Hace cien años ya había cine en Cuenca

El cine empezó a caminar en 1895, en un salón de París. Se conocen perfectamente los datos porque se han comentado en infinidad de ocasiones, por lo que no hay que insistir en ellos. Era el 28 de diciembre, en el Salón Indien del Grand Café cuando los asombrados espectadores pudieron ver aquellas inesperadas imágenes en movimiento. Apenas unos meses más tarde, el 13 de mayo de 1896, los madrileños podían vivir una experiencia similar, cuando en los bajos del hotel Rusia (que ya no existe), situado en la Carrera de San Jerónimo, aquellas mismas imágenes rodadas por los hermanos Lumière empezaban a proyectarse sobre una pantalla blanca. Las crónicas señalan el estupor, incluso el miedo, que aquellas primeras proyecciones causaron en quienes las vieron.

Estas novedades tecnológicas que empiezan a circular por las grandes capitales suelen tardar mucho tiempo en llegar a provincias, pero en el caso del cine no fue así. Sólo un par de años más tarde, los conquenses tenían la oportunidad de vivir una experiencia que para todo el mundo resultaba verdaderamente extraordinaria. Encontramos la noticia en un periódico de 1898 que anuncia la gran novedad para las fiestas de San Julián: “Hemos tenido el gusto de saludar a D. Laureano Infante, que ha llegado a esta población con objeto de dar a conocer el Cinematógrafo durante los días de la próxima feria. Le deseamos buen acierto”.

Al parecer, lo tuvo, si bien con algunas incidencias pues la escasa potencia eléctrica instalada todavía en Cuenca en esa época no era suficiente para abastecer simultáneamente al barracón y al Paseo de San Fernando, que esos días estrenaba iluminación, de manera que los apagones en uno y otro sitio era tan frecuentes que hubo que establecer un uso alternativo de la electricidad.

Probablemente la experiencia se repitió en años posteriores, aunque la siguiente noticia la encontramos el 16 de febrero de 1901 en el periódico El Correo Católico de aquel día se daba cuenta a la población del comienzo de la novedad: “Esta noche se inauguran las funciones que ha de dar don Antonio de la Rosa en su acreditado Cinematógrafo Lumière, situado frente al Cuartel de la Guardia Civil. Las entradas a tan maravilloso espectáculo sólo cuestan 25 céntimos y 50 la silla”. Conviene tener en cuenta que la puesta en marcha del espectáculo coincidía con las celebraciones de carnaval, que aquél año, entre otras novedades, contaba con la actuación de la estudiantina “Siglo XX” y la comparsa de “Los Cocineros”. El cuartel de la Guardia Civil estaba en la esquina de la calle Colon con el pasaje que ahora lleva el nombre de José Luis Álvarez de Castro.

En los días siguientes, el periódico informa del desarrollo de las exhibiciones o proyecciones de los “cuadros”, nombre con que se conocía entonces aquellas pequeñas películas de apenas un par de minutos de duración y todas con la técnica del documental. Así, por ejemplo: “El cinematógrafo del señor De la Rosa viene presentando al público una colección de cuadros admirables, siendo muy aplaudida por los muchos espectadores que asisten todas las noches. El cuadro de la Gran corrida de toros completa agradó mucho a los concurrentes, quienes solicitan sea representado mañana”. Otros títulos de esos días fueron La Cenicienta, La guerra del Transvaal, La bella Galatea, La nochebuena de los niños, El entierro de la Reina Victoria. Como se puede deducir de los títulos y de la duración de las películas, todas eran del tipo documental, algo así como los actuales vídeos caseros que se ruedan tomando imágenes directas del natural, con escenas cotidianas. Aún no se había inventado el cina argumental.

Por la lectura de los periódicos de aquellos tiempos sabemos que el Cinematógrafo Lumière estuvo en la capital hasta el 20 de abril, según la nota periodística de ese día: “El cinematógrafo del señor De la Rosa, que ha venido funcionando en esta capital, ha levantado sus instalaciones trasladándose a Tarancón, donde estará una corta temporada”. La costumbre de instalar una barraca provisional, cuyas características podemos imaginar para ofrecer proyecciones con ocasión de las fiestas continuó en los años siguientes. El primer cine “formal”, con carácter permanente y sesiones continuadas, abrió sus puertas en Cuenca en el año 1904. Una afirmación tan categórica debe quedar sujeta, siempre, a la posible -aunque problemática- aparición de otro dato que pueda trasladar esa fecha a otra anterior.

El promotor del primer cine conquense fue Alfredo Carretero Gómez, abogado, con residencia en la Ventilla. El 30 de noviembre de 1903 firmó la correspondiente solicitud para que se le autorizara a “instalar por tiempo indeterminado un barracón en la [calle] de Madereros”. El Ayuntamiento no se lo pensó mucho, puesto que al día siguiente tomó el acuerdo de autorizar la actividad cinematográfica fijando una tasa de seis pesetas mensuales, por ocupación de un espacio público. El arquitecto municipal, Luis López de Arce, recibió el encargo de delimitar el espacio necesario “entre las puertas del corral de don Constantino Lledó y la del almacén de Obras Públicas”, dejando un metro a cada lado de ambas, mientras que por lo que se refiere al fondo, podía ocupar todo el espacio disponible en el solar, respetando una acera de tres metros y cuarenta centímetros. Aunque es difícil señalar con precisión cual fue ese sitio, parece corresponder al mismo lugar en que muchos años más tarde estaría situado el cine España, en el centro de Carretería..

Así comenzó Cuenca a tener un espacio cinematográfico de programación continuada, aunque con alguna leve interrupción, pero las sesiones continuaron en los meses siguientes y debieron tener notable aceptación con ocasión de las fiestas de San Julián. Pero el primer local cinematográfico de Cuenca no tuvo un final muy brillante. El vil metal y el rigor impositivo pudo con él. Las seis pesetas mensuales de tasa no llegaron a ingresar nunca en las arcas municipales. El 15 de septiembre se le requirió para que abonara lo que debía, con resultado negativo, por lo que el 1 de octubre se le dieron 48 horas de plazo para que cancelara la deuda, que en ese momento ascendía a 45 pesetas.

En los años siguientes la costumbre se mantuvo, con algunas oscilaciones, pero casi todos los años aparece por la ciudad algún exhibidor ambulante que montaba sus tenderetes en cualquier punto y se aplicaba a ofrecer proyecciones que encontraban siempre un público expectante. Crecía la afición por ver aquellas imágenes animadas y por tanto solo era cuestión de tiempo que alguien se animara a construir un cine de verdad, un local estable y bien acondicionado.

Y, naturalmente, llegó ese día: el 15 de junio de 1908 el Ayuntamiento autoriza a Victoriano Ballesteros Rubio la construcción de un salón de espectáculos en la calle de los Herreros, llamada hoy de José Cobo, aunque el sitio que ocupó el Ideal Artístico se corresponde con la actual Plaza de la Hispanidad, junto a la subida al Cerrillo de San Roque. En este caso, el promotor quiso llevar a cabo una obra de categoría, bien distinta a los barracones provisionales que hasta entonces se habían conocido y propició la construcción de un auténtico salón de espectáculos, con un diseño vistoso y elegante, en el que destacaba una fachada de inspiración modernista, con un gran arco de medio punto enmarcado por dos columnas laterales y un juego de ventanas pareadas, luciendo en lo más alto el nombre del local que, en principio, se orientó hacia el teatro y la zarzuela, pero a partir de 1913 su dedicación exclusiva fue el cine, con sesiones los jueves y domingos, en las que empezaban a aparecer títulos que estaban de moda en las grandes ciudades y que se presentaban con títulos en los que se insinuaba un contenido argumental: El conductor, La mujer del presidiario, El fantasma, Dos astucias en contraste, Mal y buen guardado, Willy, portero, La reina de Saba, Dos vidas para un corazón, Amor y pimientos,  muchas de ellas en forma de serial que se iba proyectando a lo largo de los días.

El local disponía de 467 butacas, repartidas en cinco palcos, patio de butacas (que era el espacio mayor), anfiteatro y delantera de anfiteatro, esto es, una estructura claramente teatral, que aún tendría sentido en las pocas semanas en que, fiel a sus orígenes, se abría a representaciones escénicas y también a mítines políticos o actos culturales. El Ideal Artístico cerró de manera definitiva sus puertas a comienzos de los años 30 del siglo XX y de esa forma desapareció el primer cine estable que hubo en Cuenca y el que, probablemente, tuvo la fachada más bonita y artística, porque los demás que vinieron a continuación, salvo el Xúcar, no se distinguieron precisamente por haber aportado algún signo de elegancia a las calles de esta ciudad.

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