El papel de un desgraciado

Frente a los ojos del Júcar, observo una remera de nubes arrastradas por un vendaval cáustico, doloroso para mi piel eflorecida; será por esta resaca de mal agüero. Estoy estático –cualquier movimiento me destruirá–, sentado en mi coche escuchando los ruidosos quejidos de ese aparato ruinoso. «Qué más da, este trasto me sigue llevando a donde quiera, y aún no me ha matado». Será la hora de comer y, como siempre, no tengo hambre. Era agosto y pensaba en el asesinato de Lorca. Esto hizo una desviación fractal en mi cabeza hasta llegar a un haikú que siempre me pareció divertido:

QUEMAR A KAFKA

(haikú)

“Adelgazar                                          

                               en una calle en Praga”.

Entonces empecé a pensar en Panero: «¿Cómo debía crear ese maldito?» Una amiga mía, periodista, lo entrevistó antes de su muerte; nunca le pregunté cosas profundas de aquella entrevista, solo le pregunté qué manías tenía el entrevistado, a lo que me respondió que fumaba constantemente. Una vez leí que el tipo solo quería el dinero de su escritura para vino y tabaco. Me parece sincero y pragmático.

Escohotado, en uno de sus libros, nombra los Ensayos de Montaigne y la «falta de mesura» con la bebida, adquiriendo el valor de «vicio feo y estúpido, aunque menos dañino y malicioso que los otros, más directamente opuestos a la sociedad pública». Quería decir que no era un delito, pero sí una falta de decoro y de virtud. Aunque lo opuesto generó la búsqueda de un delirio eutanásico al modo griego para «relajar el alma», mencionando la eutanasia con vino de Estilpón y Arcesilao como resolución de sabios. De alguna forma, es necesaria esta visión.

El viento se coló por mi ventana descolocando mi pobre flequillo y, pensando en esto, me vino una idea: «Bajaré a por cerveza fría». Enfilé el coche hacía la bajada y conduje por el paseo San Isidro, disfrutando de los árboles y la ráfaga refrescada por el río.

Al llegar a la tienda de Elvis, vi cómo me observaban dos macarras; eran latinos creo. En fin, no tenía tiempo para miradas, así que saqué mi cartera con poco dinero y pedí un litro de cerveza. Estos chavales me empezaron a vacilar, no recuerdo qué me dijeron. Sé que no soy violento, aunque en ese momento tenía el cerebro caliente y les reproché:

—¿Qué opináis de la muerte?

—¿Qué dices, hermano? —dijo el mellado.

—Pues eso, la muerte. Que qué pensáis que pasará cuando estemos muertos.

—Pues yo creo que iré al purgatorio —dijo el de la gorra —. Hago cosas malas, pero porque no me queda otra.

—Yo creo que me reencarnaré en cucaracha —balbuceó entre risas inteligibles el mellado. —Me pareció curiosa esa referencia kafkiana, probablemente no sería intencionado, pero quise pensar que sí. Siempre tuve ese dilema en mi cabeza.

—Sabéis —hice una pausa dramática ignorándolos —. Cuando muramos no habrá nada. A no ser que hablemos del eterno retorno. Toda la basura que hagáis la viviréis constantemente — Pagué el litro y me dispuse a largarme. —Un placer conoceros. Suerte con vuestra muerte.

Me monté rápido en el coche y arranqué. Tendría que buscar otro sitio.

Intenté varios, pero no me gustaron; necesitaba un escondrijo y recordé uno tras la maleza. Al atravesar con el coche ciertos hierbajos accedí a ese rincón. Me apoltroné en un banquito que ofrecía una casa abandonada; noté la inclinación del sol. En menos de media hora llegará la sombra del árbol.

Pensé en el libro que perdí y recordé el libro que encontré en otro agujero. “Toda la noche se oyeron pasar pájaros”. Estaba en una especie de depósito de agua, rodeado de basura y prendas sucias: sostenes, paquetes de liar Flandria, botas raídas, latas de cerveza Steinburg, envoltorios de chicles, cáscaras de pipas. La estampa de un vejado aventurero. Antiguamente sería el agujero de un vagabundo, por el libro; actualmente, el sitio selecto de los chavales, por la basura.

La sombra despertó mi lucidez y me enfadé conmigo mismo. Recuerdo que mantuve una conversación, en la que mi yo y mi yo mayúsculo, bailaban al son ofendido en una agarradera hacia cierta creatividad. El mayúsculo decía que no me merecía ni pasar por el filtro sinecura del creador; yo simplemente le preguntaba por qué: «No hay nada de malo en ello»; «Nuestra calaña no está destinada para ello», me dijo distraído. Un trago. «Pero si lo entiendo, joder», le respondí; «No entiendes nada, tú no puedes fecundar ni una idea radicalizada, te interesa solo la empatía pura de todos los tipos de talentos, tu género no es desesperado, ni absurdo, ni elevado, ni arrastrado», sentenció.

Yo me derrumbé. Otro trago, y otro, y otro, y otro… Un cigarro.

Empecé a pensar en Cristina Morales y Ernesto Castro. En las fórmulas nuevas de creatividad, en cómo será nada que podré hacer, en la necesidad de la necedad, en el mero conformismo patético y en tirarme entre la basura. Quizá, si hubiese ratas, cambiara mi día.

No hice nada, solo, saqué un cigarro y mi libreta, escribí versos ininteligibles, los imaginé flotando sobre un campo de amapolas. Escribí sobre la prioridad de los cuerpos sobre la nada, sobre lo fácil que es dejar de amar a una persona: en cuanto la conoces, se desvela el misterio; sobre hace cuánto tiempo atrás me acostumbré a la tierra, y al mal estar. Saber moverte en esto es un buen antidepresivo. La pena, como constante. La gente que se acostumbra a la felicidad se derrota con cualquier cosa. No digo que no haya que bailar, cuando se preste, con la alegría; hay que follar, comer y beber. Pero saber que lo más común será andar por caminos en soledad, llorar y derrumbarse.

Escuché algún somormujo en mi cerebro y otra vez Panero: ese viejo loco vivía en los psiquiátricos, era el verdadero parásito sagrado, Houellebecq lo sabe.

Mi corazón latía muy lento y decidí moverme. Otra vez, esta vez.

Caminé mendigando mi propia gravedad. Necesitaba acabarme esa cerveza y recordé que en el maletero del coche tenía algo de whisky. Voy a beberlo.

Al llegar al coche tenía una notificación en el teléfono. «No era ella». Lancé el móvil a la parte de atrás y arranqué hacia cualquier lado; recuerdo que conduje por una carretera comarcal, que salía por la rotonda de la Calle Pedro Almodóvar. Por el Alcampo.

Conduje hasta el primer camino de tierra, bajé del coche y fui al maletero, me descalcé manteniendo los calcetines, puse los zapatos dentro del vehículo y saqué el whisky. Caminé hacia la inclinación del camino, donde había una regia sabina y me senté en una piedra. Le di dos tientos a ese whisky, no era del todo malo, pero estaba muy caliente y casi lo echo.

Poco a poco las ideas se mezclaban. Ya no sabía si era cierto que no merecía la concepción creativa y no sabía si tendría que abandonar todo lo que había hecho hasta ahora. El alcohol me estaba ayudando a pensar en otras cosas y no obsesionarme, incluso en algún momento me dio una visión más beneficiosa para mí: «Que se jodan las grandes obras, y los grandes genios, haz lo que tengas que hacer», farfulló mi yo mayúsculo. En ese instante, tras un claro en la nube, observé un Ojo Gigante, no le di importancia.

Estaba empezando a caer el sol y me tumbé en el camino mirando al cielo «Qué vértigo». Arranqué dos hierbajos. Intenté trenzarlo con alguna forma geométrica curiosa, pero me salió un círculo, el eterno retorno otra vez, lo lancé. Empecé a imaginar un cuadro costumbrista, pero quise meterle pinceladas graciosas: La estancia era una vieja cafetería, en la barra una camarera con cara de perro, en una mesa había una pareja homosexual cerca de la puerta, en el plato del tipo de la izquierda había una tortilla y en el de la derecha una cebolla cruda. Luego, en la barra, había un matrimonio de ancianos, el viejo echaba humo de un puro a la cara de la mujer y ella, que vestía una camiseta de Tribade, le lanzaba un vaso de agua a la cara a su respectivo… también estaba yo, en la mesa cerca del baño, simplemente miraba el móvil.

Me empecé a amodorrar y un viento fresco me trajo el olor de su perfume. «Joder, ahora tendré que ir a otro sitio a afeitarme, huele igual que las manos de mi barbero».

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