La mujer tras el pintor

La historia real de Mari Carmen Flores Aizpuru, compañera y amante del famoso pintor abstracto Bonifacio Alfonso

Autora: Devora Rogers.

Traductora: Lidia Muñoz Solera. 

En 1964, cuando España llevaba treinta años bajo la dictadura franquista, un humilde pintor se sentó a la mesa de una pareja bien avenida que regentaba una popular tienda de artículos de pesca en San Sebastián. Se habían conocido porque él, modestamente, había rotulado la publicidad de su negocio. La pareja terminó por cogerle cariño. Durante un año, todas las semanas se reunían para comer bacalao en salsa verde o marmitako. Contaban historias, reían y se hicieron buenos amigos.

Un día, el pintor le dijo al marido: “Tengo que dejar de venir. Me he enamorado de tu mujer”. Cuando el marido, perplejo, lo mencionó a su mujer, ella sacudió la cabeza, sorprendida. En su interior, sin embargo, saltaron las alarmas.

Es cierto que amaba a su marido y ambos compartían una vida agradable y feliz. La mañana de su boda, se saltaron el tradicional ayuno previo a la comunión en una boda católica. Celebraron un festín, como auténticos rebeldes, en los bosques de Donosti. Sirvieron platos tradicionales, como croquetas con bacalao y merluza a la vasca. Justo antes de la ceremonia en la iglesia, fueron a bañarse a una bahía. Él era un hombre sano y respetable, al que ella amaba y cuidaba.

A pesar de todo, en ese momento ella supo que, también se había enamorado… del humilde pintor.

Intentó sacudirse el sentimiento, sin éxito. Se retiró a vivir a un caserío, con la esperanza de que la pasión que sentía finalmente remitiera. Pero no sirvió de nada. No podía parar de pensar en aquel pintor: alto, ancho de hombros, despeinado, de nariz marcada y medio gitano que antaño había sido también novillero y músico jazz. Finalmente, se lo confesó a su marido y ambos acordaron que ella debía buscar al hombre del que se había enamorado. Se marchó con lo puesto.

Cuando se subió a al tren para ir a su encuentro, su madre le escupió, la acusó de “salvaje” por abandonar su matrimonio y huir con un hombre en bancarrota, inestable y excéntrico.

Esta mujer era Mari Carmen Flores Aizpuru, pero todos la llamaban sencillamente Flores. Y él, Bonifacio Alfonso, a quien todos también llamaban por su nombre de pila, fue el amor de su vida.

Con el tiempo, Bonifacio se convertiría en un artista clave del panorama emergente del arte abstracto. Lo mismo ocurrió con Antonio Saura, Gerardo Rueda, Manolo Millares, Eusebio Sampere y Gustavo Torner. Pero ni Bonifacio ni Flores sabían todavía nada de todo esto aquella primera noche que pasaron en Bilbao. Ella lo miraba pintar desde la cama, en una habitación con derecho a cocina. Todavía no sabía todo lo que tendría que vivir. Solo sabía que lo había dejado todo y, en un solo día, se convirtió en una mujer nueva en la que apenas se reconocía. Una mujer que escogió el amor por encima de la seguridad. Una mujer que lo arriesgaría todo a cambio de una vida llena de incertidumbres, pero una vida auténtica compartida con el hombre que amaba.

 

Flores y Bonifacio Alfonso en su estudio de Cuenca. Del libro "Bonifacio en los campos de batalla".

Poco tiempo después, sus vidas cambiaron radicalmente. Tras años viviendo en el anonimato, en 1967, Bonifacio vendió su primera obra a un conocido filántropo y amante de las artes: Fernando Zóbel, quien había fundado recientemente el Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca. El panorama del arte abstracto estaba en boga en la ciudad, así que Zóbel animó a la pareja a mudarse allí. Así, Bonifacio podría centrarse en sus cuadros y rodearse de sus iguales. La ciudad, rodeada de cerros, no estaba lejos de Madrid y era conocida por sus icónicas casas colgadas. Flores pasaría los próximos 50 años de su vida en una de ellas.

Juntos, se convirtieron en personas clave de la comunidad artística emergente en Cuenca. No se trataba de cualquier comunidad artística: aquí estaban los pintores de mayor renombre de España, incomparables en el arte abstracto de la posguerra. El círculo de pintores al que se unió Bonifacio se gestó como forma de rebelión al régimen opresor de Franco.

Vivían sin hablar de Franco. Hablar de Franco era arriesgado. Su arte hablaba por ellos. El régimen franquista asesinó al padre de Bonifacio en Bilbao y encarceló al padre de Flores. Vivieron con temor al régimen represivo y autoritario de Franco. Pero resistieron y, mientras tanto, crearon unas obras que dejaban testimonio de la historia de España.

Bonifacio era impredecible: un bebedor y un vividor acérrimo. Flores veía más allá de sus demonios. Para ella, él era un portal entre dos mundos. Le revelaba un nuevo universo, le mostró lo que eran el arte y la pasión. Él la comprendía: sabía que era tan radical e insumisa como él. Todo ello, en una época en la que España vivía bajo el brutal mandato de un brutal dictador.

Con el éxito de Bonifacio, sus cuadros empezaron a exponerse en grandes galerías y museos en toda España y el extranjero. Formaron parte de exhibiciones y colecciones en Madrid, Oslo, París, Stuttgart, Ámsterdam y Londres. Se sabía que Antonio Saura, quien alcanzó mayor reconocimiento comercial del grupo, tenía colgado un cuadro de Bonifacio en su hogar. Bonifacio era considerado el pintor del pintor.

Durante todo este tiempo, Flores le acompañaba. No podían casarse, porque bajo el régimen franquista el divorcio era ilegal. Legalmente, seguían unidos a sus cónyuges previos: Yvonne y Mariano. No obstante, su historia de amor era un acto de rebeldía y desafío que nadie podía negar.

Para Bonifacio, Flores era su refugio y su hogar. Aunque ella no era artista; siempre se consideró a sí misma un ama de casa. Preparaba la comida a Bonifacio y a los artistas que lo acompañaban. Se la veía frecuentemente traer tortilla de patata o jamón ibérico al grupo de artistas. Se sentaba, en silencio, al fondo del cuarto y escuchaba mientras ellos intercambiaban sus batallitas y sus métodos. Los pintores querían a Flores como a una más. Gustavo Torner, Antonio Saura y Zóbel se sentaban frecuentemente a su mesa y le dedicaban obras de arte. En una ocasión, Torner le regaló uno de sus últimos catálogos dedicados. Solo dos personas recibieron este catálogo con la dedicatoria de Torner: Flores y el Rey.

Flores empezó a trabajar limpiando habitaciones en una posada para poder pagar las pinturas al óleo y los lienzos de Bonifacio. Con el tiempo, incluso llegó a comprar su estudio de arte con su humilde salario. Puede que fuese por aquel entonces cuando empezó a llevar su famosa bata blanca. La llevaba a todas partes. La llevaba puesta cuando la conocí, 35 años después.

Teníamos una amistad peculiar. Para empezar, ella tenía 43 años más que yo. Cuando nos conocimos, yo no hablaba español, así que hablábamos en francés. Ella había aprendido viendo películas extranjeras, que ella y su marido veían al otro lado de la frontera, porque estaban prohibidas en España. Al principio, hablábamos un francés titubeante y lento, hasta que mejoré mi español. Empezamos charlando en el rellano, cuando me traía bacalao al ajo arriero o arroz con pollo. Un día, después de haber estado hablando durante horas, sentadas frente a mi puerta, finalmente me invitó a pasar a su casa, que estaba un piso más abajo del estudio que ella me había alquilado.

La puerta era muy angosta. Al otro lado había unas escaleras empinadas y desiguales que daban a una habitación llena de cuadros y otras obras de arte de valor incalculable. Tenía una sencilla tabla de madera sujetada por dos caballetes que, además de cartas y objetos encontrados, estaba repleta de libros de arte y recuerdos que Bonifacio le había enviado a lo largo de los años desde su separación. Cuando entré a su apartamento, me di cuenta, asombrada, de que esta mujer, que me limpiaba la habitación cada día estaba en el vértice de una explosión cultural de arte abstracto. Su apartamento, desconocido al mundo exterior, era un testimonio viviente de la creación de estos artistas.

Las obras eran atrevidas: figuras abstractas que evocaban cuerpos enterrados bajo lienzos, bocas abiertas, toros embistiendo. Con frecuencia se comparaba a Bonifacio con el pintor estadounidense William de Kooning. Su arte, y Flores, parecían decir: “No, la vida no es esto. Nosotros moldeamos nuestra vida. La vida no es lo que dice el dictador. Lo que dice el dictador no es la verdad”. No era seguro usar esas palabras, pero este era el mensaje de su obra. Hay una cita de Bonifacio que dice: “Una pintura es buena cuando en ella hay lucha. La pintura es siempre la gran aventura a vida o muerte, en la que se puede ganar o perder. La pintura no es solo cuestión estética o arte decorativo: es algo que forma parte de la vida. Es expresión, es testimonio, es permanencia, y mucho amor”.

Mari Carmen Flores. Fotografía aportada por Jenny Morter. Fotógrafo desconocido.

Con el tiempo, nuestras comidas semanales se convirtieron en un refugio para mí. Yo, que estaba lejos de casa y con un trabajo poco satisfactorio como profesora de inglés, me sentía desdichada prácticamente cada día. Excepto cuando estaba con Flores. Con ella no pasaba el tiempo. Me cantaba en euskera, aunque prácticamente lo hubiera olvidado: Franco había prohibido hablarlo y enseñarlo. Pero las canciones no las había olvidado, me las cantaba con las comidas de los domingos en la cocina mientras bebíamos champagne y preparábamos txipirones en su tinta con picatostes. Nunca he comido un plato más delicioso que los que me preparaba ella. Nunca me he sentido tan cómoda en una mesa como en la suya.

Con el tiempo, Flores empezó a invitarme a dar con ella uno de sus paseos más sagrados: la bajada del casco antiguo a una pescadería del centro, regentada por un hombre vasco que la llamaba cuando el pescado llegaba fresco. Le decía “bájate ahora, Flores, que te vas a morir con el pescado que tengo” o bien “ni te molestes, lo que está entrando esta semana es una mierda”. Según lo que dijera el pescadero, nosotras nos dábamos ese paseo, o no. Flores alababa las virtudes del mar Cantábrico. Decía que en él los peces debían pelear más: “Los peces del Cantábrico tiene que luchar por su vida. No tienen una carne fofa. Luchan por la supervivencia. Por eso el pescado sabe mejor”.

Paseando y comiendo con ella, descubrí que Flores había abandonado la escuela a los ocho años. Desde que los franquistas se llevaron a su padre, su madre necesitaba ayuda en el bar. Aunque Flores sabía leer, le costaba mucho y muchas veces decía que era analfabeta. A pesar de ello, sentía una curiosidad intrínseca por el mundo: la política, el arte y su capacidad para transformar la existencia.

Trabajó durante 20 años en la Posada San José, un alojamiento en Cuenca bien conocido por su hospitalidad, que ella preservaba. Su cargo era el de gobernante de la posada, pero en realidad era mucho más. Según su mejor amiga y dueña de la Posada, Jenny Morter, Flores era la primera en llegar y la última en marcharse cada día. Hacía las camas más impecables que pudieran imaginarse. Los clientes solían preguntar si el personal planchaba las sábanas después de haberlas puesto en la cama, pues no tenían ni una arruga.

Flores ejecutaba su trabajo con una elegancia y ligereza incomparables. Todo en la Posada era importante para ella: cada sábana, cada mesa puesta, cada vino que se servía. Compartía sus métodos con el personal con precisión. No era una sorpresa que alojase a personajes famosos: bailaores de flamenco, políticos, periodistas y otras celebridades. Cuando salían a pasar el día, ella se paseaba por sus habitaciones para descubrir detalles sobre ellos. Se fijaba en la ropa que llevaban, en las postales que recogían. Reflexionaba sobre qué podía llevar a sus habitaciones al día siguiente: una flor, una pieza de fruta fresca… algún testimonio de la atención que se les prestaba y que les agradase.

Flores estaba decidida a llevar una vida que la conmoviera. Cuando tenía setenta años, me dijo: “Las mujeres de mi edad tienen miedo. Sentadas en sus butacas, no quieren ver una película que les incomode, no quieren perderse en la música, no quieren sentir; se han quedado emocionalmente atascadas, no se mueven, como las setas. Pero yo no. Yo todavía siento amor. Yo todavía siento deseo”.

Tras 22 años junto a Bonifacio, él la abandonó inesperadamente en 1986. Él le dijo que quería pasar más tiempo pintando en solitario, en Madrid y en su estudio, que estaba subiendo la cuesta de su hogar en Cuenca. Pasaron semanas antes de que Flores se diera cuenta de que Bonifacio no volvería a casa. Fue Antonio Pérez, crítico de arte contemporáneo, fundador de la Fundación Antonio Pérez y amigo de Bonifacio, quien le dio la noticia: Bonifacio la había dejado por otra mujer. Flores se quedó devastada y pasó años sufriendo la pérdida. Sus allegados la apoyaron, pero no pudieron sanar su corazón roto.

Para recuperarse, Flores empezó a dar paseos por el cerro con sus perros. Caminaba. Caminaba sin descanso. Para cuando volvía a casa, con las mejillas rosadas, sentía ganas de vivir un poco más. Empezó a contemplar la inmensidad de la naturaleza. Necesitaba abrirse al mundo y no dejar que el dolor acabara con ella.

Flores en su cocina, Cuenca, España. Foto de Devora Rogers.

“Me di cuenta de que estaba muy sola, de que tenía que valerme por mí misma. Me estaba pasando una cosa en la que no me podía ayudar nadie. Tenía que solventarlo yo, tenía que buscar mi sitio, tenía que poner los pies en la tierra. Sabía que tenía que decidir dónde tenía que luchar, dónde tenía que tirar pa’lante. Al principio yo no sabía si quedarme aquí o si irme a San Sebastiano o a Madrid. No sabía dónde vivir, no sabía qué hacer en este mundo. Tenía la sensación de que no pintaba nada en este mundo y entonces dije ‘bueno yo tengo aquí mi casa, yo tengo que vencer lo que me ha pasado aquí mismo, en este escenario, por narices. Porque sí. Tarde lo que tarde y me cueste lo que me cueste. Y lo hice. Empecé… a quererme’.”

Para cuando yo llegué a su pequeño apartamento en España, poco más de una década después, ella prácticamente se había recuperado de la ruptura y había retomado el contacto con Bonifacio. Él solía llamar al fijo que compartíamos un par de veces a la semana. Con voz rasgada por el tabaco, gritaba: “¿Flores? ¿Se me oye?”. Yo voceaba a Flores desde la escalera y ella se ponía al teléfono, se reía como siempre lo hacía y hablaba con su antigua alma gemela, como si no hubiera pasado el tiempo: “Hombre, ¿qué tal?”.

La contribución de Flores a este rebelde movimiento cultural, a pesar de haber sido las paredes de las que los pintores colgaron sus cuadros, no ha obtenido reconocimiento. Flores rehuyó los focos de la vida pública: no iba a inauguraciones, no se pasaba por las exhibiciones junto a Bonifacio, sujetando una copa de vino frente a las cámaras. No necesitaba las alabanzas ni la atención del público. Además, estaba ocupada desempeñando una labor históricamente femenina: mientras él acudía a inauguraciones, ella limpiaba el estudio, le preparaba sus comidas favoritas, cuidaba el hogar.

Su historia, al fin y al cabo, es compartida por todas las mujeres que lo han entregado todo a un movimiento a un hombre. Adrienne Rich escribió que las mujeres, como Flores, “renunciaban al poder por amor”. Gracias a ella, Bonifacio pudo alzarse y dejar una marca en la historia. Cuando él se marchó, ella se dedicó a una vida casi monástica, como una objetora de conciencia, y empezó a vivir siguiendo sus propias normas.

Todo el mundo tiene derecho a una cama. También deberían saber cómo se hace una. Las toallas se secan mejor a la luz de la luna. Se pueden poner plantas delante de cuadros si ahí es donde la luz es mejor. Hay que cuidar a los trabajadores, a los carniceros, a los pescaderos, a los dependientes del supermercado, a los limpiadores, a los bedeles. Hay que tener claro quién está al mando y qué están dispuestos a hacer para seguir ahí. Hay que prestar atención a lo que necesitan los demás y sorprenderles con pequeños detalles: un bizcocho hecho con aceite de oliva, una flor en un jarrón. Cuando ha sido un día duro, hay que apagar las luces, abrir las ventanas y relajarse al son de la música, a oscuras. Por encima de todo hay que seguir los instintos, incluso si ello pone tu vida patas arriba.

Bonifacio falleció en San Sebastián en 2011. Sus cuadros todavía están expuestos en el Museo de Arte Abstracto Español y en la Fundación Antonio Pérez, junto a una foto de Flores y Bonifacio, con su prensa calcográfica. Ella, con su cabello plateado, en su bata blanca, y con su atención fija por completo en la creación de él. Ese es el único rastro que queda de los 22 años que Flores pasó junto a Bonifacio.

Devora Rogers y Flores en la Posada de San José, Cuenca. Foto de Devora Rogers.

En la etapa final de su vida, Flores se dedicó a cuidar a los ancianos. Les lavaba los platos, les pelaba los guisantes, cocinaba para sus amigos y atendía a un círculo de amigos muy pequeño pero muy cercano. Cuidaba sus geranios y mantenía su hogar impoluto.

Flores pasó su último año de vida en cuarentena en su apartamento. Había contraído COVID, pero se recuperó. También sufría demencia, que fue empeorando con el trascurso del año. Después de un año perseguida por la muerte, Flores falleció mientras dormía el 30 de diciembre de 2020.

La virulenta pandemia y del frío invernal que asolaban el centro de España no impidieron que decenas de personas se acercaron a expresar sus condolencias. El 11 de enero, tras el funeral en la catedral de Cuenca, llevaron sus cenizas al cementerio de San Isidro, subiendo por la cuesta de su casa. Los restos

de Fernando Zóbel, Antonio Saura y Bonifacio yacen cerca de los de ella. La ceremonia, en la que se respetó la distancia de seguridad, llegaba a su fin cuando uno de los asistentes levantó su teléfono. En él, se reproducía el himno de Edith Piaf Non, je ne regrette rien. El sol asomaba por entre las nubes por primera vez en días.

Puede que fuera una rebelde silenciosa. A pesar de la mano de hierro de la Iglesia católica y de un dictador autoritario, ella priorizó su vida. Junto a Bonifacio y sus cuadros, priorizó su vida. Con el corazón roto, priorizó su vida. En tal contexto, priorizar la propia vida no fue otra cosa que un triunfo radical.

Casi puedo oírla en la cocina, enfundada en su bata blanca, con el pelo plateado recogido, dando una palmada decidida: “¡Hala!”

“Fíjate, qué brisa viene del cerro”.

“Vamos a dar un paseo”.

“Vámonos, que la vida es nuestra”.

Flores. Foto de Devora Rogers.

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