Otra soledad

El cansancio del tiempo hizo que me desvelase de madrugada. No me considero una persona extremadamente mayor ni cansada, es más puedo hacer auténticas “proezas” atléticas cuando no se me observa. Aunque sí que admito con rigor lo estático, pero no por una cuestión de invalidez o pereza, si no, por una fijación desorbitada en el aprendizaje de notar lo bueno de esto, de saber apreciar la densa lentitud del crecimiento del vello o de sumarse lentamente las entrañas de una estancia: escuchando el empacho de las cañerías, o notar el calor de la electricidad que recorren los cables, preconizar al cristal que te defiende de un viento… Lo bueno de esto, vuelvo a decir, es que no necesito ningún tipo de estímulo extra para excitarme, no necesito drogas como la cocaína. Lo malo es una intensa interiorización de todo lo que me rodea y sí que necesito aprovecharme de otros deprimentes para dormir, quizá algún tipo de trago.

El caso es que un astuto y avorazado hilo de pensamientos fueron los perfectos planificadores para mantenerme despierto, los asesinos a sueldo del sueño, contratados por mí mismo. Me regalaban grandes cuestiones nocturnas a las que, y menos en este momento, podía responder con amplitud en aquella noche dentro de otra noche. La gente me pregunta mucho sobre ello ¿Por qué no puedes dormir? Hemingway relataba que no quería dormir por las noches porque si cerraba los ojos en la oscuridad y se dejaba llevar, su alma saldría de su cuerpo. Yo nunca entendí esta pregunta, porque cada noche era una cosa distinta y le di la razón a Quim Font, para mí el verdadero cuerdo de la novela de Bolaño, con su frase “ese impulso de comunicabilidad es algo que a mi generalmente se me escapa.” Es cierto, la gente tiene que ser así… Somos seres sociales pero cada vez huimos más de lo humano, y no me confundáis, yo creo en la huida y en la evasión, pero propia y propicia. No nos vale ya con lo que tenemos. No queremos disfrutar a las personas de alrededor. Entender que esa gente está peor que tú y si está mejor, envidiarla hasta la más absoluta repulsión creyéndote mayor merecedor que. Doloroso modo.

Sigo sin poder dormir y sé el motivo exacto de esta noche de insomnio… la cita de mañana. No es una cita de enamorados, es un reencuentro con una antigua amiga.

Encendí el teléfono para ver la hora. Las 5:47. Aún tenía toda una larga mañana para que llegase el momento pero que podía hacer, no me apetecía ni leer, ni escribir, ni siquiera masturbarme, tampoco quería fumar cannabis, ni ponerme a ver algo en la tele. Solo quería volver a conciliar el sueño.

«¡Aaah! Vale, ya me levanto». Abrí los ojos y me fijé en el libro de mi mesita. La portada era un pez espada gigante saltando fuera del agua, era una mala edición de “El viejo y el mar”, creo que me costó tres euros y sería como la octava vez que lo leía en menos de dos años. Tenía que entender porque ese viejo barbudo se suicidó cuando dejó un mensaje parcialmente continuista con ese libro, dentro de su contemplación estoica de la vida. Un tipo “duro” como se entendía antes, aceptar los malos tragos sin inmutarse. El problema, seguramente, fue ese. Demasiada inmensidad para entender la vida entre cuatro paredes. Yo siempre creí en el término medio/bajo. Si la vida fuese una línea, viviríamos en la infelicidad del hastío existencial. Pero al naturalizarlo no es tan malo. Habrá cosas peores y mejores, pero serán un suspiro. Hay que aprovechar los dos extremos.

Iba pasando el tiempo e iba pensando en esto «¿Realmente hay que dejar que todo pase sin inmutarnos?» Creo que hay que inmutarse, quizá estar callados alguna vez hasta encontrar a algún camarero que te escuche o cualquier otro ser.

He tenido conversaciones sobre conceptos que orbitan alrededor de la psicología. Una vez tuve una discusión con un buen amigo ya que, para mucha gente, mi manera de entender la vida no es del todo saludable para mí y, por lo tanto, para algunas personas que me rodean, quizá personas que se dejen llevar por mis deshonestos hábitos. A lo que quiero llegar, que puedo ser el enemigo de los psicólogos de mis coexistentes. Antes los entendía como una caterva de gente que quieren meter, en los agujeros de tu cerebro, sus ideas de una “felicidad normativa”, entender tus emociones, valorarlas, para acceder a los estándares sociales impropios, te enjaulan en una felicidad global. Artaud es una gran inspiración para mí, ya que valoraba la belleza de la enfermedad. Estuvo casi toda su vida enfermo, quizá era el consuelo de necios o una verdad tormentosa. Recuerdo el documental de la familia Panero, “El desencanto”. Leopoldo María Panero le cita con la frase: Yo me destruyo para saber que soy yo y no los otros. Todo goce empieza en la autodestrucción. A veces me imagino como será si yo voy a terapia, se dará un estado de alarma, estarán todos los psicólogos de esta ciudad agazapados para asaltarme y querer desmenuzar mi cerebro, estamparlo contra la sartén posada en la vitrocerámica al rojo vivo, cocinarlo y volverlo a colocar cuidadosamente con su sazonado. Actualmente pienso que les doy absolutamente igual, aunque me divierte imaginarlos como buitres antropomorfos.

Abrí una página al azar del libro sobre mi mesilla: Me siento feliz de que no tengamos que intentar matar a las estrellas.

La imaginación es fascinante a veces, nos creemos capaces de hacer tantas cosas cuando esas estrellas nos aniquilarían sin opción. Pero bueno, no debemos meternos con la belleza de lo prosaico. Continuaré con la cabeza gacha.

Pensé en Bolaño y en “la literatura no vale nada” que dijo con el personaje de Lisandro Morales. Esto solo creo que valga para los editores, que sean quizá los que se juegan el cuello por los escritores, a la vez que se lucran y guían. Es todo tan bonito.

Dios son aún las 6.07. El tiempo cada vez es más denso y me estoy deprimiendo. Tengo un póster en la pared de “Abierto hasta el amanecer”. Me imagino la escena de la discoteca con varios cambios: Se mantiene el aspecto vodevil de la estancia, la pasarela que recorre Salma Hayek ahora es distinta, es más larga, en general, el espacio es más amplio. Bien, en las sillas se encuentran poetas de toda la historia de diferentes países. El evento de hoy es un desfile de moda de la generación beat: Kerouac, Burroughs y Ginsberg como motivo principal de la performance, en la estampa ya está Burroughs con un revolver por medio de la pasarela. Mientras, en la zona de DJ ‘s está Rimbaud y Baudelaire pinchando temas de post punk. Y en los callejones del bar se pelean Hemingway y Bukowski (el sueño de trascendencia deseado por el viejo indecente) y apostando como perros rabiosos, Platón y Nietzsche. Camus y Sartre se mantienen al margen, están ofendidos.

En fin, tengo que intentar volver a coger el sueño, creo que tengo una gran tolerancia a la imaginación, y si Ernest puede imaginar asesinando a las estrellas, yo puedo esto, quizá esta tolerancia sea mi virtud más siniestra o la maldición más astuta. Creo que me pondré a escribir.

Haciendo cálculos, llevo tres mil ciento treinta y siete noches sin dormir. ¿Qué pienso cuando no duermo?

Pienso en dormir. Cosa que antes nunca tuve que pensar, simplemente lo hacía. Hay noches que me encuentro por senderos algo confusos. Creo que nunca entendí bien la espiritualidad. Hace tanto tiempo que empecé a desasear mis pensamientos, me dejaba en una estancia a oscuras, agarrando libros, distendiendo las sinapsis generadas por las estructuras hegemónicas, o mundanas en otras ocasiones. Intentando entender nuestra moral en un ámbito profundo y emocional. Intentando entender a las personas. Me daría pena ver a Herman Hesse en la actualidad, se echaría las manos a la cabeza. La gente solo agarra el móvil para ver la cara de otra gente, viendo fingir una vida ridícula y superficial. Gente movilizada por los productos comerciales. Sin méritos instructivos, solo el mero hecho de un entendimiento de su propio mundo, que está ajeno al que vivimos los mundanos. Ellos serían, los supraterrenales, ya no existiría un Bolaño o un Goethe, un Sampedro o un Heinrich Heine.

Hemos perdido el pararte a respirar y cavilar. Ya no digo de una manera solipsista. Ahondar en ti mismo o en tus semejantes. Ser curioso en intentar entender.

Y alguna vez me baila la idea del suicidio y recuerdo a Shakespeare: «A fe que de mí no me preocupo. El hombre no puede morir más que una vez. Debemos a Dios una muerte; dejadla venir como quiera; pues aquel que muere este año ya tiene pagada la deuda del próximo». Pero es un juego con demasiado cargo. No es lo mío. Siento una falsa seguridad, por ahora, como si fuese un niño arropado en las manos de su padre, que piensa que nunca va a morir.

Este cinismo que me atrapa es parecido a la lefa fría. Apoyada en la piel desnuda, deslizada al principio de cinco a cinco poros, luego en tres, hasta quedarse en uno.

No sé lo que pienso por las noches, ni por qué escribo a estas horas. Quizá haya demasiada luz para esta noche tan triste.

Empiezo a coger el sueño, espero no llegar tarde a mi cita.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Alejo

    Bello y muy feroz, como el mundo de los hombres.

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