Ataraxia I, II y III

Ataraxia: Un sugestivo relato autoficcional por entregas escrito por la joven autora Carmen Huélamo.

Ataraxia

1

 No quiero abrir mis ojos. Ni siquiera sé si materialmente soy capaz de ello. Parece que mis pestañas se hayan entrelazado, de tal manera que solo pequeños tonos de luz consiguen traspasarlas. Percibo cómo la humedad de la almohada roza mis mejillas, y cómo las sábanas me acogen, me separan del aire. Paseo por cada sensación sin prisa, llenándome de su paz. Hasta que siento ese escozor. Sé que es él. Conozco la forma en la que el aire parece deformarse cuando él aparece. El dolor no cesa mientras toca delicadamente mi labio inferior.

-¿Qué te has hecho? – Su inocente tono inunda mis oídos. No estoy preparada para esto, aún no. Con algo de esfuerzo, consigo que mis párpados se separen. Primero me encuentro su nariz, tan respingona, acompañada de unos labios entreabiertos que dejan ver una dentadura un tanto “ahuecada”, últimamente el ratoncito Pérez ha estado atareado. Consigo llegar a sus pupilas. Me miran fijamente, como intentando entenderlo. – ¿Por qué hay pintura?

-¿Pintura? – Contesto en un hilo de voz. Mi mente necesita unos segundos de más para darse cuenta de que sigo llevando los levis rotos y el top negro que me puse anoche. Instintivamente, toco la almohada. Llena de rímel. Mientras, mi hermano espera expectante para ver mi reacción. – ¿Qué hora es? – Intento llenar el silencio, dentro de todo ese caos.

– No sé, creo que casi las diez. Ya han acabado los dibujos que me gustan.

-Vete, ahora salgo.

Con parsimonia sale y cierra la puerta. En ese mismo instante dejo de ocultar los nervios que corren en mi interior. Quedan como mucho diez minutos para que mi madre abra esa misma puerta y venga a preguntarme qué tal anoche, si me lo pasé bien con mis amigas y si me despertó el sonido de la cafetera. Busco el desmaquillante frenéticamente, cualquier cosa que sirva para quitarme el aplico de cara que llevo. No mires, no te mires. Tarde. Unos regueros negros parecen extenderse a lo largo de todo mi rostro, aún quedan restos del pintalabios mate. Soy incapaz de ignorar la herida del labio. Y el arañazo del cuello. Tápalos. 

Me limito a borrar y disimular aquel exhaustivo registro de lo que habían sido mis últimas horas. Intentando tirar cada imagen por el desagüe. Como si así pudiera despertarme en mi vida, en la de siempre.

 

Ataraxia

2

Me gusta matar el tiempo asomada a mi balcón. Ver a la gente pasar, a los niños correr y las palomas revolotear. Como si así fuera capaz de ser menos yo y más ellos. Adentrándome en sus sensaciones, sus posibles preocupaciones insignificantes y sus percepciones de un mundo demasiado desequilibrado. Mientras me pregunto, ¿cuántas historias me podrían contar? Finales felices, finales tristes. Todos ellos merecedores de un espacio en el tiempo.

Miro a los grupos de chicos jóvenes. De cuatro o cinco componentes, por lo general. Incluso a veces imagino sus conversaciones. Por sus gestos, sus miradas inquietas, que desde la distancia consigo descifrar. Como si yo, antes de ayer, hubiera sido una de ellos, con las mismas zapatillas adidas que se llevan ahora. 

Descubro el ir y venir de unas vidas demasiado ocupadas como para detenerse, alzar los ojos hacia mi balcón y verme a mí, cual narradora objetiva que observa, analiza y evalúa. Pero no vive.

 

Ataraxia

3

-Oye, anoche te escuché hablar con alguien – Dijo. Instantáneamente dejé de ojear la revista que tenía en mi regazo. Lo miré, intentando ocultar el vértigo de mis ojos. Esperé que siguiera hablando, ¿qué podría saber un crío de seis años? – ¿Quién era? – Añadió ante mi supuesta tranquilidad.

-Un monstruito. Viene algunas noches a visitarme. – Repliqué sarcásticamente.

-Aaa. ¿Y es de los buenos o de los malos?

-A veces bueno y a veces malo.

-¿Cómo puede haber un monstruo que sea bueno y malo a la vez?

-¿Acaso tú no lo eres? Cuando te portas bien y te comes las lentejas que hace mamá, esas que tan poco te gustan, eres bueno. Cuando no lo haces, eres malo.

-Pero yo no soy un monstruo.

-¿A no? Yo creía que sí – Sonreí con ironía, qué virtud tan agradable aquella de chinchar a un hermano pequeño

-Pues no, no lo soy – Torció las comisuras de sus labios y cruzó sus brazos.

-Yo sí que lo soy. – Para qué mentirnos, me encanta sacarle su vena guerrera.

-No, tampoco lo eres.

-Sí, sí que lo soy.

-No, los monstruos son grandes y peludos y tienen dientes muy grandes y los ojos como muy abiertos.

-O pueden ser pequeños, silenciosos e invisibles. – Respondí, acercando mi rostro hacia sus inocentes ojos desiguales, para hacer más énfasis, que miraban perplejos mis pupilas. Acto seguido regresó al interior de la casa, refunfuñando. Sonreí, victoriosa, habiéndome olvidado del verdadero hilo conductor de aquella conversación. 

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