Poesía Número #14 – Julio 2021

Ojos de cereza, de Tirso Moreno

Encontré tu silueta en aquel banco 

de madera de un jardín anegado.

Yo, ingenuo, pajareaba por los adoquines 

blancos de las noctámbulas nubes.

 

Tus ojos de cereza, profundos como el sueño,

agujerearon mi corazón y, desde entonces, 

no me dejan dormir ni volar.

Ardiente fruto de junio, delicado como pétalo de mariposa;

dulce semilla de futuro, pequeña como el sol en el universo;

la fragancia de la noche se concentraba en tu boca.

 

Quizás, en aquel momento, 

las estrellas fueron palabras,

la muralla agua, el río guitarra, 

mis pies arena, la luna una vela.

No lo sé.

Pero sé que fui un solitario coral en tus mares indómitos y blancos.

 

Ahora, que en este jardín, el tiempo se escurre entre las olas de los álamos,

y les obliga a reír, jugar, correr, cantar…

me susurra, canallamente, que nos volveremos a encontrar.

Me noto distinto, de Dani Vera

Me noto distinto

me noto distante

ya no soy el mismo

no soy el de antes

 

No soy nadie para llamarte

soy recuerdos en un estante

Flor de Venus agua de Marte

y yo debiéndote un instante

 

Soy como esa mirada

un olor en tu almohada

un dolor en el pecho

la ansiedad que no estaba

 

Me siento satisfecho

terminé la jugada

he cogido los trozos

dejo atrás a mis trabas

 

El sabor del silencio

el calor de tu cama

mil noches en el techo

y dos mil en la nada

Sin título, de Lorena Díaz Rosa

Ha sonado a disparo y te ha dejado 

un hueco dentro,

ahora hay un hueco dentro que te hace 

levitar,

se ha llenado de vacío y las palabras 

hacen eco, 

eco que vibra fuerte y resuena en tu 

cantar, 

ese resonar por dentro empieza a sonar 

a grito,

grito que coge fuerza y despierta tu 

pesar, 

te vacías de un eco dentro que ahora 

vibra, 

tambores que hacen marcha a tu 

compás, 

pisas con un caminar que suena a 

música,

ahora bailas un disparo que acabas de 

matar.

¿Jugamos al ajedrez?, de Karoline Schneider

Sobran monedas de caras indiferentes,

cruces gastadas que ya no te hablarán.

Persiste la piel colgada de su alma

cuando el espejo de su sacrificio se marcha al otro lado.

 

Duele la oscuridad del seno vacío,

crecen en soledad sus zarzos,

en anorexia añoran el amor de su madre,

se tronchan, perecen.

 

Jugamos al ajedrez de movimientos aleatorios,

tiramos fichas bañadas en sangre

sin darnos cuenta de que lloran las plumas

que habían olvidado el camino a las profundidades del silencio,

porque solo recuerdan el frío de los rayos del sol

y el calor de la muerte.

BROCHE DE ORO- "Hoz del Júcar"

Árbol y piedra, unidos 

en el mismo color y el mismo sueño,

funden este diciembre en la ceniza.

El invierno es un pájaro dormido

transformando los chopos en plumaje.

¡Qué nidada de rocas,

de silenciosos pinos,

hacen nido la hoz y trino el viento!

Alguien duerme hace siglos,

alguien cobija aquí su desamparo,

echado en esta tierra,

bajo estas alas suaves y en reposo.

Al fondo,

sobre un cielo de nácar,

Cuenca se siluetea, oscura y fría.

Hasta la paz que habito

no me llega el rumor de la colmena:

esta quietud perfecta no sabe de palabras ni sollozos.

Bajo la voz,

me abrazo a este silencio,

cierro los ojos…Y la vida pasa.

Imágenes brillantes, sucesivas,

debajo de mis párpados se agitan

y se alejan, calladas,

lo mismo que este río.

El recuerdo es tan frío como el aire;

su caricia, tan leve

como la luz de plata que me envuelve.

La soledad, la piedra,

el latido invernal, 

al fin consiguen

remansar a mi frente,

equilibrar el tiempo y el vacío,

y eternizar la pausa de esta hora

en una calma nunca conocida.

Acacia Uceta

Cuenca, roca viva (1980)

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