Mito “Los Ojos del Júcar”

Los mensajes transmitidos por los mitos siguen siendo tan válidos ahora como en el pasado, ya que tienen aplicación en lo que sucede en la vida de las personas. No deben interpretarse literalmente, por supuesto, sino que se deben leer como si de fábulas se trataran. El mito relatado a continuación no es una excepción, ya que “explica” el origen del mundo y, en concreto, de una peculiar formación geológica conocida como “los Ojos de la Mora”, visible en la hoz del Júcar. Además, aborda otros temas que han ocupado siempre la mente de los seres humanos, como el sentido de la vida o el amor.

En el principio, el universo era solo la deidad. Miró a su alrededor y, al no ver a nadie más, dijo: “Yo soy”. Entonces sintió miedo. Reflexionó: “¿Por qué siento miedo? No hay nada más que yo”. Y al surgir este pensamiento, desapareció su temor.

Sin embargo, se sintió infeliz. No quería estar sola, así que transformó su voluble cuerpo hasta que adoptó la forma de un hombre y una mujer abrazados. Sin separarse, se miraron a los ojos y uno dijo:

    • Yo soy Madre. Ya no me siento infeliz.

El otro observó a su compañera y dijo:

    • Yo soy Padre. Ya no me siento infeliz.

No había nada aparte de ellos dos, así que no tenían ningún lugar a donde ir. Estaban simplemente suspendidos en el Vacío. Continuaron abrazados hasta que Padre notó que algo lo empujaba y estorbaba su agradable postura. Como le resultaba imposible seguir unido a Madre, se separó y buscó la causa de su incomodidad. El vientre de Madre estaba abultado, pues había quedado encinta. Entonces Padre se complació y se puso junto a Madre para auxiliarla durante el parto. Fue así como nacieron las estrellas del firmamento, incluyendo la Tierra, el Sol y la Luna.

Padre y Madre se trasladaron a la Tierra y caminaron. Observaron que todo estaba frío y vacío. Las montañas y las llanuras no tenían más que una capa de polvo que las cubriera, y la diferencia entre una pradera y un desierto únicamente se hallaba en el color de la arena. Sentían que algo faltaba. Así pues, con la llegada de la noche, se unieron de nuevo y, al amanecer, la fecunda Madre alumbró árboles, hierba y arbustos, que ocuparon los alrededores. También engendró las aves, las reses, los insectos y muchos otros animales, creando a todos ellos en parejas.

De esta manera, Madre concebía por las noches y, en el momento en que el Sol aparecía por el horizonte, Padre la atendía en el parto. Luego, durante el resto del día, se desplazaban a otras regiones. Así fueron pasando las estaciones, mientras todo se llenaba de caprichosas formas y alborozados ruidos y colores.

Una madrugada, cuando Padre se preparaba para atender a Madre, esta le dijo:

    • Espera, sigamos descansando. Necesito más reposo esta vez.

Padre comprendió, y se tendió de nuevo sin replicar. Cuando llegó el momento, Madre dio a luz a los seres humanos y presenció cómo Padre los instruía acerca del deber, la disciplina y, en definitiva, en el modo en que las cosas funcionan en sociedad. Cuando finalmente alcanzaron su madurez, Padre y Madre dejaron que sus hijos siguieran su propio camino sin interferir, regocijándose únicamente con su contemplación.

Un día que pasaban por un poblado, la atención de Padre recayó en un anciano encorvado, cargado de achaques, con la piel ajada por efecto de la intemperie y de los años, que amenazaba con caer a cada paso que daba. Padre no dijo nada, pero su regocijo desapareció. Madre sonreía.

Al día siguiente, Padre escuchó unos fuertes alaridos provenientes del interior de una choza. Al asomarse, vio a una joven tendida en un lecho, retorciéndose como si la acosaran grandes dolores, el rostro encarnado por el padecimiento. Padre no dijo nada, pero su semblante se ensombreció. Y Madre seguía sonriendo.

Pasado un tiempo, Padre observó cómo una multitud se arremolinaba en torno a la choza de la joven. Había fallecido, y sus vecinos estaban despidiéndola y consolando a la familia.

Disgustado por estos descubrimientos, Padre se internó en un bosque cercano. Hasta ahora no había experimentado otra cosa que gozo, pero las visiones de los últimos días le mostraron un terrible aspecto de la vida en el que no había reparado. Al mirar a su alrededor, percibió aterrorizado que esta faceta lo invadía todo. Los animales trataban de arrancarse las carnes unos a otros, siendo los pequeños y débiles los más acosados; los insectos eran pisoteados sin consideración, consumiéndose cientos de ellos en un instante; las plantas eran carcomidas, quebradas, agujereadas y vaciadas, muriendo algunas y languideciendo otras.

    • ¿Qué sucede? –preguntó Madre acercándose a Padre– ¿Acaso no te agrada lo que ves?

Padre, incapaz de contestar, se puso a llorar amargamente. No encontraba descanso ni consuelo en la compañía de Madre, pues entendía que ambos eran culpables de todo el sufrimiento de la vida que habían creado. Tantas lágrimas vertió que comenzó a inundar las zonas de la Tierra por las que pasaban. Surgieron así los ríos, los lagos, los mares, los océanos. Allá por donde pasaban, Padre veía agonía y muerte, y no podía contenerse.

Muchas veces se alzó y se puso el Sol mientras Padre, abrumado por el dolor, se dejaba guiar por Madre. Aunque él estaba destrozado y no podía asistirla, Madre se internaba sola en las aguas que Padre había vertido, concibiendo y dando a luz por sí misma. Así aparecieron los peces, los corales, las algas y otros seres que hacen del agua su medio.

Fueron recorriendo todas las regiones del mundo: Padre llorando y Madre sonriendo. Hasta que un día, Padre se detuvo bruscamente. Su atención se centró en un conjunto de amenas rocas apiñadas, flanqueadas por dos ríos, conformando un improbable paisaje que, sin embargo, allí estaba. Había algo en su forma, en cómo se recortaba contra el cielo al tiempo que se sentían sus raíces ancladas profundamente en la tierra, que lo conmovió. Y ahí, sobre ese promontorio, Padre vio cómo hombres y mujeres formarían una comunidad, en la que unos hogares penderían sobre el abismo confiados a armazones de madera asentados en la escarpa, mientras que otros se apiñarían ocupando cada resquicio que el terreno ofrecía; donde los hijos serían criados bajo la premisa de que la vida, como la libertad, se conquista con esfuerzo, arrostrando el sufrimiento; donde el anciano y el enfermo vivirían aprovechando sus años, aportando en la medida de sus posibilidades al poderoso ideal subyacente.

Padre dejó de llorar y se volvió hacia Madre:

    • ¡Es tan bello…! –exclamó, extasiado– Sí, ahora lo entiendo. Sé por qué sonreías y ahora sonrío contigo. Y sé por qué seguías trayendo vida a este mundo a pesar del dolor y sufrimiento que implicaba para nuestras criaturas…

La compasiva Madre, cuyo rostro resplandecía por el placer que le causaba la revelación que había experimentado Padre, respondió:

    • ¡Al fin has comprendido! No era mi tarea aliviarte del dolor, sino que debías ser tú mismo quien lo asumiera. Aun así, te he acompañado a cada instante y he padecido junto a ti, aunque no te dieras cuenta.

Hizo una pausa y contempló los alrededores despacio, recreándose.

    • Vamos, es momento de descansar. Echémonos en esta ladera.

Y tras pronunciar estas últimas palabras se acostaron juntos, uniéndose en un último abrazo, mientras Padre quedó mirando para siempre aquel hermoso lugar enmarcado entre dos hoces.

Los Ojos de la Mora, en la hoz del Júcar.

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Alejandrto

    Muy bonito, emociona.

  2. ANTONIO ESCAMILLA CID

    MARAVILLOSA ´e insuperable narración de la creación del universo y del hombre. El génesis, y otras interpretaciones como las de los Mayas, Aztecas, Egipcios…, no les llegan ni a la suela de los zapatos a este original y extraordinario texto. FELICIDADES y un saludo. Antonio Escamilla Cid.

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