Ogro. Nueva novela de Altea Cantarero

Fragmentos seleccionados del PROEMIO y del CAPÍTULO 1: LA FIESTA DE LA DOLOROSA

 

PROEMIO

Todo quedó en silencio.

Después de lo que había visto, supo que no quedaba sino ocultar. 

Sino proteger.

Las horas nocturnas se alargaron, llenas de sangre y de tristeza, hasta la madrugada, hasta que las campanas antiguas despertaron al mundo.



[Selección de fragmentos del CAPÍTULO 1]

Cuenca, 15 de septiembre de 1965.

Aquella fría mañana de septiembre, Cuenca amaneció visitada por un ogro. 

La campana de la catedral tocaba a muerto, sin saber todavía realmente por quién.

Pese a que no pasaban más de dos semanas de otoño (porque otoño era ya, pese a lo que dijera el calendario), el helor matutino, agravado por la humedad que subía del Júcar y el Huécar, se dejaba notar con una prontitud mayor que otros años. Iba a ser un invierno duro, la nieve arribaría temprano. Por la bajada de las Angustias ascendía una espesa niebla desde el Recreo Peral, acuciando el tiempo con un viento ligero pero afilado. Era, aún, una hora oscura, con cielo gris de nubes bajas que no se aclararía durante el resto de día.

El padre Lobo había sido quien, abriendo la capilla del colegio como cada día sobre las siete de la mañana, había hallado el cadáver de la monja. Solo que al principio le costó distinguirlo, el cuerpo no parecía un cuerpo humano. 

Ya no parecía una persona.

Las niñas internas aún dormían. 

Sin saberlo, la hermosa ciudad de piedra, sauces y poesía había quedado ya tocada por la desgracia de un ogro desconocido.

Amanecía, en el frío terroso e incólume.

                             

                                                                                                *

El pecho estaba abierto en canal, como si un animal salvaje se hubiera abierto camino intentando desbrozar las capas de piel, carne o hueso, hasta arrancar el corazón. 

El corazón no estaba arrancado en realidad, propiamente dicho, pero sobresalía monstruoso entre los jirones de cuerpo, despedazado (¿era un corazón?) con siete pequeños puñales, casi de juguete, clavados como alfileres en una almohadilla de costura.

El cadáver, tumbado en el altar como una ofrenda pagana y sacrílega, estaba desnudo. Los senos pequeños casi rozaban el mármol, cada uno por un lado, circundando de forma grotesca el espectáculo del pecho destrozado. El pubis emergía como un arbusto tupido, callado, entre los muslos firmes, más musculosos que sensuales.

Las costillas, apartadas entre sí con tosquedad, conminada su distancia como desde una fuerza cósmica invisible en un trasunto de intervención mitológica. Había algo casi goyesco en la imagen. No había sido ningún dios, sin embargo, quién había bifurcado ese pecho: cerca del cuerpo yacía el objeto que el asesino había usado para hacer su trabajo, un serrucho, grande, elemental, extraído de una caja de herramientas que, según acertó a narrar el padre Lobo —capellán del colegio—, se hallaba habitualmente guardada en la sacristía «para cuando había que hacer alguna chapuza».

El joven subinspector Ángel Tuñón Peláez había llegado el primero, junto con tres hombres más, tras la llamada urgente del cura, y comenzaban ya la inspección ocular y el primer interrogatorio al, hasta entonces, principal testigo.

La capilla, recoleta, funcional aunque no exenta de belleza, se encontraba casi en penumbra. Apenas entraba luz todavía por sus ventanales amplios, coloridos, en parte por la hora temprana, en parte por la oscuridad nublada del día. Hacía frío. Pidieron prender todas las luces pero, incluso así, no parecía verse del todo: la escena se antojaba llena de sombras que diríase emerger de la nada.

Tuñón expuso el maletín de inspecciones oculares sobre sobre un papel aislante —«toda precaución es poca en una escena del crimen»—, sobre uno de los bancos. Extremando el cuidado al pisar y sin tocar nada, pese a que tenía calzados los guantes de goma desde que llegó, iba inventariando cada elemento del sangriento escenario mientras otro compañero tomaba fotografías y buscaba huellas, pelos, rastros del tipo que fuera. 

Uno de los detalles que más atrajo su atención fue la distribución de la sangre misma: se extendía por todas partes cercanas al cuerpo pero, en apariencia, de modo deliberado; no en las salpicaduras típicas de un derramamiento natural propio de la terrible agresión corporal sino, más bien, como si el asesino se hubiera detenido en disponerla con orden por ciertos lugares estratégicos…. como un método, como si hubiera querido manchar de modo específico los sitios sagrados, enfatizando con ello el carácter sacrílego: el altar, el cáliz («Hay sangre dentro del cáliz, por Dios bendito») y, acaso, lo más espeluznante: una hostia empapada en sangre había sido cuidadosamente colocada en las manos orantes de la imagen de la Dolorosa, con las mejillas tiznadas de sangre a su vez; la patrona del colegio y motivo central de la capilla, en condiciones normales una estatua de belleza doliente como su nombre, triste y trágica incluso, con ese corazón expuesto atravesado, de impecable factura y grande antigüedad. El orgullo de aquel pequeño templo, que tenía su réplica en la más augusta todavía talla de la Virgen de las Angustias en el emblemático santuario homónimo de la ciudad.

Ángel Tuñón inspiró con gravedad y regresó al arma del crimen, el serrucho ensangrentado que, según había explicado el padre Lobo, era parte de la caja de herramientas que se guardaba en la sacristía «para las chapuzas». Que el arma (¿homicida?) se hallara expuesta de modo tan descarado aumentaba si cabe el misterio, el horror. 

¿Quién, por todos los santos, era capaz de una cosa así?

—¿Las hace usted, las chapuzas? ¿Conoce bien las herramientas y las suele usar? —preguntó Tuñón, incisivo en su cerrado acento astur, tras escuchar al padre Lobo las explicaciones sobre el serrucho, tosco pero eficaz instrumento de aquella carnicería. Lo escrutaba con seriedad. 

—No, en realidad. —Lobo sonó seco—. No suelo encontrar tiempo para las chapuzas, aunque cuando he tenido que hacerlo en el pasado se me han dado bastante bien. Hay un chico para todo en el colegio, un hombre de mantenimiento, Modesto, que se ocupa de esas cosas. 

—¿Y por qué guardar entonces esa caja en la sacristía? 

—No es la única que hay, supongo, pero aquí tiene una básica para cosas que surgen… no sé, pregúntenle a él. Hace poco tuvo que arreglar unos bancos… 

—Así lo haremos, no lo dude —cortó Tuñón, formal en su solemne juventud, anotándolo todo en su libreta con signos taquigráficos (era una de sus muchas habilidades; se había empeñado desde la adolescencia en aprender taquigrafía para ser más eficaz en su trabajo como policía, con el que ya entonces soñaba).

La sangre, sistemáticamente distribuida, como había observado Tuñón desde el inicio. El cuerpo, abierto y destrozado, como una ofrenda indecente en el altar. 

Los ojos eran lo único que no parecía abierto y destrozado: los párpados cerrados con suavidad, casi como si durmieran. 

Pronto empezaría a heder, calibró Tuñón. Aunque hacía frío en la capilla a aquellas horas, la descomposición del cuerpo parecía haber empezado de forma inmediata, tal vez acompañada por las llamas de los cirios. Había restos de velas ya apagadas, a medio fundir, que no lograban disimular el olor de la sangre, de la carne abierta y desgreñada, «a carnicería», pensó Tuñón, con humor macabro. «Las prendió mientras actuaba», imaginó. «Para enfatizar el carácter ritual. Y las apagó antes de marchar. El padre no dijo que estuvieran encendidas al entrar, pero tampoco se han acabado solas, no están del todo consumidas…»

La mujer muerta era, en sí misma, una Dolorosa, una Virgen de las Angustias. Una burla, claro, un trasunto pecaminoso, un sacrilegio como no se recordaba en los anales de Cuenca. Los pequeños puñales, de hecho, habían sido extraídos de la auténtica imagen de la Dolorosa que presidía la capilla, dándole nombre al colegio. El Sagrado Corazón de la Dolorosa. A Tuñón no le escapó que aquel día, 15 de septiembre, era la festividad oficial de aquella Virgen. 

Aquello tenía algo más que anticlericalismo o maldad. Si hubiera sido una gamberrada, un santo o una virgen pintados, desnudados o maltratados… se habría incluso podido pensar en un movimiento contestatario de algún grupo rebelde descontrolado, con más intencionalidad social que religiosa. Pero no: la brutalidad del crimen y la puesta en escena estaban por encima de cualquier consideración racional o política.

Tuñón se aproximó al cuerpo y entonces lo notó. Otro olor, al principio imperceptible por la distancia y la predominancia del más plomizo perfume de la cera y del propio hedor a sangre. Olía a vino rancio, un leve rastro a alcohol enredado en peste a caldo barato de misa. Acercó su nariz todo lo que pudo sin tocar la piel. Sí, ahora lo notaba con más nitidez: habían untando el cuerpo con vino. Tuñón chasqueó la lengua, con fastidio. Eso iba a perjudicar la toma de posibles huellas. Si es que quedaba alguna.

Se fijó en sus pies, anodinos, casi infantiles; las piernas algo separadas, a los bordes del altar. No daba, pese a todo, impresión de agresión sexual, aunque habría que esperar a la autopsia. Buscó sus dedos, las manos que descansaban a los lados, con simpleza. No encontró restos en las uñas, no parecía haber señal alguna de defensa. El rostro estaba casi tranquilo, la boca entrecerrada… casi normal, si uno se olvidaba del rojo horror de más abajo, lo que empezaba más allá del cuello. Tuñón levantó la vista a Lobo con gravedad.

El cura volvió a persignarse, sin poder retirar los ojos del cuerpo profanado, la desnudez indecente y mancillada.

 

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