La estética de los nadadores

LA ESTÉTICA DE LOS NADADORES.

Ana Belén Rodríguez Patiño (Cuenca, 1970).

Un hombre ha aparecido asesinado en el Puente de San Pablo. Encontrar al culpable no está siendo fácil.

CAPÍTULO 15 (extracto).

Me vestí con celeridad y salí con la intención de ver in situ el lugar del crimen, refrescar algunas ideas o tener alguna nueva. El Puente de San Pablo, erigido a golpe de madera y metal a partir del semiderruido de piedra del siglo XVII (en 1895 se derribaron los arcos que aún sobrevivían y en 1902 se terminó el actual) daba comienzo por la zona de la montaña a la parte antigua de Cuenca. Se levantaba sobre la llamada hoz del Huécar, uno de los dos ríos que atravesaba la ciudad, junto al siempre caudaloso Júcar.

Para llegar a él, recorrí una calle paralela a la principal, de casas nuevas y poca simetría en general, pero con una bonita panorámica al fondo agigantándose conforme avanzaba.

Desayuné en un bar de barrio, de esos que llenan bien el vaso sin necesidad de pedirlo, y seguí después a la par del Huécar que, merced a una primavera lluviosa, aún conservaba abundante agua bajando por su camino de muros de piedra. Tras dejar a mi derecha el imponente edificio del Auditorio, excavado en el interior de una enorme roca, crucé la carretera para continuar cuesta arriba, ascendiendo por la inclinada pendiente de las entrañas del precipicio.

Mientras subía, un magnífico y larguísimo Puente de San Pablo se dibujaba en el horizonte, al igual que las peculiares Casas Colgadas a mi izquierda, cambiando la perspectiva de sus ángulos arquitectónicos a cada paso, con aquellas galerías de madera de sus balcones volados, caídos o realmente descolgados. Sabía que me encontraba en el núcleo turístico de la ciudad, y que las Casas, vivienda de canónigos y gente de posibles desde su construcción en el siglo XV, e inmueble municipal desde el XX, constituían su emblema local al unir historia, belleza paisajística y estética puramente conquense.

El puente estaba formado por un entrelazado metálico muy al estilo de la escuela de Louis Eiffel, aunque lo construyera un taller de fundición valenciano, muy conocido a principios del siglo XX por la envergadura de sus trabajos de obras públicas. A continuación del espectacular monumento, suspendido hacia el vacío, toda la cornisa se encontraba poblada de viejas casas, desde una de las cuales, una vecina había descubierto el 13 de enero el cadáver de Mikel Górriz.

Intentando recuperar un poco el aliento, me situé en el centro de la pasarela y eché un vistazo abajo, a la carretera que recorría el valle. Su altura de casi sesenta metros la hacía imposible de salvar. Quienes escogieran morir allí hallarían sin duda un método doloroso para hacerlo.

No sé el tiempo que permanecí reflexionando, o con la mente en blanco dejándome arrullar por el sol y la luz que se desprendía de los cielos, que no quedaban tan lejos. Unos cuantos turistas pasaron por detrás, haciéndose fotos con el paisaje de fondo y asomándose a las profundidades. No sé si estaban al tanto de que en aquel lugar, tan solo seis meses antes, un hombre había sido colgado de la manera más brutal. Creo que los visitantes nacionales lo sabían, porque realizaban aspavientos en la zona central de aquella galería revestida de tablones de madera, sujeta por enormes clavos, que no me ofrecían la más mínima seguridad hasta que comprobé que eran firmes.

Me detuve a observar los dos lados de acceso al puente. Los ejecutores del macabro hecho no lo habían tenido fácil a la hora de situar el cuerpo en el centro. Eran cien metros de longitud, de un lado a otro, por lo que tuvieron que recorrer al menos cincuenta una vez llegado a su boca, sosteniendo el peso de un hombre muerto que, al menos al trasluz de las imágenes que había visto de él, era más bien robusto. Llegar al puente de hierro solo era posible de dos formas: o en coche por el lado de la pendiente que yo mismo había subido andando, y que moría en la pequeña explanada del antiguo convento de los Padres Paules, hoy reconvertido en Parador Nacional, o bajando desde el propio casco antiguo por sus estrechas calles.

Cualquiera de las dos presentaba problemas. En la primera, necesariamente habían tenido que utilizar un coche. O ser vistos por alguien, de haber escogido la segunda. Pero el inspector Cañada no me había hablado de ello.

Reconozco que estaba confundido. Busqué en el móvil el teléfono de la redacción que había publicado más noticias sobre el caso y llamé. Se trataba de un periódico digital con poca plantilla y no me fue difícil dar con Bruno Ortega, quien no tardó en ponerse al otro lado. Me llegó de inmediato la energía de un hombre joven y activo, dispuesto a entablar una conversación con cualquiera que se lo propusiera. Le expliqué los motivos de mi estancia en Cuenca y no tuvo reparos en quedar conmigo a las cinco en la Cafetería Ruiz, la más céntrica y conocida de toda la ciudad.

Descendí por el lado contrario por el que había venido, es decir, por detrás de las Casas Colgadas. Antes, hice un alto para admirar la monumental mole arquitectónica de la catedral, cuya fachada, sesgada y sin sus altas torres porque la parte superior se había desplomado a principios del siglo XX, seguía siendo impresionante.

ANA BELÉN RODRÍGUEZ PATIÑO (Cuenca, 1970) es historiadora y escritora. Especialista en la Guerra Civil Española y autora de La Guerra Civil en Cuenca (1936-1939), desarrolla desde hace años su faceta de novelista con títulos como Donde acaban los mapas (2013), Todo mortal (Premio Mujer al Viento 2015), Las aventuras del joven Bécquer (2016), El mensajero sin nombre (2018) y Yo soy Greta Garbo (2020). Ha publicado también poesía (La ciudad que hay en mí, 2015), dirigido antologías de relato (Madrid en feria y Personajes de novela, 2016) y relatos cortos en La lógica del logaritmo (2018).

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