Ataraxia X, XI y XII

Ataraxia: Un sugestivo relato autoficcional por entregas escrito por la joven autora Carmen Huélamo.

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¿Dónde estás? Quiero que roces mis mejillas, que me empapes de tu olor característico. ¿Por qué no vienes? Antes siempre eras puntual. ¿Te has perdido? Estoy buscando una forma de descubrirte y no te encuentro. ¿Es que ya te has cansado de mí? ¿Es que te quedaste en otras personas? Dímelo, dime dónde estás para ir a buscarte. Dímelo porque quiero volver a sentirme frágil en tus brazos, y no esconder el dolor, y poder verte en el espejo, mientras recorres mis pómulos y las comisuras de mis labios, mientras dejas trazos húmedos en mi piel, y te precipitas al vacío. Dímelo en un susurro, o en silencio, pero vuelve y humedece mis párpados, querida lágrima.

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Chillé. Estoy segura que lo hice. Mis labios gesticularon, afónicos. Los músculos de mi cuello se tensaron. Las palabras salían de mi cabeza a borbotones, sin sentido, frases sueltas, sílabas que pedían auxilio. Llegaban a mi garganta, allí donde parecían perderse y cobrar un sin sentido. Juro que lo intenté, que gritaba con más fuerza que nunca. Que era el viento, el que se llevaba mi voz y mi miedo.

Corrí. Estoy segura que lo hice. Mis piernas se movieron, pesadas. Cada paso que daba parecía hundirme en un suelo arcilloso. Estaba cerca, aún casi conseguía ver la pequeña luz del portal. La alcanzaba, sin duda la alcancé. Rocé con mis dedos el pomo de la puerta, la cerradura fría. Era la lluvia, la que había mojado el suelo y mis ojos.

Pensé. Estoy segura que lo hice. Mi cabeza giraba nublada. Nunca antes habían pasado tantas imágenes por mi cabeza. Especulaciones de lo que podía pasar. Preguntas de por qué estaba allí. Razones por las que merecía aquello. No conseguí dar con la solución a todo aquello. Era la noche, que con su oscuridad apagó la luz de las farolas y la de mi interior.

Lo vi. En el reflejo de un cristal, estaba él. En el reflejo de mis pupilas, creyéndome dentro de una simple pesadilla, estaba él. Allí, aquí, delante de mí. Y ya no recuerdo nada, más que el tacto agonizante de sus manos sobre mis muñecas.

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Creo que se ha cansado de preguntar. De buscar respuestas a todo. Las primeras veces me sorprendía pasar por su lado y no obtener una declaración por su parte. Realmente sentía extraño el vacío, el “¿Qué haces?” o “¿Juegas a algo?” dejaron de aparecer. No lo juzgo, demasiado ha aguantado.

Es lo mejor, sí. De todas formas, no lo entendería. Tampoco pretendo que lo entienda. Ni mucho menos intentaría que lo entendiera. Ojalá nunca lo llegue a entender. Y cuando pase el tiempo, se quede mirando así, como siempre, como ahora, hacia arriba. Y yo seguiré sin ser capaz de explicarme, ni de retratarle la mitad de este desordenado cuadro.

Llegará el día en que lo entienda. De repente, y sin yo decidirlo, se le ocurrirá hacer un comentario en un momento aleatorio. Y tendré que justificarlo, dar razones, datos, hechos. Y seguramente se pasará varios días juntando las piezas, comprendiendo mi presente, que entonces será su pasado. Todo esto, para llegar a una conclusión tan sencilla como “siento lo que pasó”. Pero eso da igual decirlo. Aunque claro, yo tendré que sonreír y contestar, amablemente, que ya no pasa nada, que ya se acabó. Sin yo decidirlo.

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