni el recuerdo.

El olímpico reflexionó sobre estas palabras, y decidió finalmente desviar el tema:

  • Tengo la sensación de que me estabas esperando.
  • Porque así era –confirmó Dios–. Zeus, una sombra se ha revelado y oscurece mi corazón. Algo que yacía largo tiempo dormido, ominoso e inquietante, parece estar despertando. Temo que, si esta presencia consiguiera alzarse, si llegara a invocar todo su poder, nuestros reinados habrán terminado –y, desviando la mirada por un momento, agregó más para sí que para Zeus–. Me resulta extraño, pero no puedo concretar más. Sólo intuyo algo atávico, muy antiguo, quizás tanto o más que nosotros mismos. Y está aquí, en Cuenca. Los humanos que habitan esta región también se ven afectados, aunque no lo perciben conscientemente. Algo has debido sentir tú también, ¿verdad?

Y Zeus, que estaba rememorando el episodio de hacía unos instantes en la plaza, donde nada había cambiado tras un día entero ausente, o la inusitada sensación de que el tiempo se había detenido dentro del Bar Tu Rincón, respondió mirando directamente a los ojos de Dios:

  • Sí, algo he sentido –y, presintiendo la respuesta, preguntó–. ¿Por qué me has llamado a mí?

Lentamente, eligiendo cuidadosamente las palabras, Dios sentenció: 

  • Porque, aunque no puedo concretar la naturaleza de esta maléfica presencia, estoy seguro de que está furiosa, terriblemente furiosa contigo.

Esta entrada tiene un comentario

  1. jJuan Antonio

    Muy interesante ver como se enfrentan dos dioses a un enemigo comun.Esperemos a ver que pasa

Deja una respuesta