Cuento “¿Es esto lo que quieres?”

Habían quedado para comer en la finca de su coordinadora a las 14:00, y Camila llegaba tarde. Es verdad que el retraso fue producido por algo que podría considerarse trabajo –visitar a un alumno que había caído enfermo el mes pasado–, pero también que se entretuvo demasiado y que podía haber quedado cualquier otro día en el que no tuviera más compromisos.

“Bueno, Pili sabe de dónde vengo. No me dirá nada”, pensó Camila. Echó un vistazo al reloj del cuadro de su Renault Clio y vio que indicaba las 13:17. No lo había puesto aún en horario de verano, a pesar de hacía un mes del cambio, pero ¿qué más daba? Solo tenía que sumar una hora y mirar los minutos. Contando con los diez del viaje, no llegaría ni con media hora de retraso (es decir, casi puntual).

Salió de la urbanización Siglo XXI donde vivía el chico y condujo haciendo zigzag entre los coches por la Ronda Oeste hasta llegar a la A-40. No tendría mucha potencia, pero el Clio era ágil como un gato.

A las 14:25, Camila hizo sonar el claxon frente al portón metálico. Tomás, el marido de Pili, le abrió y la invitó a entrar con una inclinación de cabeza acompañada por un amplio arco trazado en el aire con su brazo, simulando que era un afectado mayordomo. No hacía muchos años, Tomás también había sido maestro, pero se había prejubilado y ahora vivía en Cuenca de lunes a viernes y pasaba con Pili los fines de semana en el Pinar.

  • ¡Siento llegar tarde, Tomás! –exclamó Camila tras bajar la ventanilla del copiloto– Es que me he entretenido de más con el niño y…
  • ¡No te preocupes! –interrumpió él– Aparca por ahí, a la sombra de los pinos, y ves hacia la casa. Que te diga Pili donde puedes coger algo de beber, que ya cierro yo por aquí.

Camila condujo por un amplio camino de gravilla blanca flanqueado por cipreses y balizas solares con forma de setas, estilo casa de Pitufo. Pensando en si ella colocaría ahí esos adornos –compraría unos semejantes el día de mañana, eso seguro, pero ¿ponerlos justo en la entrada?–, aparcó en el lugar que le habían indicado, junto al coche de Tamara, su compañera de departamento. Nada más cerrar la puerta, una estridente voz la saludó desde el porche de la casa:

  • ¡Hola, Camila! ¡Ya te íbamos a poner falta! –gorjeó Tamara, riéndose de su ocurrencia.
  • Siii, se me ha ido un poquito la hora… Pero bueno, ya estoy aquí.

Esta neutra respuesta fue emitida en un tono amistoso, pero no entusiasmado, no sea que Tamara pensase que quería más chistes. Era buena chica, pero si cogía carrerilla podía ser muy insistente. Rápidamente, Camila continuó:

  • ¿Dónde está Pili? He traído jamón de aperitivo.

La voz de Pili se alzó en respuesta, proveniente de una parte del porche oculta por la casa:

  • ¡Estoy aquí, Camila! Vigilando el arroz mientras vuelve Tomás.

Camila ascendió al nivel de sus compañeras empleando unas escaleras de pino, que respondían con un agradable clonc a sus pisadas. Tras dar dos besos a Tamara, se acercó a Pili, la cual estaba observando el borboteante contenido de una paellera. Iba ataviada con unos zuecos ergonómicos rosas, un vestido de verano estampado de flores y un delantal muy grande donde se podía leer “Yo soy el ingrediente secreto”. Camila reiteró las disculpas dadas a Tomás, pero Pili negó con la cabeza y dijo:

  • Estabas trabajando, no te preocupes. Pasa a la casa y verás junto a la cocina la despensa. Allí tenemos una neverilla llena de bebidas. Cógete lo que quieras y, Tamara, ¿tú quieres algo?
  • ¡Sí! Sácame otra Coca-Cola, porfi.

Al entrar en la casa, lo primero que percibió Camila fue que la temperatura era fresca, incluso fría, debido a un imponente aire acondicionado ubicado en la pared de la derecha. Dudaba que fuera necesario, ya que los gruesos muros de piedra y el techo de madera con seguridad resultaban unos eficaces aislantes, pero así no se corrían riesgos. Superado el shock térmico, Camila prestó atención al resto de elementos de la estancia a la que había accedido. Una chimenea de mampostería colocada al fondo era claramente el punto de referencia empleado para distribuir el mobiliario. Sobre una alfombra de pelo sintético, dos sofás puestos en perpendicular a la pared de la chimenea flanqueaban una mesa redonda de cristal sin adornos, mientras que un sillón balancín se emplazaba bajo una ventana y junto a una estantería repleta de libros. Frente a la puerta de entrada, había una mesa de roble con sillas a juego esperando a los comensales cubierta de aperitivos –quesos variados, endivias con anchoas, banderillas– y, al fondo, una pequeña cocina americana equipada con nevera, vitrocerámica y lavavajillas.

“Si alguna vez he soñado con una casa perfecta, debía ser algo parecido a esto”, se dijo Camila mientras avanzaba hasta la despensa absorbiendo todo con los ojos. Una sensación mezcla de envidia sana y ansiedad la invadió. Anhelaba una suerte de escondrijo al que acudir y leer, o hacer ejercicio, o tumbarse al sol, decorado a su gusto, poco a poco, con todos esos “algún día” que veía cuando iba de viaje o entraba en tiendas de decoración. Y ahora que llevaba un año trabajando y veía que el dinero dejaba de ser un factor limitante, las ganas eran mayores.

Sacudiéndose por el momento estos pensamientos fue a la cocina, donde cogió un plato y sirvió el jamón. Después, sacó una cerveza para ella –por una no pasa nada, con lo que voy a comer– y una Coca-Cola para Tamara. Al salir al porche, Tomás había recuperado su delantal y se ocupaba de la paella a la vez que echaba unos gambones a la plancha.

  • Gambones de aperitivo, paella para comer… ¡Qué rico todo! –exclamó Tamara.
  • Ya verás qué buena la paella. He hecho tantas que ya siempre me quedan en el punto –y dirigiéndose a Pili, siguió Tomás–. Oye, ¿qué te parece si les enseñas la finca mientras remato esto? Todavía me queda un rato.
  • Sí, buena idea. ¡Vamos, chicas! Tenéis que ver lo bien que he dejado durante el confinamiento mi Rincón de las Hadas…

Y, efectivamente, el Rincón de las Hadas era encantador. Y la pajarera, la caravana reacondicionada como dormitorio para dos matrimonios, las dos piscinas (una climatizada, la otra normal), el merendero y el huerto con hotel para insectos. Dios mío, todo era precioso. Daban ganas de quedarse ahí a vivir para siempre, olvidarse de todo y de todos, no sentir más incomodidades jamás… Pero aún no, tendría que esperar un poco más.

Finalmente regresaron a la casa, donde Tomás había colocado la paella en el centro de la mesa y llenado cada plato con gambones. Al terminar de comer, recogieron la mesa entre los cuatro haciendo caso omiso de las quejas de los anfitriones, y salieron al porche a tomar un licor de cereza, castaña, chocolate o vainilla que había elaborado el propio Tomás. Camila quedó rezagada dentro de la casa y Tamara, que salía del cuarto de baño, le dijo al oído al tiempo que la golpeaba con el codo:

  • ¿Te has fijado? Usan papel higiénico de triple capa. ¡Cómo se cuidan!

Este comentario, aparentemente inocente al margen de su banalidad, desencadenó en las profundidades del ser de Camila una reacción semejante a la de una bomba atómica que se detonara en el océano. La dejó clavada en el sitio, como si el aire acondicionado la hubiera convertido en una estatua de hielo. Tamara salió al exterior sin percatarse de lo que había producido.

En la mente de Camila, un verso de Pink Floyd se comenzó a escuchar de manera repetitiva, como si un disco rayado se hubiera enganchado justo ahí:

I have become… comfortably numb.

Y del mismo lugar que se lanzó este verso, una vocecilla –quizás la de algún malévolo Pitufo– comenzó a decir:

“¿Es esto lo que quieres? Tú, que disfrutas de las cañas antes de comer que se alargan hasta la tarde; que aprecias un día en el río más aún si ha surgido de improviso; que siempre dejas a propósito algo sin planear en tus viajes, a pesar de que perfectamente podrías hacerlos milimétricos, para permitir que suceda algo imprevisto…”

“¿Es esto lo que quieres? ¿Papel de triple capa, balizas de seta, el Rincón de las hadas y paella y gambones cada vez que tengas visita?”

Con esta pregunta acosándola

¿Es esto lo que quieres?

y un nudo en el estómago,

I have become… comfortably numb.

Camila salió al porche para reunirse con los demás, que ya disfrutaban de un delicioso licor casero helado contemplando la preciosa finca, mientras hablaban y hablaban de los fantásticos proyectos futuros que todavía podían realizarse para hacerla aún más reconfortante.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Juan Antonio

    Pablo, que el futuro te de lo que esperas.

  2. Ana

    Muy buena pregunta!
    Mejor dejemos que las cosas “simplemente” sucedan..

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